Yo maté a Sánchez (I)

Por Ray Luna.

La arrojé por el balcón. Nada de cálculos racionales, fue cosa de poco momento. Un crimen frío. Ahí yace para siempre su cadavérico cuerpo, destartalado, en la página número cincuenta y cuatro.

El contexto

Para no sufrir tribulaciones navegando por entre la laberíntica, indescifrable y tétrica burocracia académico-administrativa, los sistemas de admisión, las ofensas y los caprichos de maestruchos mongólicos, hube de inscribirme en el Sistema de Universidad Abierta. Flaco remedio.

Los trabajadores del estado son todos pequeños dictadores en potencia.

El viejo

Le divertía enseñar de arte y ex arte, como en el renacimiento del siglo XII. Casi al término del segundo semestre me entrevisté con el anciano ladino. Edición de Textos requeriría crear cualquier género de obra, corregirla y, por supuesto, imprimirla. “La academia coarta la invención”, lamentó.

El Criador

Aquella noche, cuando la musa no fue a mí, Barranca del Muerto parecióme apestar más de lo normal. Con todo, de regreso a casa, tuve la genial idea de escribir una falsificación epistolar; un texto retrofetichista sobre un emigrado llorón que termina por devolverse a Cuba.

La consolación es un género literario bastante patético.

Me fue otorgada una semana de plazo. Trabajé dos días sin parar, como buen sopista. Luego, pagué 250 pesos por dos ejemplares intonsos en casa de un impresor de la Colonia San Cosme.

El mythos

Como en una de esas brillantes narraciones donde el autor monta a cuarenta personajes en un autobús y, apurando el final, los hace descender al abismo, desencadené una calamitosa serie de eventos que justificasen la vuelta a la patria del pusilánime agonista.

El tiempo de la noveleta transcurre entre agosto del 2012enero de 2015.

Nuestro hombre en La Habana

Nada tengo en contra suya, la bloguera/influencer/periodista/editora ni siquiera figura como personaje en el libro. Sánchez fue tan sólo un suceso. En junio de 2011, cuando lo imprimía, supuse que cuatro años más tarde gozaría aún de alguna relevancia política. Me equivoqué.

(El libro también vaticina la potenciación de Díaz-Canel, aunque yerra la fecha.)

La crueldad del caso Zapata Tamayo me puso —creo, sin advertirlo— sobre aviso. No supe con certeza quiénes morirían, pero sí que una ola de misteriosos decesos se avecinaba. Así fue.

En octubre del 2011 murieron a Laura Pollán, justo cinco meses después de imprimir. Nueve meses más tarde tocó el turno a Oswaldo Payá y Harold Cepero. Dos años después The Cuban Thaw ya había echado a andar. Quizá sólo fue una coincidencia.

Los sistemas totalitarios de relato único, colapsan económicamente, primero, para luego ser abolidos por muchachitas portando ramos de flores. Como es lógico, quise registrar un drama transicional verdaderamente inverosímil.

Por eso retraté a Carlos Alberto Montaner bajando de un avión en la ciudad capital. Le conferí el interinato presidencial porque hace nueve años lo creí pertinente.

Doctus et facetus

El escritor que juega a ser Dios debe por demás observar la regla de Horacio. Cumplí pero no pude ahorrarme consecuencias imprevistas.

La razón tiene sus límites.

De imaginar siquiera que Montaner daría un vuelco tan grosero hacia la izquierda, apoyando con inquietante devoción al candidato demócrata Joe Biden, habría —en mi rol de demiurgo— derribado el avión antes de aterrizar en La Habana.

Excelentes dotes para la prosa salvaguardan la fama del excéntrico periodista, escritor y político liberal. Un renombre que alcanza todos los confines del mundo hispánico; Montaner será leído y recordado por muchas generaciones. Este agudo, chistoso y mentirosísimo escritor cubano conquistó la gloria entre los más grandes articulistas de la lengua española a fuer de seso. En un número de 1985 —cito de memoria— de la revista Opiniones Latinoamericanas, reveló por primera los secretos magistrales de su arte ingenioso.

Auctor

Guardo en mi biblioteca libros suyos. Su literatura, a lo que creo, puede dividirse a la manera anglosajona: ficción y no-ficción. En el primer grupo podríamos incluir también sus memorias. El resto podría clasificarse en tres categorías: arbitrismo, historia y espejo de príncipes.

 

 

Quienquiera conozca su obra, aun marginalmente, no daría crédito al hecho de que Carlos Alberto apoye abiertamente a un candidato, no ya socialista, sino comprobadamente corrupto.

Un aspirante a la presidencia cuyo prestigio decae en misma medida en que la prensa revela nuevos y más escalofriantes detalles sobre el salaz comportamiento de su único hijo vivo. No obstante, si de veras desea saber quién es Biden y cuán hundido está en la mierda, le tengo una recomendación: Riding the Dragón.

En la próxima entrega de este artículo le explicaré por qué Carlos Alberto Montaner de los grupos de poder que complotaron  para dar un golpe de estado al actual presidente Donald J. Trump y el por qué de este súbito giro ideológico en su carrera política.

¡Hasta la próxima!

 

Ray Luna Rodríguez es filólogo, ex académico de la Universidad Nacional Autónoma de México y bloguero libertario.

 

3 Comments

  1. Cristina Ugalde

    He disfrutado mucho este artículo. Esperando el próximo.

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