Relato Mundial

Entre el estruendo y el silencio: sobre la realidad sueca vista desde adentro y desde afuera

Por Carlos M. Estefanía.

 

Botkyrka, Suecia 10 de mayo de 2026

 

Les escribo, como siempre, desde Botkyrka, al sur de Estocolmo, en esta Suecia donde el frío muchas veces parece querer disciplinar el alma, pero donde la vida humana, con todas sus contradicciones, termina siempre abriéndose paso entre debates, conflictos, arte, burocracias y sueños. Les escribo no como quien pretende dar lecciones desde un supuesto paraíso nórdico, sino como un cubano que vive lejos de su tierra y que quisiera que nuestra patria algún día pudiera mirarse en países como este no para copiarlos ciegamente, sino para aprender de sus aciertos y también de sus errores.

Esta semana, del 2 al 9 de mayo de 2026, Suecia me ha vuelto a recordar algo importante: ningún país está terminado. Ninguna sociedad llega jamás a ese punto donde puede decir “hemos resuelto todos nuestros problemas”. La diferencia está en otra parte: en cómo se discuten esos problemas, en cuánto se permite a la gente participar, protestar, denunciar, crear y disentir sin miedo.

Quiero empezar por mi municipio, porque muchas veces las verdades de un país se entienden mejor desde lo pequeño. Botkyrka es una de las zonas más multiculturales de Suecia. Aquí viven suecos de origen, pero también miles de inmigrantes procedentes del Medio Oriente, África, América Latina y los Balcanes. Hay barrios donde uno escucha más árabe, siríaco o turco que sueco. Y aunque desde ciertos sectores políticos se habla de estos lugares casi como si fueran territorios perdidos, la realidad es muchísimo más compleja.

Esta semana el municipio inauguró por todo lo alto la Eleonoraskolan, una escuela gigantesca en Hallunda. “Skolan” significa escuela en sueco. Costó 550 millones de coronas suecas, una cifra inmensa para un municipio relativamente pequeño. Tiene capacidad para mil alumnos y un patio equivalente a cinco campos de fútbol. Uno puede discutir si el gasto fue excesivo o no, pero lo importante es comprender algo: aquí las escuelas públicas no suelen construirse como edificios de segunda categoría. El Estado, aun con todas las críticas que recibe, invierte enormes recursos en educación porque entiende que abandonar a los jóvenes cuesta mucho más caro después.

Y precisamente los jóvenes estuvieron en el centro de la semana. En el gimnasio S:t Botvid se reunieron unos doscientos muchachos que votarán por primera vez en las próximas elecciones nacionales. Imaginen eso en Cuba: adolescentes debatiendo públicamente con políticos sobre inmigración, inteligencia artificial, inseguridad o deporte. Algunos defendían políticas migratorias más duras; otros reclamaban más humanidad para los refugiados. Había desacuerdos fuertes, incluso tensión. Pero nadie terminó preso por opinar distinto. Nadie tuvo que fingir unanimidad.

También hubo noticias menos luminosas. El transporte en Estocolmo sufrió un caos enorme porque anunciaron el cierre total durante 88 horas del Pendeltåg, tren que pendula de un extremo a otro de la capital, que es el sistema de trenes de cercanías que conecta la capital con sus municipios periféricos. Para los cubanos sería algo parecido a una mezcla entre tren suburbano y ómnibus interprovincial rápido. Miles de personas tendrán que depender de autobuses sustitutos desde Fittja y Hallunda. Y aunque aquí las autoridades informan con tiempo y organizan alternativas, la gente protesta muchísimo igual. El sueco no está acostumbrado a resignarse en silencio.

Por otra parte, al fin inauguraron una nueva rotonda en Hallunda. Parece una noticia menor, pero no lo es. La zona llevaba años siendo peligrosa por accidentes de tráfico. Aquí existe algo interesante: las pequeñas obras municipales también generan debate público. La gente escribe en periódicos locales, exige explicaciones, critica retrasos y fiscaliza el dinero público. Esa cultura de vigilancia ciudadana es una de las cosas que más echo de menos para Cuba.

Pero no todo es orden y civismo escandinavo. Esta misma semana ocurrió algo terrible en Hågelbyleden: una niña de diez años fue atropellada por un quad, una especie de motocicleta de cuatro ruedas. La menor tuvo que ser trasladada en helicóptero al hospital y el conductor está siendo investigado por negligencia y por conducir bajo efectos de drogas. Suecia también conoce el dolor, la irresponsabilidad y la imprudencia humana.

Y precisamente el tema de las drogas y las pandillas sigue obsesionando al país. En Botkyrka comenzaron a instalar cámaras de vigilancia en centros deportivos de Fittja y Storvreten para combatir el narcotráfico y el reclutamiento criminal de menores. Aquí hay un debate muy fuerte sobre cuánto debe vigilar el Estado. Muchos aceptan las cámaras por miedo a la violencia; otros temen que la sociedad termine sacrificando demasiada libertad en nombre de la seguridad.

Entre tantas tensiones, hubo también noticias profundamente humanas. En Norsborg, el centro de atención para ancianos Tornet abrió una sección especial donde el personal habla siríaco. El siríaco es una lengua antigua usada por comunidades cristianas originarias de Oriente Medio. Puede parecer un detalle pequeño, pero revela algo importante: el envejecimiento y la inmigración han transformado completamente la sociedad sueca. Aquí entienden que un anciano no solo necesita medicinas; necesita sentirse comprendido en su idioma y en su cultura.

Otro hecho interesante ocurrió en Tullinge, donde un político local votó contra su propio partido para evitar el cierre de una guardería llamada Fröhuset. Imaginen el contraste con nuestros sistemas políticos rígidos: aquí romper la disciplina partidista no implica automáticamente convertirse en enemigo del Estado. El político recibió críticas, sí, pero también aplausos de muchos padres.

Y mientras todo eso sucedía, Botkyrka respiraba cultura. Hubo teatro bilingüe, conciertos de guitarra en Tumba y espectáculos infantiles en el Ishuset, literalmente “la casa de hielo”, un espacio cultural y deportivo. A veces me impresiona cómo incluso en medio de crisis económicas o problemas de seguridad, los suecos siguen apostando por la cultura local. No porque sean ingenuos, sino porque entienden que una sociedad sin espacios culturales se vuelve espiritualmente miserable.

Precisamente pensando en eso fui esta semana a la exposición Rumble in the Jungle, en la Botkyrka konsthall (Sala de Arte de Botkyrka), es decir, la galería de arte municipal. Entré creyendo que vería simplemente una muestra contemporánea más, pero salí profundamente removido.

No fue una exposición que se “entienda” fácilmente. Era más bien algo que se siente. Collages, fotografías, sonidos, archivos familiares mezclados como si la memoria humana estuviera siendo desmontada y reconstruida delante de uno. Había un soundsystem —un enorme sistema de sonido escultórico— instalado en la sala principal. Pero aquello no era música de fondo. El sonido parecía moldear físicamente el espacio. Uno caminaba distinto, respiraba distinto.

El título mismo, Rumble in the Jungle, podría traducirse como “estruendo en la jungla”, aunque aquí la “jungla” no era selva literal, sino metáfora del barrio periférico, del caos urbano, de las identidades mezcladas, del ruido de las comunidades inmigrantes que muchas veces Europa mira desde arriba o con miedo.

Y mientras caminaba entre aquellas imágenes fragmentadas, pensé mucho en Cuba. Pensé en cómo también nosotros somos un collage humano: africanos, españoles, campesinos, soviéticos tardíos, exiliados, religiosos, ateos, revolucionarios decepcionados, soñadores y sobrevivientes. Un país hecho de capas que todavía no termina de reconciliarse consigo mismo.

La exposición trabajaba la memoria como algo vivo, no como un monumento congelado. Y eso me recordó algo fundamental: las sociedades sanas son las que permiten discutir el pasado sin miedo. Aquí en Suecia se debate constantemente sobre colonialismo, inmigración, racismo, integración, fracaso escolar, violencia juvenil. A veces exageran, otras veces se contradicen, pero hablan. Hablan muchísimo. Y aunque el exceso de debate puede cansar, el silencio impuesto termina siendo infinitamente peor.

Después, al mirar el video Basslines, parte de la muestra, tuve una sensación extraña: la vida cotidiana aparecía como algo digno de ser observado. No la gran épica política, no el discurso oficial, sino la gente común moviéndose, respirando, sobreviviendo. Creo que las dictaduras le temen precisamente a eso: a la vida real cuando deja de obedecer narrativas oficiales.

Ahora bien, si ampliamos la mirada más allá de Botkyrka, Suecia entera vive una etapa complicada.

La economía crecerá menos de lo esperado debido a la incertidumbre internacional provocada por las guerras y tensiones globales. El gobierno sueco incluso decidió paralizar un importante cable eléctrico con Dinamarca para proteger sus intereses energéticos nacionales frente a determinadas exigencias de la Unión Europea. Eso también es importante entenderlo: incluso los países más democráticos priorizan sus intereses cuando sienten amenazada su estabilidad.

Políticamente, el país está muy dividido. Los socialdemócratas lideran las encuestas con algo más del 32 %, mientras el gobierno de derecha corre riesgo de perder su mayoría. Las discusiones sobre inmigración se han vuelto durísimas. Este 10 de mayo hubo una gran manifestación en Estocolmo exigiendo una política migratoria más humana. Al mismo tiempo, el Estado prepara un nuevo examen obligatorio de ciudadanía para inmigrantes, con 47 páginas de contenido sobre historia, leyes y sistema político sueco.

Es decir: Suecia sigue defendiendo derechos, pero también endurece sus requisitos de integración. Y ahí aparece uno de los grandes dilemas europeos contemporáneos: cómo mantener sociedades abiertas sin perder cohesión social.

Mientras tanto, la violencia de pandillas preocupa cada vez más. Esta semana se propuso permitir el monitoreo electrónico de menores desde los 13 años si las autoridades creen que podrían ser reclutados por bandas criminales. Fíjense en la gravedad del asunto: hablamos de controlar adolescentes antes incluso de que cometan delitos. Muchos suecos consideran esto aterrador, pero otros creen que ya no queda alternativa.

Además, más de cuarenta universidades sufrieron un gigantesco ataque informático que filtró mensajes privados entre estudiantes y profesores. Y una investigación encontró rastros de cocaína en baños de parques infantiles cubiertos llamados Leos lekland —“la tierra de juegos de Leo”— en Estocolmo, Malmö y Gotemburgo. Ver drogas donde juegan los niños sacudió mucho a la opinión pública.

Suecia también se militariza. Se desarrollaron las maniobras Aurora 2026 con 18 mil soldados preparándose ante una posible amenaza rusa. Y el gobierno anunció la creación de un nuevo servicio de inteligencia exterior llamado UND, que comenzará a operar en 2027.

A veces, desde América Latina, imaginamos Europa como un lugar poshistórico donde ya no existen miedos existenciales. No es verdad. Suecia teme por su seguridad, teme por su cohesión social, teme por su natalidad. El país acaba de registrar la tasa de fertilidad más baja de su historia: 1,42 hijos por mujer. El propio primer ministro admitió que muchos jóvenes no forman familias porque no encuentran viviendas suficientemente grandes y accesibles.

Y, sin embargo, pese a todos estos problemas, la sociedad sigue funcionando. Miles participaron esta semana en el 10MILA, una enorme competencia de orientación deportiva en los bosques suecos. El Parlamento discutió nuevas leyes sobre bares y restaurantes. Los periódicos investigan constantemente al poder. La oposición critica. Los ciudadanos protestan. Los artistas provocan. Los municipios construyen escuelas. Las comunidades inmigrantes reclaman espacio. Y todo eso ocurre simultáneamente.

Eso es quizá lo más valioso que veo viviendo aquí: la normalidad del conflicto democrático.

No, Suecia no es un paraíso. Tiene soledad, burocracia excesiva, problemas de integración, narcotráfico, polarización política y una profunda crisis de sentido entre muchos jóvenes. Pero hay algo admirable: los problemas no tienen prohibido existir públicamente.

Y eso, queridos compatriotas, es quizá una de las mayores diferencias con nuestra Cuba. Una nación no se fortalece escondiendo sus fracturas, sino aprendiendo a mirarlas sin miedo.

Yo sueño con una Cuba donde podamos discutir nuestros errores sin convertirnos automáticamente en traidores. Una Cuba donde construir una escuela no dependa de la obediencia ideológica. Donde un artista pueda incomodar. Donde un periodista investigue. Donde un político pueda votar contra su partido sin desaparecer civilmente. Donde las comunidades puedan preservar su cultura sin sospecha. Donde la crítica no sea vista como sabotaje, sino como una forma de amor nacional.

Porque al final, vivir en Suecia me ha enseñado algo profundamente cubano: los países verdaderamente fuertes no son los que aparentan perfección, sino los que permiten que la verdad circule.

Con afecto sincero se despide de ustedes desde este norte lejano, entre bosques y lagos de ensueños, pero también trenes retrasados, debates interminables y nostalgias caribeñas,

Carlos Manuel Estefanía.

 

Exposición “Rumble in the Jungle” en La Sala de Arte de Botkyrka, muestra del artista Eric Magassa, que combina collage, pintura, fotografía, video e instalaciones en un entorno multisensorial donde destaca un gran sistema de sonido como escultura central. El título hace referencia tanto al famoso combate de boxeo de Muhammad Ali como a una subcultura musical y a estereotipos sociales sobre la ciudad y el barrio, lo que refuerza su carácter simbólico y múltiple; en conjunto, es una exposición inmersiva que mezcla lo personal, lo cultural y lo político en una experiencia artística intensa. Foto: Carlos Manuel Estefanía.

 

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