Por Minervo L. Chil Siret.
El año 2026 marca un punto de inflexión histórico para la dictadura cubana. La convergencia de una tendencia conservadora en el hemisferio, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la pérdida de su principal aliado estratégico, las tensiones en la relación México-Estados Unidos y la imposibilidad de sus aliados extrarregionales de venir en su auxilio, han colocado al régimen de La Habana en su posición más vulnerable desde el llamado «Período Especial» que sobrevino tras la desaparición del bloque del Socialismo Real en Europa y la desintegración de la Unión Soviética.
Este cambio de clima político tiene consecuencias inevitables para Cuba. Durante décadas, la dictadura cubana se sostuvo gracias a alianzas ideológicas, silencios diplomáticos y una interpretación errónea de la soberanía entendida como derecho del Estado a oprimir con inmunidad frente a toda crítica. Hoy ese entorno es menos complaciente. La crisis cubana ya no puede disimularse. El sufrimiento del pueblo cubano ya no puede presentarse como un asunto interno ni como una rareza histórica. La migración masiva forzada, el empobrecimiento estructural, la represión sistemática y la ausencia de mecanismos democráticos han convertido a Cuba en un factor de inestabilidad regional. Cada vez más gobiernos entienden que sostener el status quo cubano tiene costos reales, incluso para quienes no desean una confrontación directa.
La nueva realidad geopolítica en el hemisferio no garantiza por sí sola que ocurran cambios en Cuba, ni que de haberlos, sea necesariamente una transición a la democracia. Pero sí crea un contexto menos favorable para la perpetuación de la dictadura y estrecha el espacio para la impunidad. Cuando gobiernos de la región —de cualquier signo— colocan los derechos humanos en el centro de su política exterior, el régimen cubano ya no puede presentarse como víctima, sino que debe responder por sus actos. Cada vez resulta más difícil justificar la represión en nombre de la estabilidad, o la pobreza en nombre de la igualdad. El lenguaje de los derechos humanos vuelve a abrirse paso, incluso entre gobiernos que prefieren la prudencia al enfrentamiento.
Este nuevo escenario puede provocar que el totalitarismo castrista enfrente más aislamiento político, con posiciones más firmes respecto a la democracia y los derechos humanos; menor disposición a justificar la represión bajo discursos ideológicos; mayor presión para liberar presos políticos; mayor atención y legitimidad internacional para la sociedad civil cubana y la oposición democrática; menos oportunidades económicas; y un mayor escrutinio sobre la influencia cubana en la región.
DISYUNTIVA DE LA DICTADURA CUBANA
La dictadura cubana nunca ha mostrado tener voluntad de cambios. Y a juzgar por el tono arrogante de las declaraciones del mandatario impuesto a dedo por la cúpula comunista, tampoco las tiene ahora. Pareciera que no se han visto en el espejo de su aliado venezolano y que su soberbia no le ha permitido leer correctamente el nuevo panorama geopolítico regional. Su discurso presente, sigue anclado en el pasado caduco y fracasado, sin propuesta de futuro. Quizás crean erróneamente que les bastará con aplicar su receta de siempre: algunas reformas económicas para atraer inversión extranjera, sin ceder control político; reforzar la represión interna para evitar que el malestar social se traduzca en protestas; y apostar por la emigración masiva como válvula de escape social y arma de chantaje contra los gobiernos de la región. Sin embargo, ninguna de estas opciones resuelve el problema estructural de fondo: la desconexión entre el modelo político vigente y las aspiraciones de una ciudadanía que demanda derechos, oportunidades y participación real.
Con un hemisferio más consciente de que sin participación ciudadana no hay estabilidad posible, menos dispuesto a tolerar su modelo político y sin aliados capaces de sostenerlo, la dictadura cubana se enfrenta a una contradicción insostenible: pretende sobrevivir en un mundo que exige participación, mientras niega al pueblo el derecho a decidir. Un país donde el poder no emana del pueblo está condenado a la parálisis. Sin elecciones libres, sin pluralismo, sin derechos, no hay reforma posible, solo administración del deterioro.
En este contexto, la presión internacional —cuando se ejerce desde principios democráticos y no desde agendas ideológicas— puede contribuir a abrir espacios para la sociedad civil cubana. La solidaridad internacional es más efectiva cuando se orienta a empoderar a los ciudadanos, no a sustituirlos. La región puede y debe convertirse en un aliado de la ciudadanía cubana, no del poder que la oprime.
LA RESPONSABILIDAD ÚLTIMA RECAE EN LOS CUBANOS
Aunque el entorno regional influye, y puede incluso llegar a ser determinante, la transformación final de Cuba depende, en última instancia, de la voluntad y la acción cívica de sus ciudadanos. El nuevo mapa político de las Américas puede facilitar ese camino al reducir los apoyos externos y la impunidad diplomática de la dictadura, aumentar los costos de la represión, promover una visión más coherente de la democracia en la región y abrir ventanas de oportunidad para una transición democrática. Pero la tarea esencial —la construcción de una Cuba libre, plural y respetuosa de la dignidad humana— sigue siendo responsabilidad de los cubanos.
La libertad no llegará como concesión externa ni como consecuencia automática de un cambio geopolítico regional. Y aunque un entorno menos tolerante con el régimen totalitario puede debilitar los apoyos que sostienen la inmovilidad y abrir grietas por donde se cuele la esperanza, ningún escenario internacional sustituye la conciencia ciudadana, la acción cívica organizada, la exigencia del derecho a elegir libremente y la reconstrucción espiritual y moral de la nación. El hemisferio puede acompañar, pero la decisión de cambiar Cuba es de los cubanos.
ALTERNATIVAS CÍVICAS CUBANAS
Los cambios geopolíticos que hoy atraviesan el hemisferio occidental y el agotamiento del modelo cubano plantean una pregunta inevitable: ¿existen alternativas concretas para Cuba, más allá del colapso o la imposición externa? La respuesta no está en soluciones improvisadas ni en recetas importadas, sino en propuestas creadas dentro de Cuba. La historia reciente del país muestra que, incluso en condiciones adversas, existen iniciativas cívicas nacidas en el interior de la Isla, capaces de articular propuestas viables para un cambio pacífico, como por ejemplo el Proyecto Varela y el Programa Todos Cubanos (PTC).
No resulta ocioso recordar que el Proyecto Varela es un instrumento que podría servir para romper la inercia, desbloquear el inmovilismo y abrir los espacios para empezar a dar los primeros pasos. El PTC por su parte, es una verdadera hoja de ruta integral para una transición a la democracia y el estado de derecho, de manera pacífica, “de la ley a la ley”, sin colapso institucional, sin vacío de poder, sin violencia, sin exclusiones, sin revanchismo, con un espíritu de reconciliación nacional y fraternidad entre todos los cubanos.
El nuevo contexto geopolítico no trae soluciones mágicas para Cuba, pero sí confirma algo fundamental: los sistemas que niegan la participación ciudadana terminan generando inestabilidad regional. Éxodo masivo, colapso económico, dependencia externa y represión no son solo problemas internos; se convierten también en asuntos hemisféricos. En ese escenario, propuestas como las del Proyecto Varela y del Programa Todos Cubanos no pierden relevancia; al contrario, se vuelven más necesarias y especialmente pertinentes porque ofrecen una salida pacífica, ordenada y democrática, basada en el derecho y no en la fuerza.
Hoy, cuando el hemisferio discute gobernabilidad, legitimidad y derechos; y algunos actores internacionales debaten sanciones, apoyos económicos o equilibrios estratégicos; estas iniciativas nos recuerdan que sin la voz del pueblo cubano, ninguna solución será legítima ni sostenible porque la soberanía pertenece al pueblo, no al gobierno; que la reconciliación es posible solo desde el amor, la verdad y la justicia; y que la transición debe ser pacífica, incluyente y basada en derechos.
OPORTUNIDADES Y ESPERANZAS
El hemisferio occidental vive un tiempo de cambios e incertidumbres, pero también de oportunidades. La región parece avanzar hacia una comprensión más clara de que la estabilidad no se construye sobre la represión, sino sobre la participación ciudadana y el respeto a los derechos fundamentales. En ese marco, el régimen dictatorial cubano enfrenta un desafío ineludible: abrirse al cambio o quedar cada vez más aislado en un continente que ya no acepta justificaciones ideológicas ni la excepcionalidad como excusa.
En conjunto, el nuevo bloque conservador en el hemisferio, la postura firme de Estados Unidos hacia Cuba, la pérdida del sostén venezolano y el escrutinio sobre México, sumados a los límites de sus aliados extrarregionales, colocan a la dictadura totalitaria castrista en un escenario de vulnerabilidad estratégica creciente, donde su capacidad de maniobra externa se reduce y aumenta la relevancia de la presión interna y de la articulación de una alternativa creíble. La oposición democrática cubana, a pesar de la represión y de sus escasos recursos, cuenta con iniciciativas cívicas, incluso de cierto arraigo popular, como el Proyecto Varela y el Programa Todos Cubanos, que son serias y viables. Este nuevo escenario es una magnífica oportunidad para que Cuba deje de apoyarse en alianzas que perpetúan su estancamiento y escuche, por fin, la voz soberana de su pueblo. Y también puede convertirse en una oportunidad para que la comunidad internacional acompañe, con coherencia y respeto, las aspiraciones de libertad del pueblo cubano.
Preparémonos y estemos listos porque esta larguísima noche está por acabar, ya pronto amanece.
Todos Cubanos, Todos Hermanos y Ahora, la Libertad.
Minervo L Chil Siret.
Miembro de Secretariado Ejecutivo MCL.















