Por Zoé Valdés/El Debate.
En el debate intelectual francés contemporáneo, pocas voces encarnan con tanta nitidez la tensión entre continuidad y ruptura como Natacha Polony y Eugénie Bastié. Ambas periodistas, ensayistas y polemistas, han sido presentadas como dos figuras mayores del periodismo de ideas, casi dos Marianne enfrentadas: una más vinculada a la tradición republicana y laica, la otra más atenta a la profundidad histórica, espiritual y anterior a 1789. Sin embargo, lo más interesante no es reducirlas a una oposición mecánica, sino comprender cómo, desde sensibilidades distintas, interrogan una misma herida: ¿qué queda de Francia cuando se la priva de memoria, de transmisión y de destino común?
La expresión «Francia eterna» remite a una nación que no se agota en sus instituciones presentes ni en sus coyunturas electorales. Es la Francia de las catedrales, de los campanarios, de los paisajes trabajados por generaciones, de la lengua como arquitectura moral, de los muertos que acompañan a los vivos. Para Eugénie Bastié, esa Francia profunda no puede ser entendida únicamente como una construcción administrativa o jurídica. Hay en ella una continuidad carnal, familiar, religiosa y cultural que precede al ciudadano abstracto. La nación no nace cada mañana por contrato: se recibe, se hereda, se ama o se traiciona.
Natacha Polony, por su parte, se sitúa en una tradición republicana soberanista que no renuncia a la historia, pero insiste en la singularidad francesa de la laicidad. Para ella, la República no es una simple máquina burocrática ni una ideología seca; es el resultado de una experiencia histórica dolorosa, marcada por las guerras de religión y por la necesidad de impedir que las pertenencias comunitarias se impongan sobre la libertad individual. La laicidad, en esta lectura, no sería una negación de Francia, sino una de sus formas más altas: la promesa de que cada ciudadano puede escapar a la asignación tribal, confesional o identitaria.
El punto de fricción aparece cuando se habla de la «Nueva Francia». Esta fórmula puede designar varias realidades: la Francia multicultural surgida de las migraciones masivas, la Francia de las metrópolis globalizadas, la Francia desarraigada por el consumo y la tecnocracia, o incluso la Francia que pretende reinventarse al margen de su pasado. Para algunos, esa Nueva Francia sería una oportunidad: una nación plural, móvil, mezclada, abierta al mundo. Para otros, representa la disolución de una civilización en un magma de identidades concurrentes, sin centro ni relato común.
Polony rechaza, precisamente, el falso dilema entre una Francia eterna petrificada y una Nueva Francia celebrada como ruptura absoluta. Su posición parece más exigente: no se trata de elegir entre museo y laboratorio, sino de preguntarse qué permite todavía hacer nación. La Francia eterna no puede sobrevivir si se convierte en nostalgia decorativa; la Nueva Francia no puede ser viable si se construye sobre la amnesia. El país necesita continuidad para integrar, y soberanía para decidir. Sin escuela, sin lengua común, sin industria, sin fronteras simbólicas y políticas, la diversidad deja de ser riqueza para convertirse en yuxtaposición.
Bastié, más sensible al drama de la rupture antropológica, insiste en lo que se pierde cuando la modernidad se emancipa de toda transcendance. A sus ojos, la crisis francesa no es solo institucional; es espiritual. La caída de la natalidad, el debilitamiento de la familia, la soledad de los individuos, la pérdida del sentido del sacrifice y de la durée revelan una civilización cansada de transmitirse. La Nueva Francia, si nace de ese agotamiento, corre el riesgo de no ser una juventud, sino una vejez maquillada: una sociedad que proclama derechos mientras olvida los deberes que hacen posible una comunidad.
Pero sería injusto caricaturizar a Bastié como simple portavoz de una Francia anterior a la Revolución, del mismo modo que sería pobre reducir a Polony a una jacobina sin racines. Las dos comparten una preocupación esencial: Francia no puede seguir avanzando como si su crisis fuera solo económica. El problema no es únicamente el poder adquisitivo, ni la inseguridad, ni la inmigración, ni la escuela, aunque todos esos temas sean centrales. El problema es el vínculo entre ellos: una nación que ya no sabe qué transmitir no sabe tampoco qué exigir, qué proteger ni qué perdonar.
En ese sentido, la conversación entre Polony y Bastié es valiosa porque evita el confort de los bandos previsibles. La primera recuerda que la República francesa solo tiene sentido si conserva su soberanía popular y su promesa universalista. La segunda advierte que ningún universalismo flota en el aire: necesita una tierra, una historia, una cultura encarnada. Una Francia puramente procedimental sería inhabitable; una Francia puramente memorial, incapaz de acoger o transformar, sería estéril. Entre ambas aparece una pregunta decisiva: ¿cómo mantener una continuidad sin negar el presente, y cómo aceptar el cambio sin destruir la herencia?
La Francia eterna no es una postal. No es Versalles contra las periferias, ni Juana de Arco contra los adolescentes de los suburbios, ni el latín contra el rap. Es más bien la posibilidad de que todos esos fragmentos sean ordenados por una forma común. La Nueva Francia, si quiere ser Francia, no puede limitarse a sumar diferencias; debe aceptar una exigencia de asimilación cultural en el sentido noble del término: entrar en una lengua, en una memoria, en una cortesía, en una idea de libertad. No para borrar los orígenes, sino para elevarlos hacia una pertenencia compartida.
La advertencia común de estas dos reinas del periodismo francés es que un país puede desaparecer sin que cambie su nombre en los mapas. Puede conservar sus ministerios, sus selecciones deportivas, sus marcas turísticas y sus ceremonias oficiales, mientras se vacía de sustancia. Francia no morirá necesariamente por invasión o bancarrota; podría diluirse por indiferencia, por cansancio, por incapacidad de decir «nosotros». Frente a ese peligro, Polony propone reconstruir una República soberana y laica capaz de proteger al pueblo; Bastié llama a reencontrar las fuentes culturales y espirituales de una civilización.
Quizá la respuesta no consista en escoger entre ambas, sino en escuchar su desacuerdo como una riqueza. Francia ha sido monárquica y revolucionaria, católica y laica, campesina e intelectual, universalista y profundamente particular. Su eternidad no está en la inmovilidad, sino en una fidelidad creadora. La Nueva Francia solo será legítima si prolonga esa fidelidad; la Francia eterna solo seguirá viva si acepta encarnarse en los franceses de hoy. Entre Polony y Bastié se dibuja, por tanto, no una querella de salón, sino una cuestión vital: cómo salvar el alma de Francia sin clausurar su porvenir. E impidiendo que, tras un partido de fútbol, ganen o pierdan, la Nueva Francia queme, destruya y mate en las calles a la Francia Eterna.















