Un barril sin fondo

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Por Gloria Chávez Vásquez.

 

“La unidad sin verdad no es mejor que la conspiración”. –John Trapp (1601-1869) Teólogo inglés.

 

La primera vez que escuché el cuento de El barril de vino se lo oí a un joven sindicalista que lo contó al alumnado de una escuela de niñas de primaria. La historia ofrecía magia y misterio, pero, sobre todo, contenía una moraleja irrefutable. Como todo relato de origen inmemorial, su autor es desconocido. Bien podría ser parte de las enseñanzas que utilizó Jesús en su evangelio.

La parábola de El barril es muy popular en los llamados “relatos misioneros”. La cuentan los maestros, los religiosos, unionistas y entrenadores empresariales entre otros, para promover la cooperación, y en el mejor de los casos, inspirar la ética y la moral. Es posible que ese conocimiento fundamental y su práctica ya estén engranados en los genes de algunas personas, mientras, en otras, están totalmente ausentes.

Una de las versiones de El Barril de vino dice así:

Se cuenta que, durante el reinado de este monarca, sus súbditos trabajaban en las viñas de la comarca. El ministro real, que era muy sabio, aconsejó al rey celebrar una fiesta anual al terminar la cosecha para animar a los trabajadores y promover la calidad de la producción de vino. “Es una buena idea”, dijo el rey, “pues si les pedimos que cada familia traiga una botella de vino y lo deposite en un gran tonel, todos podrán beber sin costo alguno”.

Cuando llega el momento de la contribución, todos los habitantes asisten a la plaza del pueblo, cada familia con su botella. Uno a uno sube la plataforma y vierte el contenido en el tonel, y cuando baja, el tesorero del reino coloca en la solapa de cada campesino, un escudo con el sello real. A media tarde, el último de los campesinos vacía la botella. El enorme barril está lleno al tope.

Orgulloso y satisfecho, el rey sale a su balcón aclamado por su gente. El soberano manda a buscar una muestra del vino recogido mientras felicita y agradece la generosidad y colaboración de todos. Cuando el rey recibe la copa y la acerca a sus labios, nota que el líquido es incoloro; la acerca a su nariz y confirma que no tiene olor. Lleva la copa a su boca y bebe un sorbo.

¡El vino no tiene gusto a vino, ni a ninguna otra cosa! Llama con urgencia a los alquimistas del reino para analizar la composición del vino. La conclusión es unánime: El líquido del tonel es cien por cien agua. El monarca reúne a todos los sabios y magos del reino, para que busquen una explicación a este misterio. ¿Qué conjuro, reacción química o hechizo ha ocurrido para que esa mezcla de vinos se transformara en agua? Pregunta.

El más anciano de sus ministros de gobierno se acerca y le dice al oído: “Nada de eso, majestad, nada de eso. Vuestros súbditos son humanos. Eso es todo”.

“No entiendo” dice el rey.

“Tomemos por caso a uno de esos súbditos. Esta mañana, cuando se preparaba con su familia para bajar al pueblo, una idea le pasa por la cabeza: ¿Y si yo pusiera agua en la botella en lugar de vino, ¿quién podría notar la diferencia? Y nadie lo hubiera notado, salvo por un detalle, majestad: ¡TODOS PENSARON LO MISMO!

El del barril de vino es un cuento medieval que ha llegado hasta nuestros días en versiones múltiples. En esencia es muy similar a la historia de “El nuevo traje del emperador” en la que todos los súbditos simulan ver un traje que no existe para no acarrear la ira del monarca.  Su propósito es ilustrar, que, a la hora de la verdad, mucha gente se deja seducir por la deshonestidad.

La tradición oral de los pueblos está llena de esta narrativa. Señal de que no hemos mejorado como especie. También es una muestra de que el colectivismo no funciona, aunque se haya tratado ad infinitum. ¿Cuál es la causa y cuál es el efecto? ¿Es igual que preguntar, cual fue primero, el huevo o la gallina?

¿Qué tal si el rey de este cuento, en lugar de tomar por sentada la colaboración de sus súbditos, hubiese optado por obligarlos a aportar esa contribución? ¿Habría obtenido diferente resultado? Imagino que, por el contrario, el contenido del tonel hubiese sido más amargo.  Y aunque este rey, mas justo y generoso se hubiera limitado a darles una oportunidad a sus súbditos de enmendar el entuerto, otro habría emprendido una inquisición y la fiesta hubiera terminado en las mazmorras.

La experiencia de muchos con los círculos, las élites, los clanes, las roscas, los carteles, los clubes, las uniones, los sindicatos, las fundaciones, y hasta las pandillas nos hace concluir que las agrupaciones y conglomerados solo benefician a unos cuantos y hasta la caridad se ve afectada por aquellos que ponen sus intereses personales ante la necesidad ajena. La filantropía ha pasado a ser una manera de manipular a los sentimentales.

Ni la fuerza de la unión, ni la colaboración, ni la caridad, pueden ser perfectas mientras que la mayoría de los seres humanos practiquen la trampa y la corrupción como un deporte.

La parábola del barril de vino es una prueba de la necesidad de evolución moral de cada persona en la sociedad. Solo la convicción propia y la motivación del individuo puede lograr esa evolución.

Gloria Chávez Vásquez es escritora, periodista y educadora residente en Estados Unidos.

2 Comments

  1. Esteban Alvarez-Buylla

    Excelente y ameno. Infinitos ejemplos que terminan igual en desastre.

  2. Heidys Yepe

    Siempre nos trae una enseñanza. Genial.

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