Por Carlos M. Estefanía.
El autor frente al Ayuntamiento de Estocolmo, el célebre Stockholms stadshus. Foto: M.M.
Botkyrka, Estocolmo, Suecia, 25 de mayo de 2026
De adolescente y de joven me fascinaba “andar La Habana”. Por mí mismo y emulando aquel célebre programa de la televisión cubana dedicado a los sitios históricos de la capital, que —en medio del gris ideológico y de la falta absoluta de libertades políticas— nos ofrecía una ventana distinta: la ilusión cultural de un país que se caía a pedazos, pero que aún sabía envolver sus ruinas en poesía. El castrismo entendió muy temprano que la cultura y el deporte podían funcionar como anestesia colectiva. No nos daban derechos, pero nos daban conciertos y funciones de teatro accesibles; no nos dejaban elegir gobernantes, pero nos dejaban contemplar museos con piezas de enorme valor. Era la vieja estrategia romana del pan y circo, tropicalizada, con olor a salitre habanero.
Pasé miles de veces por La Habana Vieja y Centro Habana. Entré en fortalezas, caminé el Malecón, vagué por sus plazas y soñé frente a edificios que hablaban de una Cuba anterior a la desgracia revolucionaria. Recuerdo, incluso, cuando trabajaba como guía en el Círculo Internacional del Marino a finales de los años ochenta. En la hora del almuerzo me escapaba hacia el Palacio de los Capitanes Generales o al Castillo de la Real Fuerza. Entre piedras coloniales, reliquias del pasado y cañones oxidados, imaginaba un país distinto. Una nación normal.
Hoy, después de conocer ciudades del antiguo bloque comunista europeo y ver cómo rescataron su patrimonio, reconstruyeron sus centros históricos y reconciliaron modernidad con memoria, pienso inevitablemente en La Habana. Esa Habana que dejé en 1993 y que no he vuelto a pisar. La Habana detenida en el tiempo no por romanticismo, sino por miseria política. Quizá por eso ahora me dedico a andar Estocolmo.
El sábado pasado lo hice junto a mi mujer. Comenzamos el recorrido por el Ayuntamiento de Estocolmo, el célebre Stockholms stadshus: un magnífico edificio levantado entre 1911 y 1923 por Ragnar Östberg, construido con más de ocho millones de ladrillos rojos y coronado por las Tres Coronas suecas. Allí se celebran cada 10 de diciembre los banquetes de los Premios Nobel. Pero más allá de la postal turística, el lugar posee algo difícil de explicar: una serenidad civilizatoria que el cubano exiliado reconoce de inmediato porque viene de sociedades donde las instituciones funcionan.
No subimos a la torre, ni disfrutamos del restaurante; eso lo dejamos para un futuro mejor planeado. Simplemente nos paseamos contemplando el patio y la terraza, con dos bellas fuentes cuyas aguas miran hacia el lago Mälaren. Allí estaban los turistas, los niños correteando, los grupos de amigos celebrando bodas… la gente viviendo sin miedo. Y entendí algo sencillo: la felicidad muchas veces consiste únicamente en poder sentarse, tranquilo, frente al agua, sin que el Estado te vigile o te ignore; sin que te adoctrine ni te convierta en sospechoso por el solo hecho de ser ciudadano. La vida es rara.
Si algún día vienes a Estocolmo, visita el Ayuntamiento. O, simplemente, haz como hicimos nosotros: siéntate afuera con un helado y deja que la arquitectura haga su trabajo sobre el alma. Así es como la libertad entra por los ojos.
Pero mientras yo andaba por esta ciudad terapéutica de Estocolmo, mi cabeza seguía inevitablemente en Cuba. Porque estos días ocurrió algo que puede marcar un antes y un después en la historia del castrismo: la inculpación oficial en Estados Unidos de Raúl Castro por el asesinato de los Hermanos al Rescate. Y aunque muchos medios internacionales intenten tratarlo apenas como un expediente judicial más, para nosotros, los cubanos del exilio, esto tiene una dimensión histórica y moral gigantesca.
Durante décadas el régimen cubano logró imponer la narrativa de la “Revolución heroica”. Pero el tiempo —el peor enemigo de las dictaduras— termina quitando el maquillaje a los relatos oficiales. Y lo que queda entonces es la crudeza de los hechos: un aparato de poder que fusiló, encarceló, reprimió y, finalmente, exportó violencia más allá de sus fronteras.
Los Hermanos al Rescate no eran una amenaza militar para Cuba. Eran pilotos civiles. Volaban buscando balseros perdidos en el estrecho de la Florida, y el acto más agresivo que realizaron fue lanzar unos panfletos sobre esa Habana mágica de la que ya he hablado. El derribo de aquellas avionetas en 1996 fue un crimen político deliberado. Y que hoy la justicia norteamericana incluya oficialmente el nombre de Raúl Castro dentro de esa responsabilidad rompe uno de los últimos tabúes diplomáticos alrededor del castrismo histórico.
No sé si veremos un juicio completo. No sé si Raúl Castro terminará sentado frente a un tribunal. Pero sí sé algo: la impunidad absoluta empieza a resquebrajarse. Y cuando eso ocurre en una dictadura envejecida, el efecto psicológico puede ser devastador.
Porque Cuba hoy no es la Cuba de los años noventa. El miedo ya no funciona igual. La narrativa épica se agotó. El país está exhausto. Y mientras el castrismo envejece biológicamente, la nación real sobrevive entre apagones, emigración masiva y desesperanza.
Aquí en Suecia, mientras tanto, observo otra clase de sociedad. Imperfecta, claro está. Porque también aquí hay violencia, crisis institucionales, desempleo y tensiones sociales. Esta semana Botkyrka vivió días intensos: el nuevo plan urbano Översiktsplan 2050 cerró su periodo de consultas; el municipio fue escogido por el Consejo de Europa para un comité de inclusión intercultural; el programa “Bostad först”se convirtió en política permanente para combatir el sinhogarismo; y se anunciaron inversiones en infraestructura, educación y preparación civil ante posibles crisis.
Aquí, a diferencia de Cuba, el gobierno puede ser criticado abiertamente por la criminalidad de las bandas, por las deportaciones polémicas, por fallos en seguridad nacional o por los despidos masivos de Ericsson. Y nadie termina preso por escribir un artículo como este. Esa normalidad democrática que muchos europeos dan por sentada sigue siendo para un cubano exiliado algo profundamente conmovedor.
A veces pienso que el verdadero drama cubano no ha sido solamente la pobreza material. Ha sido la destrucción de la normalidad. La imposibilidad de vivir una vida simple y libre. Caminar por una ciudad sin consignas. Hablar sin miedo. Leer periódicos que no sean órganos de propaganda. Discutir el futuro sin terminar acusado de traidor.
Por eso sigo andando ciudades. Porque cada calle europea restaurada me recuerda la Habana que pudo ser. Porque cada plaza libre me hace pensar en la nación secuestrada que todavía espera reconstruirse. Y porque, en el fondo de todo exiliado auténtico, existe siempre una tarea silenciosa: recoger experiencias para la Cuba futura.
Tal vez ese día llegue más rápido de lo que imaginamos.
Las dictaduras parecen eternas… hasta que dejan de serlo.
Un abrazo desde Suecia,
Carlos Manuel Estefanía
Un cubano que ama y anda sobre las aguas.















