Por Sor Nadieska Almeida, HC.
24 de mayo de 2026
Hoy escuché a una trabajadora decirme que tiene un amigo que la llamó por teléfono desde fuera de Cuba. En la conversación él le contaba su cotidianidad, cómo va progresando con su esfuerzo en la nueva etapa de vida que está empezando, y ella le iba compartiendo a su vez todas las penurias por las que está pasando. Al final de la conversación, ella le dijo: hablar conmigo es volver al pasado, porque todo lo que te comparto es un atraso increíble.
Y es totalmente cierto lo que ella me dice en su síntesis, hablar de la realidad que estamos viviendo es volver al pasado. Yo me quedé pensando de qué pasado me estaba hablando, porque hemos retrocedido tanto que pudiéramos pensar en el tiempo de los aborígenes. Y me vuelvo a preguntar, ¿qué significa estar cocinando con carbón en pleno siglo XXI? ¿Qué significa estar rodeada de mosquitos y apagones de 20 horas que acaban con la paciencia y la psique de cualquier persona psicológicamente estable? ¿Qué significa escuchar el llanto por hambre de quienes te rodean? ¿Qué significa no tener ni en qué trasladar a tus seres queridos fallecidos? ¿Qué significa temer enfermarse por saber que no hay medicamentos, ni posibilidades de ingreso en un hospital, ni insumos médicos necesarios?
Y surgen otras preguntas. ¿Qué fuerzas puede tener una persona para empezar el día cuando apenas duerme por la ausencia prolongada de electricidad? ¿Cómo es posible que nuestros niños apenas tengan maestros, que no haya clases, que sus padres no los puedan mandar a la escuela porque no han descansado en la noche? ¿Cómo se explica que no hay combustible para nada, incluidos los centros priorizados y los hay para patrullas o carros del gobierno? ¿Qué pasa que no hay gas licuado para la población y sí existe en venta de dólares? ¿Cuándo dejamos de importarle a quienes deben ser los responsables en mantener un país con lo necesario para la vida? Ante todo esto que me inquieta, me pregunto: ¿en qué siglo estamos viviendo en Cuba?
Mi amada nación no tiene cómo defenderse de un gobierno que amenaza, reprime, encarcela, excarcela y vuelve a encarcelar. Hasta respirar es casi prohibido. Nos acechan enfermedades, estamos expuestos permanentemente al olvido, a la miseria, a la podredumbre, a una guerra que nos anuncian. Tan grave puede ser una invasión, como la preparación que se nos pide para afrontarla: mochilas con alimentos imperecederos, juguetes para niños, agua, medicamentos, linternas… ¡Qué contradicción! No contamos con esos recursos en la cotidianidad y nos los piden para enfrentar algo que pudiera acontecer, y a la vez pudiera evitarse con el simple gesto de admitir que no pueden salir solos de esto, con la humildad de entregar el poder y salvar a tantos millones que nos resisitimos a morir, que soñamos con la libertad y el deseo de vivir dignamente.
Toda esta negación de quienes ostentan el poder no ha servido más que para retroceder en todo y convertirnos en sobrevivientes de una realidad que por su dureza no parece verdadera y, peor aún, no sabemos o no tenemos aún el coraje para salir de ella, porque el miedo es poderoso y tambien lo es el cansancio físico y el desgaste psicológico que sabemos que pueden superarnos.
No dejo de preguntarme ante tanto sufrimiento: ¿qué más se le puede pedir a este pueblo? Ya no soporto escuchar la palabra resistencia. Ya no tolero que nos digan que vamos a superarlo. Ya no quiero escuchar más mentiras y promesas que nunca son cumplidas. Ya es hora de avanzar, de asegurarnos que hay un presente, de no dejar que nos quiten la vida y la esperanza. Ya es hora de que luchemos por nuestros sueños por difíciles que parezcan. Ya es hora porque, hermanos, se nos va la hora. La vida va pasando y tenemos derecho a disfrutar de la belleza, de la verdad, de la justicia. Tenemos derecho a vivir en una nación libre y próspera. Tenemos derecho a ser partícipes de nuestra historia. Tenemos derecho a la esperanza, a sonreír, a vivir seguros.
No dejemos que nos sigan hundiendo en el pasado, en las tinieblas permanentes, en la supervivencia que engendra otras pobrezas. Miremos hacia adelante, porque Dios no nos abandona y permanece a nuestro lado, regalándonos la fuerza de su Espíritu Santo. Él sigue siendo el Dios con nosotros. Pidámosle la fortaleza que necesitamos para que nos mantenga en la esperanza que no defrauda y veamos acercarse el final de nuestro dolor. Él puede convertir nuestra tristeza en alegría, como dice el rey David: Has cambiado mi lamento en baile (Salmo 30). Pidamos confiados.















