EDITO

ED. La C40 une a los cubanos desde Miami

Por Zoé Valdés/El Debate.

El Museo Americano de la Diáspora Cubana recibió a varias generaciones de cubanos, como si las paredes hubieran decidido respirar más hondo y borrar las décadas dolorosas. A veces pareciera que los edificios presienten antes de nuestra llegada. Y recientemente, muy temprano en una mañana lluviosa en Miami, el museo sabía que iba a recibir a una generación que ya no debería estar caminando tan erguida, pero que insiste en hacerlo porque el alma les encumbra el paso: la generación de la C40, los hijos de la República, los que crecieron bajo la Constitución de 1940, ese documento que todavía brilla como un diamante enterrado bajo pulsos de fango.

Llegaban despacio, algunos con bastón, otros con la memoria intacta y la mirada afilada. Acudían como quien vuelve a una casa que no existe, pero que se reconstruye cada vez que se pronuncia su nombre: Cuba.

Los jóvenes –los de ahora, los del Miami que se construye segundo a segundo, los que heredaron la patria como un duelo y una promesa– los contemplaban con una mezcla de ternura y reverencia. Era un encuentro de generaciones, sí, pero también un relevo simbólico: los que vivieron la República entregando su testimonio a quienes deberán reconstruirla.

La Constitución de 1940 es un emblema que no se resiste ni se doblega. Y flotó en el aire como una presencia viva. No es un mero texto jurídico: fue un personaje más del evento. Una mujer elegante, moderna, adelantada a su tiempo, que regresaba para recordarnos que Cuba fue –y puede volver a ser– un país donde la verdad social, la autonomía municipal y la dignidad humana no eran consignas, sino leyes. No es una Constitución perfecta, por algunos artículos que en la época los comunistas intentaron colar –eso quedó claro–, pero no los colaron enteramente a su amplio deseo, y que podrán ser modificados. Una Constitución nueva, como proponen algunos, no tendría sentido, y estaríamos reiterando gestos demoledores del castrismo.

Los asistentes hablaron de ella como se habla de un amor perdido que se recuperará una vez que la libertad se dignifique: con anhelo, pero también con compromiso y firmeza. Porque lo que se pierde por traición duele más que lo que se pierde por azar…

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