Cultura/Educación

 San Sebastián -Una hermosa ciudad-

La bahía de La Concha vista desde el Monte Igueldo

Por Manuel C. Díaz.

Acabábamos de llegar a San Sebastián y desde la cima del Monte Igueldo, donde estaba ubicado nuestro hotel, la bahía de La Concha resplandecía bajo un cielo tierno y luminoso. En su centro, la isla de Santa Clara parecía proteger sus playas de las amenazantes aguas del Cantábrico. Al otro extremo de la bahía, en lo alto del Monte Urgull, sobre el macho del Castillo de la Mota, la estatua del Sagrado Corazón de Jesús se alzaba sobre la ciudad.

Desde el balcón de nuestra habitación podíamos ver también el famoso Paseo de la Concha que, bordeando la playa del mismo nombre, terminaba frente al Ayuntamiento. A lo lejos, las montañas se desdibujaban en la distancia y el río Urumea era apenas una tenue línea que serpenteaba entre el casco viejo y el barrio de Gros.

Una estatua del Sagrado Corazón de Jesús se alza en la cima del Monte Urgull

Enseguida bajamos a la recepción y pedimos un mapa de la ciudad. No queríamos perder tiempo. Dejamos el auto en el estacionamiento del hotel (a los principales puntos de interés de San Sebastián se puede llegar caminando) y utilizamos un funicular que baja desde la cima del Monte Igueldo hasta la Avenida de Satrustegui, justo donde comienza la playa de Ondarreta. A la izquierda de esta playa, donde se levantan las formaciones rocosas de las afueras de la bahía, está el llamado Peine de los Vientos, un conjunto escultórico de tres piezas de acero del conocido escultor Eduardo Chillida.

Y a la derecha, el Paseo de la Concha, que con la famosa barandilla blanca del arquitecto vasco Juan Rafael Alday, es el emblema indiscutible de la ciudad. Fue por ahí donde comenzamos nuestro recorrido, justo a la altura del Palacio de Miramar, construido en 1893 por encargo de la Casa Real española sobre la base de un proyecto del arquitecto inglés Selden Wornum. Era aquí donde la reina María Cristina, esposa de Alfonso XII, tras enviudar, pasaba los veranos. Actualmente, el palacio y sus jardines están abiertos al público en horarios determinados.

Una vista de la Playa de La Concha

Continuamos el recorrido por el Paseo hasta llegar a la Catedral del Buen Pastor, sede de la Diócesis de San Sebastián, cuya construcción, a cargo de los arquitectos Manuel Echave y Ramón Cortázar, comenzó en 1889 y terminó en 1897. A la colocación de la primera piedra se invitó a la familia real que, en ese mes de septiembre, como era su costumbre, se encontraba veraneando en la ciudad. El acta de la ceremonia fue firmada por el rey niño Alfonso XIII, de apenas tres años (su padre Alfonso XII ya había muerto), por lo que su madre, la reina viuda María Cristina de Austria, debió guiarle la mano para que pudiera firmar.

De la Catedral salimos, por la calle Hernani, hacia los jardines del Parque Alderdi Eder, situados frente al Ayuntamiento de la ciudad. Lugar para el paseo y la estancia, estos hermosos jardines cuentan con diferentes conjuntos florales, estanques y pérgolas, y están rodeados por palmeras y árboles de tamarindo. Al final del parque, en la zona habilitada para los niños, un enorme tiovivo recuerda los tiempos de la Belle Epoque. Es frente a este parque donde está el Ayuntamiento de San Sebastián, situado en el edificio de lo que fuera el antiguo Casino.

Catedral del Buen Pastor, sede de la Diócesis de San Sebastián

A un costado del Ayuntamiento comienza la famosa Alameda del Boulevard, con su área peatonal repleta de tiendas, restaurantes y cafés al aire libre. Pasamos por el antiguo Mercado de la Bretxa (hoy convertido en un moderno centro comercial) y por el Teatro Victoria Eugenia (inaugurado en 1912 ha sido escenario de importantes estrenos de zarzuelas y de las ediciones del Festival Internacional de Cine), ambos situados en la Alameda.

Una vista del famoso Paseo de La Concha

Esa noche, en vez de regresar al hotel para cenar, decidimos hacerlo en alguno de los muchos restaurantes del casco viejo. La cocina vasca es una de las mejores de España, internacionalmente reconocida por su variedad (pescados y mariscos del Mar Cantábrico y verduras, vegetales y carnes del interior) y por su calidad, evidenciada en sus muchas estrellas Michelín.

Sin embargo, en lugar de ir a un restaurante, lo que hicimos fue participar del pasatiempo nacional: tapear. O pinchar, pues aquí a las tapas se les llama pinchos, que consiste en visitar varios bares y en cada uno de ellos probar diferentes pinchos acompañados por una copa de vino. Y así lo hicimos. Comenzamos por los que están en los alrededores de la Iglesia de San Vicente y la Plaza de la Constitución, en la calle Fermín Cabelton (donde está el Bar Goiz-Argui) y en la calle 31 de agosto, donde están el Bar Martínez (con sus chalatas de calabacín y morros de bacalao) y el Bar Gandarias, con sus brochetas de chipirones.

En muchos de estos establecimientos no se podía ni entrar por lo lleno que estaban. Era sábado y en las callejuelas del casco viejo todo era diversión. En las aceras, frente a los bares, grupos de jóvenes compartían alegremente; las personas mayores lo hacían en las mesas interiores. Fue una experiencia inolvidable. Al filo de la medianoche tomamos un taxi y regresamos al hotel.

Al otro día nos levantamos temprano para partir hacia la Costa Brava. Antes de emprender el descenso del Monte Igueldo quisimos ver la ciudad por última vez y salimos a la terraza del hotel. Allí estaban las mismas espectaculares vistas del día anterior. Nada había cambiado. San Sebastián se mostraba con la misma belleza con la que nos había recibido; sólo que esta vez nos estaba despidiendo.

Manuel C. Díaz es escritor, crítico de arte y literatura y cronista de viajes.

El autor en el mirador del Monte Igueldo

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