Subasta de sueños (Fragmento II) -Emelina recuerda a su hijo muerto en Angola-

Por Manuel C. Díaz.

Esa tarde, después que Gustavo salió a la calle, Emelina volvió a pararse frente al mueble donde estaban los recuerdos de guerra, volvió a tomar el fusil Garand en sus manos y volvió a sentir la misma sensación de epifanía del día anterior cuando pensó que podría matar a Fidel desde el balcón de su apartamento.

Eran casi las cinco de la tarde y la sala estaba envuelta en una luz turbia de crepúsculo anticipado. La llovizna de la mañana había hecho una pausa, pero la ciudad seguía cubierta por las tinieblas tiernas del frente frio que había entrado en la madrugada.

Emelina salió al balcón, miró hacia la embajada americana, levantó el rifle, apuntó hacia la avenida y mantuvo el punto de mira en el mismo centro del alza por varios segundos, esperando que apareciesen los Mercedes Benz en los que viajaba Fidel.

Y asi estuvo hasta que la frialdad del gatillo en su índice la devolvió a la realidad. Entonces recordó que todavía debía consultar con los dioses y entró a la sala. Puso el rifle en el estante, fue hasta la mesita de la entrada, se arrodilló por un momento frente a su Elégua y mientras arreglaba sus ofrendas, recordó el día que lo había traído a la casa, justo después de la muerte de Manuel.

Al pensar en su hijo no pudo evitar que se le formara un nudo en el corazón y que los ojos se le llenaran de lágrimas. En aquel instante volvió a imaginar su cadáver abandonado en la selva, las hienas devorando sus restos y sus huesos calcinados por el implacable sol africano. Entonces se despeñó por un abismo de llanto incontrolable y, durante algún tiempo, no se oyó nada más que el rumor sordo de su pena en el silencio de la casa desierta.

Cuando al fin regresó desde el fondo de aquel despeñadero de dolor, permaneció arrodillada frente a su Elégua hasta que se levantó para encender uno de los velones amarillos del santo, y al hacerlo, la contraluz de la llama iluminó un cuadro con la foto de Fidel que estaba sobre la mesita y creyó ver a Satanás.

Emelina retrocedió con terror ante la repentina visión, recordó con angustia la ultima carta de su hijo y en un arranque de furia súbita, cogió el cuadro con sus dos manos y lo estrelló contra el piso. Los cristales rotos volaron hasta la sala y las desencajadas maderas del marco cayeron con estrépito sobre las losas.

Emelina quedó parada en el centro del pasillo, entre la mesita y la pared, con los brazos abiertos y jadeando de rencor. Vio la foto de Fidel, intacta entre las maderas y los cristales, y todavía tuvo odio suficiente para pisotearla y escupirla. Entonces dio la vuelta, abrió la puerta y se marchó.

Manuel C. Díaz es escritor y crítico literario, viajero infatigable.

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