Para Nada

Por Ulises Fidalgo.

Ante mí tengo dos exámenes iguales. Palabra por palabra. Sólo los diferencia la caligrafía. Sin embargo, no estoy preocupado. Hay una probabilidad muy baja de que no sea un fraude, pero hemos visto que en este año 2020 pasa lo improbable. Lo más probable es que ocurra lo imposible. Más preocupado estoy por mis alumnos imaginarios Hannah James y Dark Knight. Aunque cuando escribo este texto es de madrugada y afuera hay nieve, ellos están ahora mismo mirando la puesta juntos al lago Erie, en una de las playas de Presque Isle, en lo que es actualmente la bella y calurosa República Bananera de Pensilvania.

Mis ficticios alumnos son anarcocapitalistas, así que han querido desafiar las prohibiciones de Open Container y se han llevado un vino de Oporto para beber y disfrutar de una noche de diciembre de la costa norte de los Estados Unidos. Conversan sobre que no hay ninguna diferencia entre el comportamiento de una mafia y el del Gobierno (el Estado, hablando en términos no norteamericanos). Le llaman extorsión a los impuestos, y consideran que los combates políticos son las típicas tensiones internas propias de una mafia. En algún momento Dark Knight dejó escapar su sueño de una sociedad sin Gobierno. Al ritmo de la brisa y estirando la vista hacia el horizonte sentenció como propia una frase que había escuchado muchas veces: “el Gobierno sólo resuelve los problemas que él mismo crea”. Ambos saben que es muy poco probable que, si se elimina el Gobierno, las otras mafias no intenten ocupar ese vacío. Ciertamente es poco probable, pero no imposible.

A Dark Knight le gustaba pensar en la posibilidad de que el aire no ocupe el lugar que deja el vino en la botella. Podría pasar, sólo lo impide una ley estadística. Al mismo tiempo Hannah James suele temer que el oxigeno alrededor de él se aparte espontáneamente, y muera de asfixia. Mi preocupación por mis personajes es que alguna vez intenten su utopía. No porque la idea me parezca mala. Una sociedad sin Estado sería una maravilla. Es el mismo fin del comunismo, pero aún mejor, porque habría propiedad privada. El único inconveniente que le veo es el proceso. Yo que ya sufrí los esfuerzos de la construcción del comunismo, creo que me merezco me den el anarcocapitalismo ya hecho.

Afortunadamente tengo poderes sobre mis personajes. No tengo la posibilidad de cambiar lo que piensan, porque si mis personajes pensaran como yo, las historias serían muy aburridas. Sin embargo, bajo ciertos criterios sí puedo cambiar sus destinos. Así que le he otorgado una vida más tranquila a mi pareja de alumnos imaginarios. Me he adelantado en el tiempo y me he aventurado a imaginar el día de la muerte de Dark Knight. Les digo por adelantado que no me atreví a apartarle el oxígeno de su alrededor, por temor a que la historia pareciera inverosímil, incluso en este año.

Por la ventana entraba el silencio. El viento ligero de la madrugada acariciaba su rostro. Ella lo miraba con una mezcla de ternura y lástima, mientras escondía una mano dentro del escaso cabello blanco de él.

– ¿Es sedosa la piel? – se le escapó un pensamiento, y le acomodó la cabeza sobre la almohada.

Él abrió los ojos. Tenía mirada vidriosa. Buscó lentamente la cara de ella y dijo:

– Hay cosas que no cambian.

Ella sintió el sabor agudo del instante antes de llorar; pero simuló una sonrisa y aspiró fuerte.

– Cuando te conocí creías que antes de envejeciéramos inventarían la manera de no morir.

Ella apartó la mirada hacia la ventana, esperaba que aquel tema de conversación escapara.

– ¿Recuerdas la temporada en la playa en que nos conocimos? – continuó él–. Nos pasábamos los días haciendo castillos de arena.

– Sí, a los 12 años no se sabe ni a qué jugar – interrumpió ella con tono seco.

– ¡Les poníamos tanto empeño! ¡Nos sentíamos tan contentos cuando los veíamos terminados! ¿Sabes una cosa? Hubo veces que soñé con ellos.

– Eran bonitos, verdad que sí.

– Pero a la mañana siguiente ya no existían. Inventábamos diques, murallas, pero el mar siempre los destruía. ¿Te acuerdas cómo me consolabas?

– ¿Cómo me voy a acordar? Ha pasado demasiado tiempo.

– Decías: “No te pongas triste, con tantas playas que hay en el Mundo, seguro hay una donde las olas hacen castillos, en vez de romperlos”.

Ambos se permitieron una sonrisa.

– Yo nunca había necesitado jugar con nadie – él siguió -. De pronto, comenzaste a hacerme falta.

– Cálmate, tanta emoción te puede hacer daño.

– ¿A mí o a ti?… Sentía una combinación de miedo y curiosidad… Invadiste mis sueños. Cuando no estabas, lo que más hacía era recordarte. En las noches esperaba el amanecer para tener el permiso de hacer castillos. Ensayaba frases para decírtelas, pero luego, frente a ti, se me anudaba la voz. Las palabras se me atropellaban y terminaban por quedarse dentro. Temía que te espantaras. ¿Para que apresurarme? A todo el mundo, en algún momento, le ocurría algo similar y casi siempre llegaba una ocasión en el momento más inimaginable. Sin embargo… Me parecía imposible que fuera contigo… Cuando estábamos cerca, lo dejaba para otro día. Por suerte tú lo hiciste. Fuiste la que más hablaste. Un milagro, tal vez.

– ¿Cómo que un milagro? – Sonrieron con complicidad. – Quieres decir que hablo poco.

– Aquella vez fue todo tan continuo que no puedo definir el instante preciso de nuestro comienzo.

– En el beso – el tono fue infantil.

– ¿Pero cuándo comenzó el beso? ¿En las miradas, en el roce de tu mano sobre la mía? No creía que estuviese ocurriendo. Al fin entendía la existencia de otra persona. Tenía conciencia de mí. Todo me parecía distinto, estaba descubriéndome. Hasta entonces no sabía de mi vacío ni mi soledad.

– Es cierto – dijo ella con la mirada fija al lado de él.

– ¿Y la despedida, la recuerdas?

– No hables de eso. ¿Para qué recordar?

– ¿Para qué olvidar? Ya bastante hace la memoria con poner todo al revés.

– Los espejos lo ponen todo al revés también – ella se burló -, y nos buscamos en ellos.

– Fue importante para mí – él fingió no oír -, tanto como los castillos.

– ¿Los castillos?

– Sí, cuando los veía hechos, nada podía hacerme creer que no durarían más de un día. Lo mismo sucedió contigo, ya no podía concebir que tendría que volver a jugar solo, que no podría de nuevo hablar tanto con alguien; pero las vacaciones acabarían y tú me habías dicho que te irías a vivir a otro país. Cada vez que pensaba en eso me ponía triste. Una vez tuve el valor de decírtelo… ¿Recuerdas?

Ella dejó correr una lágrima por la mejilla y dijo sí moviendo la cabeza. Él continuó:

– Dijiste que la vida era muy larga y que seguro habría algún momento en que nos encontraríamos. Luego se acabó la temporada y otra vez el mar… ¡Hasta ese momento el mar sólo había destruido lo que habíamos hecho!

– Pero no hables así, por ese mismo mar, un tiempo después, regresé.

– Después de veinticuatro años – el tono fue de reproche.

– Pero regresé.

– Estaba seguro de que tú no eras ni parecida a mis recuerdos – continuó él -, y hasta temía encontrarte… No te había olvidado: recordaba aún el número de tu casa en la playa, tu sonrisa, tu voz, el jugo ingenuo de tus labios. Eras el símbolo de mi victoria sobre la timidez. Todavía, cuando te nombraba, sentía la complicidad de nuestras conversaciones; pero de todas formas pensaba que ahora serías ajena a mí. Cuando apareciste, me quedé sin poder hablar, no sabía ni qué sentir.

– Sí, lo recuerdo.

– Era lo que más había perdurado en mí, y descubrí que en ti también. El amor no fue igual a los castillos, pensé, él no se había deshecho y parecía ser para siempre…

Interrumpió repentinamente con un salto de dolor y un suspiro débil. Su cuerpo tomó una quietud rígida y pareció como si atrajese hacia sí toda la paz de la habitación y la dejase fija en sus ojos. Ella, al instante, sintió el sabor agudo y el fogaje del principio de un llanto. La soledad, desde ese momento, había dejado de serle un mero aviso. Él había dicho sus últimas palabras, ya no estaba. Era sólo un cuerpo inerte, muerto.

Ella se levantó y fue hacia la ventana. Intentó calmarse diciéndose que todo era esperado. Secó su cara con las manos; pero enseguida las estrellas se le volvieron a alargar.

– Son muchas estrellas – dijo con voz entrecortada-, ¿cómo no creer que haya un Mundo alrededor de una, en el que vivan un hombre y una mujer con un amor como el que me queda?

 

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University.

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