Relato Social

Relato dominical. La compra de la venta

Por Matías Montes Huidobro.

De su libro El Hijo Noveno y otros cuentos. Editorial La Gota de Agua.

I

Emilia había nacido en un pequeño pueblo de provincia, hija de una de las más prominentes familias de la localidad. Todas las mañanas se levantaba temprano y se sentaba con su vestido blanco a la puerta de la ventana. Tenía cabellos rubios y ondulados, manos delgadas y suaves articuladas al extremo de los brazos por unas muñecas tan finas y delicadas que parecían un cristal a punto de quebrarse. La madre era una mujer alta y estirada perteneciente a una larga familia de comerciantes. El padre era un señor algo grueso dueño del aserradero del pueblo, lugar donde trabajaban los obreros de la comarca. Ellos dos, la madre y el padre, envidiaban las manos de la hija y los rubios cabellos, lamentando que estuvieran allí, atados los unos a los brazos y los otros al cráneo. Nunca le dijeron nada, pero sabían que, de no ser por el hecho de encontrarse en la situación citada, harían una preciosa venta en el comercio de la feria.

Los obreros que salían de la fábrica la miraban desde lejos, lamentando también, aunque de forma distinta, la situación de las manos y los cabellos, sintiendo ganas de acariciarlos y besarlos. Ella sentía otro tanto y hubiera querido acariciar y besar al que le parecía el más guapo de todos ellos, aunque quizás no lo fuera; pero entonces comprendió que sus manos estaban articuladas a los brazos, y que estos pertenecían a su cuerpo, y que su cuerpo no era dueño ni de sus manos ni de sus brazos.

Después escuchó la voz de su madre:

-Emilia, ponte el vestido que tiene la cinta rosada y tres botones en el cuello.

Emilia se lo puso.

-Emilia, no le des la mano al muchacho de la feria.

Entonces caminó hasta el aserradero de su padre y escuchó el chirriar de los metales. Tuvo un poco de miedo, pero pensó que era mejor que su cuerpo no tuviese la pertenencia de sus manos, que su madre quedaría contenta con la venta de la feria, y que el obrero las podría comprar con el jornal que le pagaba su padre.

El padre le dio un beso cuando la vio llegar. Se alegró que tomara la decisión deseada por todos y que le permitiera formar parte del mundo de las finanzas, porque con lo que iba a ganar con la venta, le abriría una cuenta en el banco que serviría de dote cuando se desposara. Entonces, aquel obrero que la miró desde la calle y que ella deseó acariciar con las manos atadas al cuerpo, fue llamado por su padre. El padre le dijo:

-Mira, corta las manos de mi hija para la venta de la feria. Ella lamenta la posesión de su cuerpo sobre ellas. Te pagaré por tu trabajo.

Al muchacho obrero le gustaron aquellas manos articuladas más arriba, y vaciló al pensar que tendría que quebrar aquellas delicadas muñecas, lamentando hacer lo que le ordenaban, pero pensando que con el dinero del trabajo podría comprar las manos en venta.

La joven salió con los brazos de las manos manchados de sangre.

-Mira, mamá, -le dijo recogiendo las manos del suelo-, te las voy a regalar para que las vendas en la feria.

La madre tomó las manos y le dio un beso en la frente.

-¡Se venden las manos más lindas del mercado! -gritaba el campesino vendedor-. ¡Cortadas en el aserradero de la feria1

El muchacho hizo una larga cola y compró la manos que se vendían. Se detuvo en la esquina y habló con la muchacha manca de la venta.

La joven quiso acariciarlo con las manos que ya no le pertenecían, que le había dado a su madre para la venta campesina de la feria, que había comprado el obrero con el dinero pagado por el patrón al hacer el trabajo del aserradero. Contempló las manos muertas en las manos del joven, sin poder simular la caricia deseada, sabiendo que no podría hacerla. Entonces comenzó a llorar.

-No llores -le dijo el muchacho-. Ya sé que no tienes manos y que no las puedes vender. Es una lástima. Pero, de todas formas, te puedes cortar los cabellos y venderlos en la feria. Hay compradores para todo. Hasta iré donde mi patrón se encuentra y le pediré el jornal del mes entrante para poder comprarlos.

II

Así sucedió: la muchacha se cortó los cabellos con las tijeras de su madre y se pusieron a la venta, el muchacho le pidió al patrón el jornal del mes entrante y se situó en la cola de la feria.

-¡Se venden los cabellos más bonitos que se puedan vender!- gritaba el campesino vendedor. – ¡Cortados por las tijeras de la madre de los cabellos!

El jornalero decidió comprarlos para tenerlos en el cuarto de su casa. Los compraba con el dinero que le adelantó su patrón, el padre de la joven que vendía sus cabellos.

Hizo la cola de la feria.

-Mira -le dijo el campesino vendedor-, aquí te doy el dinero de mi patrón, correspondiente al próximo mes de mi trabajo. Dame los cabellos de la venta.

Al salir de la feria se encontró con la niña manca y sin cabellos.

-Es una lástima no tener ni manos ni cabellos -le dijo-. No los puedes vender en la feria. La hija del patrón los tenía muy bonitos. Ayer compré unos cabellos como los que no están en tu cabeza y unos días antes unas manos como las que tú no tienes. Si tuvieras algo que vender, le pediría a mi patrón el dinero del mes que comienza con la conclusión del próximo y lo compraría en la venta de la feria.

-No, es mejor que no venda en la venta de la feria.

-De todas formas, cuando cobre el dinero del mes que comienza cuando concluya el próximo, compraré un arca dorada para guardar las manos y los cabellos.

La joven se quedó llorando y la gente se reía al verla sin cabellos y sin manos. En la feria escuchó que se vendían muchas cosas y que los negocios florecían por las provincias. Pero la gente le decía, contemplando las manos que ya no estaban y los cabellos que se había cortado, que no tenía objetos para la venta. De vez en cuando contemplaba el paso del joven jornalero del taller a la casa o de la casa al trabajo. Todos los días la joven deseaba acariciarlo con las manos que ya no tenía, con las manos y los cabellos que yacían en un arca dorada donde el joven las había guardado. Y todos los días el joven, antes de irse al trabajo, abría el arca y contemplaba las manos y los cabellos que allí estaban, sin atreverse a tocarlos, pensando que quizás, cuando regresara, las manos podrían acariciarlo y él, entonces, podría acariciar los cabellos. Pero cuando regresaba al anochecer después de un largo día de trabjao, las manos y los cabellos seguían inmóviles y yacentes tal y como los había dejado, por lo cual volvía a cerrar el arca, esperando hasta el alba para ver si ocurría lo que tanto deseaba, sin que al amanecer ocurriese nada y posponiéndose tal posibilidad un día tras otro, de la mañana a la tarde y de la tarde al amanecer. El obrero miraba las manos y los cabellos con desconsuelo pensando que no fue muy buena compra, porque aunque ahora eran suyas las manos y también los cabellos, era como si no lo fueran.

Por eso ninguno de los dos quiso volver a la venta de la feria.

Matías Montes Huidobro nació en 1931, en Sagua la Grande (Cuba), de donde pasó con su familia a La Habana, lugar de residencia hasta el año 1961 en que salió al exilio. Después de una larga itinerancia por tierras estadounidenses que lo llevó hasta Hawai (de cuya universidad fue profesor junto a su esposa y colaboradora, la ensayista Yara González Montes, y de la que ambos fueron nombrados profesores eméritos a su jubilación), terminó por instalarse en la ciudad de Miami, en la Florida, donde actualmente reside. Narrador, dramaturgo, ensayista, poeta y editor tiene a su haber una rica y variada producción literaria, que ha sido ampliamente antologada, y asimismo distinguida con premios y galardones, entre los que aquí destacamos la única mención del Concurso ‘Primera Novela’ patrocinado por el Fondo de Cultura Económica, (Mëxico 1975), otorgada a su obra Desterrados al fuego por un jurado que integraban Juan Goytisolo, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Ramón Xirau y José Miguel Oviedo, y la novela Esa fuente de dolor, que recibió el prestigioso Premio Café Gijón de 1997.

Ampliamente conocido, además de su novelística, por su producción teatral así como por su ensayismo, Montes Huidobro es igualmente un excelente cuentista (La anunciación y otros cuentos cubanos, 1967; Ratas en la isla, 2004) y poeta de un lirismo contenido y raro, aunque estas facetas de su obra resulten menos conocidas.

Este año recibió el Premio Pepe Escarpanter de Teatro otorgado por la Editorial Ateje.

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