Un paraíso bajo las estrellas (Parte II)

El niño del bote. Obra de Walfrido Hau

Por Manuel C. Díaz.

Al licenciado Carlos Aceves no le habrían alcanzado los años que le quedaban de vida para comprender el intrincado mundo de la burocracia cubana. Nunca entendió sus múltiples niveles administrativos ni la duplicidad de sus estructuras políticas. En varias ocasiones, exasperado, estuvo a punto de cancelar provechosos contratos por la incapacidad de los funcionarios estatales de entender los más simples términos contractuales.

De manera que aquella mañana, cuando llegó al edificio del Registro Civil de Centro Habana y vio que la cola de personas esperando para entrar se extendía desde la calle Nueva del Pilar hasta la de Santo Tomás, aunque lo esperaba, no pudo dejar de exclamar: “Virgen Santa, ¡qué es esto!”.

Zenaida, que lo había acompañado, lo tranquilizó: “Déjame esto a mí”. Entonces se adentró en aquella serpentina humana y avanzó casi hasta la puerta principal. Allí habló con un joven que parecía estar organizando aquel caos y le metió cinco dólares en el bolsillo de la camisa.

Al poco rato, Carlos Aceves estaba frente a una ventanilla interior donde una empleada le dijo lo que necesitaba para poder casarse: sus certificados de nacimiento y matrimonio, el certificado de defunción de su esposa y pruebas de su condición de ciudadano mexicano. No perdió tiempo haciendo preguntas. Esa tarde, desde su hotel, llamó a su abogado en Mérida y en dos días recibió todos los documentos. Cuando al fin los pudo presentar, la misma empleada de la primera vez le dijo: “Esto no le sirve, compañero; necesitamos los documentos originales; estos son copias”.

Mientras tanto, Zenaida recorría La Habana de una dependencia a la otra en busca de todo lo que le habían pedido: certificado de nacimiento, antecedentes penales, las bajas de su centro de trabajo, de la Libreta de Abastecimientos, de la Unión de Jóvenes Comunistas y del Comité de Defensa de su barrio.

En cada una de esas gestiones hubo increíbles contratiempos: su certificado de nacimiento no constaba en los registros; en sus antecedentes penales aparecía una condena por prostitución que Zenaida juraba nunca había existido pero estaba sustentada por la sentencia firme de un tribunal; el jefe de personal de Tropicana no le firmaba la baja; el secretario general de la Unión de Jóvenes Comunistas, quien había sido su amigo desde la escuela primaria, la llamó contrarrevolucionaria y traidora y la expulsó de sus oficinas.

Esa tarde, cuando llegó a su casa, el Comité de Defensa de la Revolución le tenía preparada su baja oficial del organismo y se la entregó simbólicamente en un acto de repudio relámpago: la escupieron, le gritaron gusana y le fueron dando empellones contra las paredes hasta que llegó a la puerta de su apartamento y pudo entrar arrastrándose con el vestido roto y un ojo amoratado.   

Una semana después, cuando las cosas siguieron complicándose, Carlos Aceves recordó lo que le había dicho Antonio Moreno, el funcionario que tramitaba todos sus contratos, cuando le pidió ayuda.

-No pierdas tu tiempo, Carlos. Zenaida nunca saldrá de Cuba. Es la querida del coronel Mendieta de la Seguridad del Estado.

Pero también recordó que Zenaida lo había negado todo cuando él la confrontó con los hechos: “Carlos, yo terminé con ese hombre hace tiempo, te lo juro”, le dijo llorando. Él sintió que se le partía el corazón. La hizo recostarse en el sofá, le acarició los cabellos y la cobijó en sus brazos con una ternura que ella nunca había conocido mientras le decía: “No tienes que jurarme nada. No podrán separarte de mí”.

Sin embargo, debieron separarse. La mano del coronel Mendieta parecía estar en todos los archivos y dependencias del gobierno. Carlos Aceves pensó que sería mejor regresar a México y tratar de resolver desde allí, la salida definitiva de Zenaida:

“Nos casaremos en Mérida”, le dijo ya en el aeropuerto.

Las luces del vestíbulo no se habían encendido todavía y la oscuridad tardía del verano comenzaba a ensombrecerlo todo. Cuando anunciaron su vuelo y emprendió la marcha hacia la puerta de salida, sintió un escalofrío premonitorio. Entonces se volvió y vio a Zenaida con los ojos anegados en lágrimas y apretando entre sus manos una medallita plateada de la Virgen de Guadalupe que él le había regalado.

Quiso ir hacia ella para abrazarla por última vez, pero comprendió que si lo hacía no tendría el valor de dejarla allí, abandonada a su suerte y perdida en su propio ámbito de terrores. Se preguntó como sobreviviría sin ella el tiempo que estarían separados y tratando de sobreponerse a su aflicción, atravesó la puerta que conducía a la pista.

El verano de aquel año se marchó sin aviso un cuarto viernes de septiembre. Las tardes comenzaron a ser más frescas en la ciudad de Mérida y a Carlos Aceves le parecía que la vida no valdría la pena hasta que no estuviese otra vez en el regazo cálido de Zenaida Batista. En tres ocasiones intentó regresar a La Habana, pero cada vez que iba al consulado cubano le informaban que su visa no había sido autorizada por Inmigración. El Ministerio de Comercio Exterior había rescindido sin explicación el último contrato negociado y Antonio Moreno no contestaba ni sus llamadas ni sus cartas. Su abogado tampoco había podido resolver nada. Todo lo que recibía eran ambiguas respuestas, pero ni la visa llegaba ni la salida de Zenaida, que al fin había logrado tener sus papeles en regla, era autorizada. No hubo un recurso que no intentara para rescatar a Zenaida de la trampa que le había tendido el coronel Mendieta.

Cuando todas las gestiones fracasaron, Carlos Aceves se sintió desesperado. Sin embargo, nunca le dijo nada a Zenaida. Le escribía largas cartas de amor y consuelo y le contaba de sus planes para cuando ella llegase a su hacienda. No le confesaba su miedo a perderla para siempre ni del martirio de sus recuerdos. No le contaba de su inmensa desolación, sino que trataba de levantarle el ánimo con la misma devoción y ternura que había empleado en sus noches habaneras para que tuviese calma y no desesperase. Y le enviaba dinero todos los meses con amigos que viajaban a la isla para que no tuviese que acudir a la prostitución.

Zenaida Batista no volvió a acostarse con extranjeros, pero se unió a cinco amigos de su barrio que preparaban una balsa para escapar de Cuba.

(Continuará…)

Manuel C. Díaz es escritor cubano, crítico literario y de arte, cronista de viajes.

Walfrido Hau es pintor cubano.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*