Reinventando la educación

Imagen Kranich17

 Por Gloria Chávez Vásquez

 

Es casi imposible convertirse en una persona educada

en un país que desconfía de la mente independiente.

 

James Baldwin (1924-1987)

Novelista y ensayista estadounidense

A principios de este siglo en curso, un maestro de gimnasia estadounidense, que había sido nombrado director, más por su aplicación disciplinaria que por su habilidad para dirigir la escuela, dio a conocer un secreto al que solo los administradores escolares tenían acceso: Como la población escolar en esos momentos, era excedida por estudiantes de las minorías (en su mayoría hispanos), la misión de los educadores era prepararlos para los trabajos de servicio. Ellos serían los futuros meseros de restaurantes, cajeros, mensajeros, cargadores, empacadores, etc. de las grandes empresas y corporaciones.

Era también el momento en que había que meter por los ojos y los oídos, el currículo del llamado Common Core que, en traducción libre, significaba convertir el aula en un taller donde se produjera albóndigas, hechas de aserrín, papel, trapo, alambre etc. Más al grano, mezclar las materias durante la enseñanza. Es decir, un maestro debía enseñar su materia junto con trocitos de matemáticas, historia, geografía, idiomas y otras. Poner la rimbombante idea en práctica, en 45 minutos, (en algunos casos hubo que hacerlo en dos períodos) se añadía a los graves problemas de disciplina, producto de la disfuncionalidad en los hogares y los estudiantes con discapacidades, que, ahora por ley, se obligaba a reunir en los salones de clases. Esto sin tener en cuenta que, en cada aula, el nivel de los estudiantes era variado y los resultados del aprendizaje estaban peor que nunca. Al maestro se le había arrebatado el poder de decisión y su razón de ser en las aulas.

El Common Core era el nuevo juego de Bill Gates, surgido de un trato con el gobierno federal, después de que fuera acusado de monopolio desleal con las compañías de computación. Aparte de que jugaba sucio, Gates se salía siempre con la suya, debido a su riqueza ilimitada. En su juventud, su padre, también acaudalado, lo sacó de apuros cuando el verdadero inventor del “motor” que mueve Microsoft, lo acusó de robarle la idea y el invento. El padre negoció con el hombre, pagándole una fortuna para silenciarlo. Acto seguido, y tras la demanda de sus colegas de la industria virtual, sus abogados convencieron a la fiscalía general de que los dólares de la multa multimillonaria se donaran a la educación. Ni cortos ni perezosos sus admiradores en el Departamento de Educación le autorizaron para que, aparte de computarizar las escuelas, Gates dictara cómo se enseñaría de ahí en adelante.

El truco legal de Bill Gates había resultado genial. En lugar de castigo, había obtenido licencia para apostar en la educación. De paso, todo el dinero que invirtiera en las escuelas estaría exento de impuestos y sería acreditado a la Fundación Bill & Linda Gates.

Como si fuera poco, los medios de comunicación lo convirtieron en el santo varón de la enseñanza. Cuenta el New York Times, que un día cualquiera, Bill hacía sus ejercicios aeróbicos en casa, mientras escuchaba uno de los cursos de The Torch Company, una compañía hasta entonces muy exitosa en sus cursos audiovisuales. Mientras corría, sudaba, descansaba y se tomaba su Gatorade, se le ocurrió la “brillante” idea de sintetizar la educación e inyectarla encapsulada en el cerebro. Él, que había abandonado su educación por aburrimiento.

¡Presto! Lo llamaría Common Core. Core, como el hueso de la manzana. Sorry, Mr. Jobs. Y con el dinero que supuestamente debía pagar como multa por su avaricia, se aplicó a la tarea con su equipo de productores de ideas. Lo consideraba una misión, ya que Gates forma parte de la élite del nuevo orden, que no solo quiere disminuir la población del mundo e implantar un chip a los sobrevivientes, sino instalar un gobierno central para controlar a la gente.

En la práctica, la idea de Gates sobre lo que debería ser una escuela, fue un desastre desde el principio. Se trataba de una pirámide invertida, en la que se reproducían los administradores de modo tal que el dicho There are more chiefs than indians se convirtió en el chiste popular. Los maestros más creativos e independientes renunciaban o se retiraban al paso que aumentaba la deserción escolar. Así fue como los educadores profesionales fueron reemplazados por los corporativos despedidos durante la debacle de Wall Street. El sistema educativo se convirtió en una puerta giratoria por la que entraban pocos y salían muchos. Lo que si entraba por un tubo y siete llaves era el dinero de los contribuyentes para alimentar aquella quimera que sobrevivió poco más de una década.  Del cuento del CC se beneficiaron, sobre todo, los políticos y sus parásitos, que obtenían títulos y honores acompañados de sus respectivos cheques y salarios mientras se sacrificaban maestros, como en la guerra.

Pero Bill Gates no ha sido, ni será el único narcisista con ínfulas de reinventar la educación. La lista de avivatos es vieja y larga. Sale uno y suben diez. Si la obsesión de Common Core fueron las ciencias y las matemáticas, la moda actual es reescribir la historia. El currículo, ya sin tapujos, de las doctrinas radicales, se dedica al lavado de cerebros, promoviendo, entre otras, sus teorías de género, raza y cancelación cultural.

Conocedoras de la locura imperante, las editoriales aliadas al sistema y que se prestan gustosas a la trama, obtienen jugosas sumas con proyectos y libros de lujo para las aulas que poco o nada contribuyen a la educación. Para los editores y administradores, los textos ya no son instrumentos de enseñanza sino lucrativos comodines.

El estudiante actual es el imán de los elementos sociales más discordantes. Es muy corriente ver una escuela rodeada de depredadores por dentro y por fuera: expendedores de drogas, mercaderes y pervertidos sexuales, pandilleros, matones, estafadores etc. Muchos de los estudiantes no están en la escuela para aprender, más bien, están obligados a asistir sin motivación alguna. Un buen número de ellos van a la cacería de pareja con quien casarse, para obtener la ciudadanía. Y el gancho son las relaciones sexuales prematuras, estadísticas que se suman al alto porcentaje de embarazo entre adolescentes. Por supuesto, uno de los servicios escolares es la planificación familiar, que en el lenguaje urbano significa, abortar.

A estos impedimentos en la enseñanza, se ha añadido el de los cosechadores electorales. Ahora que las escuelas actúan como correccionales o laboratorios experimentales, la educación es apenas una teoría virtual, y las prioridades son las agendas mutuas de administradores y políticos. De hecho, el número de estudiantes que asiste a una escuela es importante, no solo por el dinero per cápita, sino por la cantidad de votos (en familia) que representan. Ese es el objetivo de los organizadores comunitarios y muchos profesores activistas cuando reclutan estudiantes para recoger votos, pues muchas de las escuelas albergan las urnas el día de elecciones.

Lo que fuera un día ejemplo de excelencia en la educación a nivel mundial, es ahora un sistema en ruinas, gracias a la corrupción y a la disfuncionalidad colectiva.  No es de sorprender pues, que las escuelas se hayan convertido en centros de adoctrinamiento en manos de las ideologías que quieren convertir la sociedad en una distopía.

 

Gloria Chávez Vásquez es escritora y periodista colombiana.

 

 

 

2 Comments

  1. Félix Antonio Rojas G

    Por suerte existe Zoepost.com, un periódico libre, donde la info que ocultan otros medios, fluye con total normalidad entre las aguas de la Verdad, entre estas páginas que describen la historia…
    Excelente trabajo investigativo.

  2. Pingback: Reinventando la educación – – Zoé Valdés

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