Stephan Zweig y el Mundo de Ayer

Por Gloria Chávez Vásquez.

En su más reciente novela, “El último tren a Londres”, Meg Waite Clayton saca a relucir en uno de sus personajes, un adolescente llamado Stephan, su afición por el escritor austriaco, Stephan Zweig. Durante la persecución de los nazis a los judíos y otros “indeseables”, el muchacho se aferra al libro de su homónimo, “Caleidoscopio” como si en ello le fuera la vida.

Antes y después de las dos grandes guerras, hasta los que no leían estaban familiarizados con el nombre de Stephan Zweig (1881-1942). Los que se iniciaban en su literatura, se deleitaban mayormente con sus novelas cortas, menos trascendentales, como ‘La confusión de los sentimientos’, ‘Novela de Ajedrez’ o ‘Cartas de una desconocida’. Los más dedicados se embelesaban con sus biografías de personajes históricos como María Antonieta, María Estuardo, Balzac, Magallanes, Erasmo de Rotterdam, Fouché, Nietzsche etc.

Stephan Zweig ofrecía al lector una perspectiva existencial, tanto filosófica como histórica. El éxito de sus libros provenía, no solo de la claridad de su lenguaje, el ritmo de sus relatos, sino del interés y propósito con que se aplicaba a su exposición intelectual. En ‘Momentos estelares de la humanidad’, por ejemplo, trabajó durante 20 años en describir los catorce acontecimientos de la historia mundial más importantes desde su punto de vista.

Pero no fue sino en último libro y autobiografía, en donde Zweig se atrevió a desnudar su alma. Con El Mundo de Ayer, el escritor vienés dejaba su testamento espiritual, una especie de manifiesto al mundo que desaparecía con él, y emergía como otro. El libro está considerado como un valioso documento de “lo que significó estar vivo entre 1881 y 1942″ en Europa.

Zweig comenzó a escribir El Mundo de Ayer: Memorias de un europeo, en 1934 cuando, anticipando el Anschluss (la invasión de Austria por Alemania) y la persecución nazi, decidió asilarse en Inglaterra y, pasando brevemente por Nueva York, más tarde en Brasil. En 1942 completó sus memorias, un día antes de suicidarse junto a su segunda esposa Lotte Altman. El libro fue publicado en Estocolmo, convirtiéndose de inmediato en un bestseller.

Entre anécdotas y recuerdos, Zweig describe en El Mundo de Ayer, la Viena de finales del imperio austrohúngaro, así como la estabilidad de la Sociedad vienesa después de siglos del gobierno de los Habsburgo; incluye, además, el sistema educativo y la ética sexual prevalente en esa época, la misma que contribuyó al desarrollo del psicoanálisis. En una carta dirigida a Sigmund Freud en 1926, el escritor le agradecía al psicoanalista la influencia que este había tenido en su obra y explicaba que otros escritores como Marcel Proust, D.H. Lawrence y James Joyce le debían al psicoanálisis el haberles ayudado a superar sus inhibiciones.

Los críticos de la obra de Zweig se dividen entre los que califican su estilo de humanista, sobrio y efectivo y los que le catalogan de pobre, liviano y superficial. En 1972 uno de esos críticos adversos lo calificó de ser “la Pepsi austriaca”, refiriéndose a un pasaje que Zweig nunca había escrito. Aun hoy en día tiene críticos voraces, especialmente aquellos que no le perdonan el que declarara que no creía en el sionismo porque para él era el epítome del nacionalismo. Su comentario de que había nacido judío “por accidente” resultó muy controversial en la sociedad de su tiempo.

En realidad, Zweig era un cosmopolita, amante de su país y de la buena vida. Por eso nunca pudo adaptarse al exilio ni en Bath (Inglaterra) ni en Ossining (Nueva York) y aunque trató, tampoco en Petrópolis (Brasil).  Su última satisfacción consistió en que sus libros habían sido quemados en las hogueras inquisidoras de los nazis junto con los de escritores de la talla de Thomas Mann.

Como buen historiador, Zweig era ávido coleccionista de manuscritos y entre su legado están las colecciones donadas por sus herederos en 1986 a la Biblioteca Británica, a La Universidad Estatal de Nueva York, y a la Biblioteca Nacional de Israel. Entre esos manuscritos se encuentran los de música, autografiados por Bach, Haydn, Mozart, Wagner y Mahler, una de las grandes colecciones en el mundo. Fue gran amigo de Richard Strauss, y contribuyó al libreto de su ópera “La Mujer Silenciosa”.

Es famoso el desafío de Strauss al régimen nazi al negarse a borrar el nombre de Zweig del programa para el estreno de la obra (junio 24, 1935) en Dresde. Tanto Hitler como Goebbels, su ministro de propaganda, se negaron a asistir como habían planeado y la ópera fue prohibida después de tres funciones. En 1937, Zweig escribió otro libreto para la ópera Daphne, de Strauss.

El pianista y compositor Henry Jolles, quien como el escritor se había refugiado en Brasil, compuso la canción «Último poema de Stefan Zweig”, basada en el que Zweig escribió al cumplir los 60 años. Durante su permanencia en Brasil, Zweig escribió “Brasil, Tierra del Futuro”, una colección de ensayos acerca de la historia y cultura del país que lo había acogido. Tras su muerte, la casa donde vivió el escritor, fue convertida en un centro cultural conocido en la actualidad como La Casa Stefan Zweig.

Bien podríamos decir que Stephan Zweig vivió motivado por la lección “Quien olvida la historia está condenado a repetirla”. Pero basta decir que en el hombre coexistían el historiador y el novelista, el primero más evolucionado que el segundo, quizás porque su mirada fue siempre retrospectiva. Paradójicamente sus obras han cobrado nueva vida gracias a la intemporalidad de su mensaje y a la afinidad de sus relatos con la cinematografía. Las más recientes ediciones de sus libros, en múltiples idiomas, coinciden con películas exitosas basadas en sus escritos.

Stefan Zweig

Gloria Chávez Vásquez es escritora y periodista colombiana.

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