Un aniversario más de la muerte de Celia Cruz

Por Manuel C. Díaz.

Este 16 de julio se cumple un año más de la muerte de Celia Cruz. Desde que debutó con la Sonora Matancera en La Habana hasta que llegó a Estados Unidos, Celia siempre fue para nosotros «la guarachera de Cuba».

Después, cuando triunfó en Nueva York y fue bautizada por la prensa como The Queen of Salsa, dejó de ser nuestra para convertirse en la reina de todos.

Los reinos de Celia fueron varios: la vida, los escenarios y los estudios de grabación. En todos fue una intachable soberana; sobre todo en el de la vida, que fue en el que reinó más tiempo y en el que nunca dejó de comportarse con una humilde majestuosidad. Primero, como hija y hermana amantísima; después, como esposa ejemplar; y, por último, como la respetuosa artista que jamás defraudó a su público.

Todavía mi hija, que la admiraba tanto, conserva la servilleta de papel en la que Celia le dedicó unas cariñosas palabras. Recuerdo que fue en el camerino del Diners Key Auditorium donde, cuando le pedí su autógrafo, me preguntó: «¿Dónde quieres que te firme?» Yo, que no iba preparado, la miré desconsolado. Fue entonces que con aquella cubanía suya me dijo: «Negro, no trajiste ni papel». Miró a su alrededor y de una mesa en la que había varias botellas de agua y una bandeja con frutas tomó una servilleta. Se volvió hacia mí y me preguntó: «A ver, cómo se llama tu hija». A su lado, el inseparable Pedro Knight sonreía.

Muchos años después, cuando ya estaba enferma, volví a verla en el teatro Jackie Gleason cuando la cadena Telemundo le preparó un homenaje que terminó siendo una conmovedora despedida.

Desde la primera fila, sentada en una butaca con proporciones de trono, Celia recibió emocionada las muestras de respeto y cariño de todas las estrellas de la música que participaron en el acto.

Al final, subió al escenario y con lágrimas en los ojos pidió que rezaran por ella. En ese momento la orquesta comenzó a tocar Yo viviré, un tema que se convertiría, aunque póstumamente, en un himno de esperanza. Fue entonces que Celia no pudo contenerse y empezó a cantar. Y lo hizo como nunca. El público de pie la aplaudía. Su esposo Pedro lloraba abiertamente. Todos llorábamos porque sabíamos que Celia se estaba despidiendo de la vida. Y aquella canción era, más que una simple melodía, un epitafio musical: «Oye mi son, mi viejo son/ tiene la clave de cualquier generación/ en el alma de mi gente, en el cuero del tambor/ en las manos del conguero, en los pies de bailador/ yo viviré, allí estaré/ mientras pase una comparsa con mi rumba cantaré/ seré siempre lo que fui, con mi azúcar para ti/ yo viviré, yo viviré».

El final estaba cerca. Apenas cuatro meses después de aquel merecidísimo tributo, el 16 de julio de 2003, Celia murió en Nueva York. Sus exequias fueron los de una reina: todos sus súbditos reclamaban verla por última vez.

Ella debió haberlo previsto y en su lecho de muerte pidió que la velaran también en Miami. Y así se hizo: su cadáver fue trasladado a la Torre de la Libertad y expuesta en capilla ardiente donde decenas de miles de cubanos desfilaron frente a su féretro.

Cientos no pudieron hacerlo, entre ellos mi hija, que debió conformarse con acompañar su procesión hasta la Iglesia de Gesu, donde se celebró una misa solemne oficiada por los sacerdotes más respetados del exilio cubano, Agustín Román, Emilio Vallina y Alberto Cutié. Con las notas de la canción Cuando salí de Cuba, himno del exilio cubano, concluyó la ceremonia y sus restos mortales regresaron a Nueva York.

El día de su entierro la ciudad de Manhattan amaneció con el cielo encapotado. Desde Washington Heights hasta el Financial Distric los relámpagos presagiaban lluvia. Eso no impidió que miles de personas se alinearan a todo lo largo de la Quinta Avenida para darle un último adiós. Sus admiradores coreaban canciones y lanzaban pétalos de rosas al paso de su ataúd que, envuelto en una bandera cubana, era transportado en un vistoso carruaje funerario tirado por dos caballos blancos y precedidos por una estatua de la Virgen de la Caridad.

El cortejo fúnebre llegó a la imponente Catedral de San Patricio donde se celebró la misa de cuerpo presente, que fue oficiada por el Obispo Auxiliar Josu Iriondo. A la misma asistieron numerosas personalidades, entre ellas el alcalde de la ciudad, Michael Blomberg, que entró tomado del brazo de Pedro Knight y Willie Colón.

Entonces, cuando Pattie LaBelle comenzó a cantar el Ave María llegó la lluvia. Los que no habían podido entrar a la iglesia permanecieron en sus puestos soportando el chubasco. Nadie se fue. Justo en el momento que Víctor Manuelle terminaba de cantar La vida es un carnaval la lluvia cesó de repente y el sol se alzó sobre los rascacielos. Fue como un guiño celestial. Cuando sacaban el ataúd todos pudieron verlo: los colores de la bandera cubana que lo cubría resplandecían con inusitada brillantez en la recuperada luminosidad de la tarde. La reina había muerto, sí. Pero desde aquel día siguió viviendo en el corazón de su verdadero pueblo. Para siempre. Long Live the Queen!

Manuel C. Díaz es escritor y crítico literario.

 

 

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