Cultura/Educación

Silencio, ha muerto un poeta

Por Zoé Valdés.

Murió Raúl Rivero en Miami, lo único que se me ocurre es reaccionar con un extenso silencio. Un triste silencio. El gran gesto último de libertad de un poeta debe ser honrado con la justa y hermosa palabra silencio. Me han pedido que escriba sobre Raúl Rivero, y yo sólo puedo ahora recordar sus aciertos, apartar sus errores, aunque no podré borrar sus rarezas personales con relación a mi. A mi que puse mi obra en función de su libertad cuando estuvo encarcelado, que fui su coeditora en Francia, y su amiga por encima de las diferencias. Lo siento, no soy perfecta. Pero me ahorraré enumerar esos desagradables desencuentros.

Conocí a Raúl Rivero con 18 años, a través de la lectura de unos poemas revolucionarios suyos, muy buenos poemas, por cierto, en una época en la que todos escribían poemas revolucionarios (ahora nadie los escribía, pero la realidad es otra); trabajaba entonces con el que era el tercer hombre de Cuba, el ideólogo del Partido Comunista de Cuba, Antonio Pérez Herrero, que cuando a su vez cayó en desgracia con los hermanos Castro se estampó contra uno de esos árboles que les atraviesan en el camino y perdió la vida, o sea, se la “perdieron”, como al Comandante Barbarroja y como a Oswaldo Payá y Harold Cepero. Poco tiempo Raúl después cayó en desgracia, yo seguí encontrándomelo, animándole, aprendiendo a quererlo, y lo más extraordinario, él también lo hacía conmigo, me animaba y decía que me apreciaba más allá de cualquier cosa. Pocos años después, junto a otra excelsa poeta, María Elena Cruz Varela, y otros grandes escritores y periodistas, formaron el grupo Criterio Alternativo y enfrentaron corajudamente al régimen.

El antiguo diplomático en la URSS en representación de Cuba, el periodista preciso, el poeta elevado, se situó a finales de los ochenta del lado del pueblo, o sea, del lado de la verdad, y fundó la agencia independiente informativa Cuba Press. Desde Reporteros sin Fronteras lo apoyé, como también lo apoyé desde el periódico El Mundo, su antiguo director y fundador Pedro J. Ramírez puede dar fe de ello. Lo apoyé como apoyo invariablemente a todos aquellos en los que creo. Creí en Raúl Rivero como poeta, seguiré creyendo en el poeta hasta el fin de mis días. Dejé de creer en él como luchador político porque también él dejó de ser leal a lo que nos unía, una amistad desprovista de intereses secundarios, aunque con un único interés primordial: Cuba.

Hay quienes dicen que la poesía de amor y de vida es mucho más importante que la poesía política, en algunos poetas eso no se cumple. No se cumplió con Heberto Padilla y tampoco con Raúl Rivero. Hay poemas políticos de Padilla y de Rivero que forman parte de un universo amoroso patriótico que nada tienen que envidiarle a su poesía de amor de humanista, de hombre, de ciudadano, de periodista y luchador cívico. Y qué mejor prueba que está aquí debajo:

 

Propiedad privada

Esta mujer es mía

mi instinto de animal

no me permite prestársela a un amigo.

No la comparto

ignoro si me presento ahora

como un monstruo ante ustedes

pero no cedo, no la doy

no le permito que entregue a nadie más

su corazón que a mí.

 

Esta mujer es mía

míos son sus afectos y sus lágrimas

su amor, su juventud

su carne, su tristeza

sus desesperaciones, sus manías

sus malas noches, sus dolores

sus amarguras y sus sufrimientos.

 

Esta mujer es mía

no la comparto

no la entrego

la defiendo de extraños

la resguardo de cataclismos y epidemias

la alimento y alimento a sus hijos

la abrigo y la poseo

le canto y la fecundo.

 

Ésta es la realidad.

Juzgadme con mesura

profundizando bien sobre estas cosas

y vamos todos a firmar este poema

en La Habana

en la década del 70

en medio de una lucha feroz por ser mejores

porque más nadie escriba nunca esta mujer es mía

como si fuera un libro o una lámpara.

 

Firmemos, ayúdenme a testimoniar este momento

queridos contemporáneos míos.

 

Duele perder a Raúl Rivero, aunque entre ambos estaba casi todo ya perdido, dijera lo que dijera él de mi para elogiar mi escritura frente a otros, y pensara lo que pensara yo elogiosamente de él mientras contaba la verdad de nuestro amargo distanciamiento frente a esos mismos otros. A veces desde la distancia nos amamos mejor. Duele perderlo porque perder a un poeta es perder un trozo importante del espíritu, en este caso es perder un fragmento indispensable y necesario de nuestra patria cubana. Duele saber de él sólo así, cuando ha muerto, luego de haber estado tanto ahí para su vida mientras estuvo preso, mientras defender su libertad era defender la libertad de mi país.

Fuente La Razón.

Zoé Valdés es escritora y artista. Fundadora y Directora General de ZoePost y Fundación Libertad de Prensa Foundation. Fundadora y Directora General del Movimiento Republicano Libertad Martiano.

5 Comments

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  2. Demian

    Aún recuerdo los días tristes de su detención. Hermoso artículo.

    • Pablo Pacheco Avila

      En algo nos parecemos Zoe y es en esa forma brusca de escribir lo q pensamos, sabía q algo ibas a escribirí sobre el poeta,el escritor, el disidente,me gustó tu post, lo juro, si de algo sirve en éste último instante en q Raúl Rivero se nos fue, te juro como antes te he dicho, nunca, nunca en la mas mínima intimidad de nuestra amistad Raúl habló mal de ti, todo lo contrario, incluso en los días más tortuosos de de la amistad entre ustedes Raúl elogiaba a Zoé Valdés,espero un día dejes de bloquearme en tus redes sociales,la verdadera libertad es mucho más q creer q tenemos siempre la razón, en paz descanse Raúl Rivero.

      • Zoe Valdes

        Pablo, vuelves con lo mismo acerca de algo que te he explicado mil veces, pero no acabas de entenderlo, quizás por eso te he bloqueado en las redes sociales, por tu testarudez rayana en lo incomprensible o no sé… Al parecer no has sabido interpretar un párrafo en el que diciéndolo apenas, lo digo. Raúl Rivero no podía decir nada malo de mí porque lo único que le hice fue el bien, a él y a Blanca Reyes. Cuando Raúl cayó preso en el 2003 yo llevaba años con una columna semanal en el periódico El Mundo. Un trabajo que no me regaló nadie, que me gané a fuerza de mi trabajo. Yo enseguida, como siempre hago, quizás por error, hablé de él en todas partes, y escribí sobre él con la fuerza de mi firma reconocida en el mundo periodístico y literario. Una tarde de un fin de semana el director del periódico me llamó para preguntarme si creía que debían darle el premio de periodismo de El Mundo a Raúl Rivero compartido con un periodista marroquí también encarcelado, le respondí que por supuesto que sí. Se lo dieron. Gracias a ese premio Raúl salió de una celda en Cuba con 43 mil euros esperándolo en España. Llegó a España y pese a que él sabía que yo había hecho campaña cada día por su liberación, y que llamaba constantemente a Blanca a Cuba para saber de él y de su mamá y de la propia Blanca, que había publicado sus poemas en francés en mi editorial, no en cualquiera, en Gallimard, sacrificando yo un poemario mío que iba a salir y poniendo el suyo por delante, no tuvo siquiera la delicadeza de llamarme. Tuve yo que llamar a Manuel Aguilera, jefe de Opinión en El Mundo y preguntarle si sabía alguna noticia de Raúl. Me respondió que lo tenía al lado. Hablamos por fin, pero aquello me dolió profundamente. Fui a verlo a su casa en una de mis visitas a Madrid, recién llegado él, me dijo que El Mundo le estaba proponiendo un trabajo por 3 mil euros, muy bien remunerado, yo recibía entonces bastante poco, como es el caso ahora, por cuatro columnas al mes. Le aconsejé que aceptara, sin pestañear. Aceptó, ahí trabajó hasta que se retiró del periódico, supongo con jubilación incluida, y se fue a Miami. Pero antes de irse, y pasado un tiempito después de estar él ubicado con plantilla fija en el periódico, mi agente literario me llamó por teléfono para preguntarme si yo había recibido invitación a la fiesta anual de El Mundo, contesté que no, y que me extrañaba, porque ellos siempre me invitaban. Me comentó que había visto a Raúl presentándole a Wendy Guerra al director del periódico la noche anterior, en la fiesta, y que aquello le olía mal. En efecto, poco tiempo después, sin recibir ni un email, ni una llamada, dejaron de publicar mi columna por primera vez, y no me anunciaron nada para avisarme y que yo tomara precaución y buscara otro trabajo, en mi lugar pusieron una basura sentimentaloide mal redactada de Wendy Guerra. Llamé al periódico, y me confirmaron que Raúl la había recomendado pues era muy amiga de su hija. Llamé a Raúl y le pregunté si era cierto eso, me dijo que sí, que él la había recomendado porque el periódico estaba pensando meter a alguien que estuviera en Cuba y se barajaba el nombre de Leonardo Padura, y que antes de que fuera Padura y lo quitaran a él, había propuesto a la Wendy… Hubo un breve silencio, y le dije: “Ah, porque entonces si ponían como han puesto a la Wendy es a mí a la que sacan del periódico, y de paso les sale más barato…”. No dijo ni esta boca es mía. Nos despedimos secamente. Colgué el teléfono, y te confieso que me eché a llorar, porque no me esperaba eso de Raúl, me dolió más su deslealtad que quedarme sin trabajo con una niña pequeña en el exilio, sin saber para dónde coger. Por suerte, gracias a Pilar Rodríguez, encontré un trabajo mejor en El Economista, pero me sentí bastante desesperada y menospreciada. Vaya, has conseguido que un día después de su muerte, yo vuelva a contar la verdad, pensando siempre -como digo en este artículo que recién has leído- en lo gran poeta que fue, y que quede de nuevo yo como la mala y la insensible. Por esa razón es por la que te tengo bloqueado en todas partes, porque no acabas de hundir todavía más el dedo en la llaga, y al parecer te da un cierto placer. Espero que esta sea la última vez que me lo preguntes.

  3. Teresa

    Atinada respuesta.

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