EDITO

Uno menos

Por Zoé Valdés/El Debate.

Ramiro Valdés Menéndez murió este domingo en Cuba a los 94 años, según confirmaron las autoridades de La Habana. Para el régimen, desaparece un «comandante histórico» y un hombre de «fidelidad absoluta» a Fidel y Raúl Castro. Para millones de cubanos dentro y fuera de la isla, en cambio, se apaga en su cama uno de los rostros más temidos del sistema represivo que sostuvo durante más de seis décadas a la dictadura castrista. Uno menos.

Su muerte no puede leerse como una simple nota necrológica. Valdés no fue un burócrata más de la Revolución Cubana ni un sobreviviente decorativo de la generación que tomó el poder en 1959. Fue fundador y jefe del Ministerio del Interior, organizador de los órganos de Seguridad del Estado y de Inteligencia, y uno de los hombres que convirtió la vigilancia, la delación, la cárcel política y el miedo en instrumentos permanentes de gobierno. Un torturador y un asesino.

Nacido en Artemisa en 1932, Valdés participó en el asalto al cuartel Moncada, viajó en el yate Granma y combatió en la Sierra Maestra. Esa biografía guerrillera fue utilizada durante décadas por la propaganda oficial para presentarlo como héroe. Pero la historia completa exige mirar lo que vino después: la consolidación de un aparato de control político que persiguió a opositores, religiosos, periodistas independientes, activistas, homosexuales, jóvenes considerados «desafectos» y a cualquiera que se atreviera a desafiar el monopolio del Partido Comunista.

Desde el Ministerio del Interior, cargo que ocupó en dos períodos, Valdés ayudó a construir las estructuras que hicieron posible la represión sistemática. Bajo su influencia crecieron el Departamento de Seguridad del Estado y la Dirección General de Inteligencia, organismos dedicados al seguimiento, la infiltración y la neutralización de toda disidencia real o imaginada. No se trataba solo de defender al Estado frente a enemigos externos; se trataba de vigilar a la sociedad entera y convertir la vida cotidiana en un territorio bajo sospecha.

Por eso, el duelo oficial contrasta de manera obscena con la memoria de las víctimas. Mientras Miguel Díaz-Canel lo despide con palabras afectuosas, muchos cubanos recuerdan las prisiones, los interrogatorios, los expedientes, las expulsiones laborales, el exilio forzado y la destrucción de familias enteras. Valdés murió sin enfrentar un tribunal independiente por las denuncias que durante décadas lo señalaron como pieza central del engranaje represivo. Murió con honores de Estado, no con una rendición de cuentas.

Su figura resume una de las grandes tragedias cubanas: la impunidad de quienes administraron la violencia política en nombre de una supuesta redención social. La revolución prometió justicia, pero produjo un sistema donde la justicia quedó subordinada al partido único. Prometió dignidad, pero obligó a generaciones a callar, emigrar o sobrevivir bajo vigilancia. Prometió soberanía, pero subordinó por años su aparato de seguridad a la lógica soviética y a la exportación de métodos autoritarios.

Ese legado no se quedó dentro de Cuba. Valdés también fue mencionado durante años por sectores de la oposición venezolana como un asesor de peso en áreas vinculadas a seguridad, Inteligencia, electricidad, telecomunicaciones y control social durante la expansión del chavismo. Su presencia en Venezuela, en un momento de creciente dependencia política y técnica de Caracas respecto de La Habana, simbolizó para muchos venezolanos la importación de métodos cubanos: vigilancia, militarización de instituciones, persecución de disidentes y uso del Estado para aplastar la pluralidad democrática.

La Venezuela que alguna vez fue refugio de libertades para tantos cubanos terminó recibiendo la influencia de quienes habían perfeccionado en la isla el arte del control político. En ese sentido, Valdés no fue solamente un jerarca cubano: fue parte de una maquinaria regional que ayudó a blindar proyectos autoritarios bajo el lenguaje de la revolución, la soberanía y el antiimperialismo. El resultado está a la vista: países empobrecidos, instituciones capturadas, presos políticos, exiliados y sociedades obligadas a elegir entre el silencio y el riesgo.

La muerte de Valdés también deja al descubierto la decadencia biológica y moral de la cúpula castrista. Los mismos hombres que prometieron construir un «hombre nuevo» envejecieron aferrados al poder, rodeados de privilegios, mientras la población hacía colas por comida, medicinas y combustible. La llamada generación histórica se presentó como sacrificada, pero terminó convertida en una aristocracia revolucionaria, inmune al sufrimiento que imponía al resto del país…

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