Savannah Sacro

Armando de Armas

Por Armando de Armas.

Navegando el Savannah en el Georgia Queen, un antiguo crucero de vapor adaptado a petróleo, se me antoja, anticipa al pasar frente al fuerte Jackson – durante la Guerra Civil se convirtió en uno de los tres fuertes confederados que defendían Savannah de la invasión las fuerzas de la Unión, los otros dos eran Fort McAllister y Fort Pulaski-, un río de sangre, al tiempo que a ras del río vuela rauda un águila real americana, rara avis, y la tripulación y los pasajeros prorrumpen en un vitoreo violento, sacro y salvaje, que tiene mucho del apogeo de los piratas y del ritmo del canto de los remeros e la noche de los tiempos.

Al estudioso de la metahistoria no ha de caber dudas acerca de que esos acontecimientos que cambian radicalmente el devenir, para bien o mal, fueron anticipados y propiciados por iniciados, hombres despiertos y diferenciados que mediante la realización de determinados rituales reviven el mito en la geografía sacra, sacralizada, para el cumplimiento de un nuevo ciclo de la historia que no es nuevo en sí sino uno viejo que regresa y, claro, pasará por nuevo ante el observador no alerta.

Luego el accionar de estos iniciados o hierofantes, por norma juramentados en una orden, no es tanto el de magos con varita y chistera, cual el vulgo creerá, como el de propiciadores ritualísticos del mito establecido en lo atemporal hacia la realización de unas peores o mejores manifestaciones de lo que ineluctablemente ha de acontecer en el tiempo cronológico.

Estos hombres despiertos y diferenciados tampoco son videntes en el sentido que el vulgo ingenuamente cree, pues en verdad no ven lo que pasará sino lo que ya pasó, sea en el tiempo histórico sea In Illo Tempore, que viene a repetirse en otra vuelta del ciclo. Mircea Eliade analiza así que en los rituales que imitan los actos destacados de un dios o un héroe mítico, un hombre alerta de una sociedad arcaica podía salirse del tiempo profano y mágicamente entrar en el Gran Tiempo, o Illo Tempore, el tiempo real, sagrado, cercano a la eternidad. De suerte que la conexión de una persona con ese tiempo original causa lo que el autor rumano llamó el horror de la historia. De modo que lo que realiza en realidad el iniciado es evitar la secuencia lineal de los eventos, que es vacía y banal, y procura regresar al tiempo primordial; regenerar la realidad.

De este reciente peregrinar por importantes puntos de la geohistoria estadounidense, me referiré sólo a uno por su simbolismo: el río Savannah y, claro, a la ciudad que da nombre. Toda ciudad que se respete en el acontecer de los ciclos de la historia es hija de un río, o de un mar, y a veces como Savannah, de un río y un mar; hija de las dos aguas.

Navegando el Savannah en el Georgia Queen, un antiguo crucero de vapor adaptado a petróleo, se me antoja, anticipa al pasar frente al fuerte Jackson – durante la Guerra Civil se convirtió en uno de los tres fuertes confederados que defendían Savannah de la invasión las fuerzas de la Unión, los otros dos eran Fort McAllister y Fort Pulaski-, un río de sangre, al tiempo que a ras del río vuela rauda un águila real americana, rara avis, al tiempo que la tripulación y los pasajeros prorrumpen en un vitoreo violento, sacro y salvaje, que tiene mucho del apogeo de los piratas y del ritmo del canto de los remeros e la noche de los tiempos.

Después durante la noche en un recorrido por la parte mítico-histórica de la ciudad, el taumaturgo que hace de guía turístico vestido de rojo a la usanza decimonónica, con bombín y con bastón, narra que en la Guerra Civil las calles de Savannah, ¡estas calles!, y apunta el bastón hacia el empedrado en tanto el trolebús trascurre lento, quejumbroso, ¡eran literalmente ríos de sangre!, me mira con fijeza y reafirma, ¡y el río, el río era literalmente un río de sangre!

Durante el invierno la gente se calentaba con fogatas hechas con los huesos de los caídos en el combate, así de sangrienta fue la guerra en Savannah.

El hombre me confirmaba así lo que ya sabía, lo que había visto mientras navegaba en el río, y bueno, en un gesto de agradecimiento por lo que me confirmaba me puse en pie y avancé hacia una caja de caudales con una ranura para echar la propina, puesta convenientemente a la entrada del trolebús, me incliné en una profunda reverencia, extraje un billete de diez dólares, hice la señal de la cruz, besé el billete y lo metí en la ranura que se me antojó, anticipó una vagina; violencia venusina.

Al levantarme dijo sarcástico el taumaturgo motivado por mi sacro acto ceremonial: ¡la última vez que éste entró en una iglesia, estalló en llamas!, y estalló entonces un coro de risas nerviosas de los turistas en el trolebús que, a luz de los ripios de luna entrando por las ventanillas, se transfiguró de pronto en un rictus; ritual.

Armando de Armas es escritor y periodista.

 

 

 

3 Comments

  1. Hermoso y melancólico, pletórico de patriotismo.

  2. Inexhaurible variación de «historias de la Historia» que se repiten «cíclica-mente» en el hombre común que «olvida» y «repite» su «asignatura pendiente y eterna», sin caer en cuenta que necesita recordar y conocer su pasado para poder continuar «significativamente» hacia el futuro. El iniciado «sabe» que la «procedencia» es «antecedencia» con «precedencia», por ser, precisamente, conocedor de «hechos» y «multiplicidad de variación» de los mismos.
    Fuerte imagen «visual» en el «ojo de la mente» avezada en recuentos y estadísticas.
    Le felicito, Don Armando.

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