Por Carlos M. Estefanía.
Queridos lectores:
Les escribo desde la zona norte del municipio de Botkyrka, en la periferia de Estocolmo, donde la vida cotidiana se mueve entre señales que invitan tanto a la esperanza como a cierta inquietud. Esta semana, en particular, ha tenido algo de reveladora, como si el pulso del municipio se hubiera acelerado lo suficiente para dejarnos ver mejor sus contrastes.
Desde mi ventana observé este fin de semana una escena que me alegró sinceramente: en el aparcamiento del Centro Multicultural, un grupo de jóvenes ensayaba danzas bolivianas —diría que de esas que llenan de color el carnaval de Oruro—. Ver a esos chicos entregados a algo tan vivo y creativo reconforta, sobre todo en tiempos en los que tantas veces se habla de criminalidad o de jóvenes sin rumbo, especialmente en barrios como estos. Fue, sin duda, una manera luminosa de cerrar una semana bastante agitada.
Quizá convenga explicar que el Centro Multicultural (MKC) es una fundación municipal que trabaja por una sociedad donde la diversidad forme parte natural de la identidad nacional y donde la migración se entienda como parte del patrimonio cultural sueco. Allí se investiga, se enseña, se publican libros y se abren espacios para exposiciones, actividades, una biblioteca especializada y hasta un restaurante —Taberna, hoy de gestión privada y con sabor jamaicano—.
Durante un tiempo fui un visitante frecuente de sus actividades, siempre estimulantes y bien pensadas. Últimamente, sin embargo, me cuesta encontrar propuestas que me enganchen como antes. Aun así, prefiero quedarme con la esperanza de que esa chispa vuelva y que el centro recupere ese imán que tenía para para mí.
No todo, sin embargo, invita al optimismo. Desde Norsborg llegó esta semana una noticia inquietante: un hombre fue brutalmente atacado en plena calle a primera hora del día. Sobrevivió, pero el hecho deja una sensación difícil de ignorar, como si este tipo de episodios empezara a dejar de ser excepcional.
A ello se suma un tiroteo en un edificio residencial, algo que choca con esa imagen de calma escandinava que muchos aún conservan. La normalidad sigue ahí, sí, pero ahora convive con una fragilidad que se cuela en los detalles.
Algunos de esos detalles los confirma la propia policía: puntos abiertos de venta de drogas en Alby, Fita y Tumba. Lugares donde lo ilegal ocurre casi a la vista, pese a la vigilancia. Nunca he entendido porqué si lo saben, las autoridades no actúan de inmediato para detener el tráfico y a los traficantes de drogas.
Y, en otro registro muy distinto, pero igualmente revelador, durante el último fin de semana de pagos se registraron decenas de casos de embriaguez, con escenas tan absurdas como personas intentando entrar en casas equivocadas.
Y, sin embargo, Botkyrka también muestra su otra cara. La inauguración de una nueva escuela en Hallunda reunió a más de mil quinientas personas en un ambiente festivo y cercano. Familias, niños, autoridades… todos compartiendo algo que aún resiste: el sentido de comunidad. En momentos así, uno recuerda que el tejido social sigue ahí, sosteniéndolo todo.
Claro que no todo en educación son buenas noticias. El cierre anunciado de una escuela en Tullinge ha movilizado a padres y vecinos, preocupados por el impacto en la vida diaria de los estudiantes. Aquí la política deja de ser abstracta y se vuelve cotidiana, casi doméstica.
En lo más cercano, también hablan los pequeños problemas: alimentos mal almacenados en una escuela, un restaurante cerrado por plagas, basura acumulada en Norsborg y la consiguiente aparición de ratas. No son grandes titulares, pero juntos dibujan una realidad menos ideal.
A pesar de todo, la vida cultural no se detiene. Las bibliotecas organizan talleres, intercambios, encuentros. Hay deporte, actividades comunitarias, espacios donde la gente se encuentra y conversa. Botkyrka, a su manera, sigue adaptándose.
En el plano político, se acercan elecciones con una participación récord de candidatos. La seguridad, la educación y las condiciones de vida están en el centro del debate, como reflejo de preocupaciones muy reales.
Y lo local, inevitablemente, se conecta con algo mayor. Suecia atraviesa un momento de cambios importantes. La economía siente el impacto de tensiones externas, con precios de la energía al alza y un coste de vida que aprieta. El Estado responde con reformas, desde mayor control en el mercado inmobiliario hasta el impulso de energías renovables.
Al mismo tiempo, la política migratoria se endurece, elevando los requisitos salariales para permisos de trabajo. Un cambio que tendrá consecuencias profundas, tanto económicas como humanas.
La seguridad, por su parte, ocupa un lugar central: más prevención, más vigilancia, más tecnología al servicio del control del delito. Un equilibrio delicado entre protección y libertades.
Y, aun con todo, la cultura sigue ofreciendo refugio. El arte, la música, los encuentros… pequeñas formas de resistencia frente a la incertidumbre.
Desde aquí, desde este rincón concreto de Botkyrka, no se percibe tanto un derrumbe como una transformación. A veces tensa, a veces desconcertante, pero transformación al fin. Y con todos sus males esta sociedad no deja de parecérseme aquella que, siendo niños, las autoridades cubanas nos ofrecieron construir para cuando fuéramos grandes, en cambio terminaron fabricando un infierno del que tantos cubanos optaron por irse, incluido este servidor.
Para quienes venimos de otros lugares, observar estos cambios invita a la reflexión. Aún sin la gravedad de los nuestros, debe reconocerse que cada sociedad enfrenta sus propios desafíos, pero todas comparten algo: la necesidad de reinventarse.
Les envío un abrazo desde este municipio al que ya siento mío, donde la primavera empieza a abrirse paso entre el gris y donde, pese a todo, la vida sigue adelante, terca y diversa.
Los quiere,
Carlos Manuel Estefanía.
Botkyrka, Suecia.
















