EDITO

ED. No es periodismo si se juega con la violencia

Por Zoé Valdés/El Debate.

Un intento de atentado contra un presidente no es «un momento televisivo». No es material para el morbo, ni combustible para la tribuna fácil. Es una línea roja. Y, sin embargo, cada vez que ocurre algo así, aparece el mismo reflejo: convertir la gravedad en espectáculo, la confusión en propaganda y la indignación en negocio, o lo que es peor, perjurio.

En este caso, se han difundido versiones especialmente alarmantes sobre la conducta de parte de la prensa invitada al evento. Y si se busca un ejemplo elocuente –y, a mi juicio, vergonzoso– de esa actitud, CNN aparece una y otra vez en la conversación pública. Se afirma que horas antes se habría lanzado, directa o indirectamente, un mensaje que algunos leen como una invitación a «eliminar» al presidente Donald Trump; y también que, minutos después del ataque, se habría producido el robo de botellas de bebidas alcohólicas de alto valor por periodistas que ganan salarios meteóricos –los videos existen. Si estas dos cosas se confirman, no hablamos de «deslices»: hablamos de una degradación obscena de la responsabilidad pública. ¿Eso es informar? ¿O es explotar el caos mientras se predica superioridad moral?

Ahora bien: precisamente porque la acusación es grave, no vale el «me lo dijeron» ni el recorte convenientemente editado. Si hay emisión completa, contexto, nombres y responsabilidades, debieran publicarse completos. Si no los hay, que se deje de intoxicar. La exigencia es simple: o pruebas, o silencio decente. Y aquí está el punto de fondo: un medio no puede instalar insinuaciones, encender pasiones y luego fingir asepsia cuando las consecuencias se vuelven incómodas. Eso no es «cobertura»; es agitación bajo maquillaje.

Que se investigue, que se contraste y que se sancione lo que corresponda. Y que cada medio se mire al espejo: en política, las palabras no son inocuas, y la ‘cobertura’ no es coartada. Si alguien incita –aunque sea con guiños– o se aprovecha del pánico para rapiñar, no merece pases de prensa ni aplausos: merece escrutinio, consecuencias y, como mínimo, el rechazo público. La democracia no puede seguir pagando el precio de la irresponsabilidad disfrazada de periodismo.

Periodistas que, desde grandes cadenas televisivas de izquierda, evocan momentos antes como exigencia la eliminación del presidente, además de probables candidatos a las presidenciales que constantemente convocan a la desaparición de su rival político, representan una amenaza para la integridad del debate democrático. El uso irresponsable de palabras y discursos incendiarios, lejos de informar, alimenta la polarización y erosiona la confianza pública en las instituciones. Es fundamental que los medios y figuras públicas comprendan el impacto real de sus declaraciones, pues la democracia se construye sobre la pluralidad y el respeto, no sobre la incitación ni el odio. En España lo hemos visto en carteles colgados en las redes contra Santiago Abascal.

En cuanto al que atentó contra la vida del presidente estadounidense, lo típico: de sentimiento ideológico demócrata, votante de Kamala Harris, donante de su campaña, Antifa, Lgtbq, y maestro de escuela; ¿se dan cuenta lo que este tipo le estaría impartiendo como enseñanza a niños y adolescentes? Este perfil, que se repite en ciertas narrativas mediáticas, revela cómo de ninguna manera se trata de prejuicios que puedan influir en la percepción pública y distorsionar el debate real sobre las motivaciones detrás de actos violentos, es una realidad. La izquierda mata. Es esencial no generalizar ni atribuir responsabilidades, pero más importante para nuestra sobrevivencia es abrir los ojos, pues ello contribuye a perpetuar la verdad por encima de las mentiras, y a impedir la ralentización en la búsqueda de soluciones efectivas que sólo benefician a los incitadores del odio…

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