Por Gloria Chávez Vásquez.
El teólogo, filósofo y paleontólogo francés, Teilhard de Chardin (1881-1955) ha sido muy admirado, pero también muy incomprendido. La obra clásica de este sacerdote jesuita que reconcilió la fe con la ciencia y la evolución y uno de los descubridores del cráneo del hombre de Pekin, fue censurada por su Orden y la Iglesia Católica. Cuando sus libros salieron publicados, después de su muerte, el Santo Oficio emitió una advertencia (monitum) condenando sus ideas.
Pero como el tiempo está de parte de todo pionero que contribuye a alumbrar el camino de la verdad y el conocimiento, la obra de Chardin cobra dimensión mientras la sombra de sus críticos se desvanece. Varios papas recientes han citado con admiración, su visión cósmica, plena de belleza teológica y poder eucarístico.
Su teoría teológica-filosófica de que el hombre sigue evolucionando, mental y socialmente, hacia una unidad espiritual final, combina ciencia y cristianismo y declara que la experiencia humana emula «el camino de la Cruz.»

El visionario
En su libro Rompiendo con el Evangelio: la solución a la evolución (1987), el investigador y filósofo futurista Neil Freer (1947-2016) se refiere a Teilhard como ejemplo del visionario cósmico, a la vez que señala el dilema de este erudito a la hora de emitir sus ideas. ¿Qué tan grande hubiese sido su obra científica y filosófica, de no haber tropezado con los remilgos religiosos de ese entonces?

John F. Haught, teólogo experto en el pensamiento teilhardiano, y autor de «La visión cósmica de Teilhard de Chardin”, compara las ideas de Teilhard con la de pensadores, filósofos y científicos religiosos significativos, como Kant, Whitehead, Barbour, Moltmann y Tillich. En su libro, Haught se centra en el futuro cósmico y las implicaciones del pensamiento de Teilhard para este siglo y más allá. Este profesor de Investigación en la Universidad de Georgetown defiende la obra de Chardin ante las tergiversaciones de otro académico y teólogo, John Slattery, autor del ensayo «Tendencias peligrosas de la teología cósmica: El legado no contado de Teilhard de Chardin». En su libro, Slattery argumenta que la teología cosmológica de Teilhard está basada en el racismo, el fascismo y las ideas genocidas (eugenesia).

Tales afirmaciones están desacreditadas de antemano en los cuatro principios fundamentales de la filosofía de Chardin, en sus libros “El Medio Divino” (1957) y “El fenómeno del hombre” (1955); escritos en las décadas de 1920 y 1930. El primero, un complemento esencial del segundo, que amplía el mensaje espiritual, tan básico en su pensamiento y en el que ilustra cómo la vida espiritual del ser humano puede convertirse en una participación en el destino del universo.
El biólogo español-estadounidense Francisco J. Ayala (1934-2023) sintetizó el pensamiento de Teilhard de Chardin en cuatro puntos básicos:
El tiempo: la cuarta dimensión: Antes de la aparición de la teoría de la evolución, predominaba la imagen de un universo estático, formado totalmente desde sus lejanos comienzos. Por el contrario, con la evolución aparece la dimensión “tiempo”, como un actor principal, ya que el cambio es lo esencial.
La evolución universal: Según Teilhard, no sólo la vida, sino la materia y el pensamiento están involucrados en el proceso de la evolución.
Principio de complejidad-conciencia: El sentido de la evolución, que involucra tanto la materia, como la vida y el pensamiento (o el espíritu), está comprendido en un principio descriptivo de la mayor generalidad: la tendencia hacia el logro de mayores niveles de complejidad y, simultáneamente, al logro de mayores niveles de conciencia.
Omega: la meta de la evolución: A partir de la tendencia del universo, guiado por la Ley de complejidad-conciencia, Teilhard vislumbra el Punto Omega, al que define como “una colectividad armonizada de conciencias”, que equivale a la conciencia divina.

Según Teilhard, la evolución se estaría convirtiendo en un proceso cada vez más opcional, señalando así los problemas sociales del aislamiento y de la marginalización como grandes inhibidores de la evolución. El universo, tanto como el ser humano, sigue evolucionando. Nuestro mundo aún no está perfeccionado. La creación no ha terminado y cada persona es pieza clave para superarse a sí misma y ayudar a mejorar el mundo que nos rodea.
La base metafísica de la unidad humana es la futura comunión de toda la creación con Dios. A medida que el universo, se vuelve más complejo, también se vuelve más consciente. A medida que el amor creativo de Dios aporta una unidad creciente al universo en evolución, la diversidad de la creación también aumenta, incluyendo la aparición de personas libres y únicas. Según el científico religioso, las tendencias básicas de la materia —gravitación, inercia, electromagnetismo, etc.— están ordenadas hacia la producción de modelos más complejos. Este proceso condujo a entidades cada vez más complejas de átomos, moléculas, células y organismos, hasta que finalmente evolucionó el cuerpo humano, con un sistema nervioso lo suficientemente sofisticado para permitir la reflexión racional, la autoconciencia y la responsabilidad moral. Teilhard argumenta que la aparición del hombre aporta una dimensión al mundo: El nacimiento de la reflexión. Los animales saben, pero el hombre sabe que sabe.

Lejos de ser indiferente al sufrimiento de los discapacitados, Teilhard, quien tenía una hermana discapacitada, promueve una visión esperanzadora de la vida y un sentido más profundo de la dignidad; desarrolla una teología cristiana del sufrimiento que otorga a los minusválidos un lugar importante en el gran esquema de las cosas. Teilhard veía el proceso de evolución orgánica como una secuencia de síntesis progresivas cuyo punto de convergencia es Dios. Cuando la humanidad y el mundo material hayan alcanzado su estado final de evolución y agotado todo potencial para su desarrollo, una nueva convergencia con el orden sobrenatural sería iniciada por la Segunda Venida de Cristo. La obra de Cristo es principalmente guiar al mundo material hacia esta redención cósmica.
Teilhard heredó el interés por la ciencia de su padre agricultor. Como interno en el Colegio Jesuita de Mongré primero y novicio de esa orden en Aix-en-Provence después, a los 24 años es enviado a El Cairo como catedrático. Durante la Primera Guerra Mundial y ya como sacerdote, trabaja como camillero voluntario y es condecorado por el ejército y la Legión de Honor. De regreso a su labor docente, esta vez en el Instituto Católico de París, emprende sus misiones paleontológicas y geológicas en China (1923), donde participa en el hallazgo (1929) del cráneo del hombre de Pekín. En la década de 1930 trabaja en el desierto de Gobi, Sinkiang, Cachemira, Java y Birmania (Myanmar). Con su trabajo y reportes analíticos, Teilhard contribuye a expandir el conocimiento paleontológico de la época.

En Pekín, durante la Segunda Guerra Mundial (1939-45), Teilhard es interrogado y sometido a cautiverio. Al final de la guerra regresa a Francia, pero su trabajo científico es cuestionado por sus superiores. Frustrado en su deseo de enseñar en el Collège de France y publicar sus ensayos filosóficos, viaja a Estados Unidos donde es contratado por la Fundación Wenner-Gren de Nueva York para realizar dos expediciones paleontológicas y arqueológicas en Sudáfrica. Fallece el 10 de abril de 1955, en Nueva York a los 73 años.
. Entre sus escritos encontramos colecciones de ensayos filosóficos: “La vida cósmica” (1916) y “La potencia espiritual de la materia” (1919). En ellos ya se transluce lo que será el núcleo de su pensamiento. “La aparición del hombre” (1956), “La Visión del Pasado” (1957) y “Ciencia y Cristo” (1965).
La de Teilhard de Chardin es una metafísica de la evolución, que se inicia en un punto Alfa, un proceso que converge hacia una unidad final que llama el punto Omega. Las ideas más valiosas en el pensamiento filosófico tradicional pueden integrarse con la visión científica moderna. Para ello tendríamos que aceptar que la tendencia a las cosas materiales está más o menos dirigida, a la producción de seres más evolucionados. Ya lo resumió él mismo en su cita más celebre: Si la humanidad alguna vez captura la energía del amor, será la segunda vez en la historia que descubrimos el fuego.
Gloria Chávez Vásquez escritora, periodista y educadora, reside en Estados Unidos. Autora de las colecciones de cuentos: Crónicas del Juicio Final, Depredadores de Almas y Caliwood disponibles en Amazon.com















