Por Gloria Chávez Vásquez.
-Capítulo de la novela inspirada en su experiencia como educadora.
No tenía ni idea de por qué estaba allí, —les cuento. Después de haber tratado la enseñanza por unos tres años de escuela elemental en Brooklyn, estaba convencida de que ese ambiente no era para mí. Y mucho menos para los estudiantes que decían educar. Mi estrategia de entonces, había sido alejarme del sistema y seguir sobreviviendo en lo que mejor sabía hacer. De algo había que vivir.
Fue así que trabajé por dos años como “consejera laboral”,otro invento, o espectáculo social, que no tenía remedio ni salida. Y luego otros tres años como reportera investigativa, en la creencia de que podría denunciar todos los males de que padecía aquella sociedad. ¡Imposible! La prensa, prostituida, iba camino de Gomorra.
No era sobrehumana, —lo mío no era la paciencia. Pero llegó un momento de mi vida en el que me tocó aceptar que el mundo ya se había ido así. Empezaría por el principio y le daríael beneficio de la duda a la escuela secundaria. —A lo mejor, —me dije, —los administradores, maestros y estudiantes, sean más maduros que los primarios o elementales.

Y fue cuando que me reporté a aquella escuela, después de pasar por varios portales, el primero, el grammar school en el que había estado sin mayores consecuencias, el año anterior. Y aquel infierno al que me había asignado una mujer enloquecida,en el distrito al que yo “pertenecía” y del que salí corriendo, como alma que lleva el diablo.
La oficina del director o principal del high school, en Queens —conocido como The Tower— era una pretenciosa imitación de la oval en la Casa Blanca. Pedante, pero por lo menos más interesante que los nidos burocráticos que había conocido. El hombrecito tenía un rostro adolescente, buen cutis, calvicie incipiente y un bigotito estilo Errol Flynn. No hablaba mucho, ni muy alto, porque la voz cantante era la del jefe de disciplina, un exsargento del ejército, que continuaba gritando, no solo para hacerse oír e intimidar sino para jactarse deimportante. Le ayudaba mucho su sonrisa de hiena, empotrada en una manchada caja de dientes.
La poca gente que se le acercaba a la autoritaria pareja, en los primeros días del año escolar, lo hacían con temor. Iceman, que hablaba por dos, despachaba con una respuesta escueta o sin ella. Estaban ocupados. Sycamore asentía, con los ojos bien abiertos, asombrado o asustado, no se sabía cuál.
Alguien me había dicho que Tom Sycamore era nuevo en el puesto. Se había graduado en aquella escuela, había sido profesor de matemáticas en la misma y ahora se consideraba el “soberano”. Era su escuela y conocía todos los rincones. Con la premisa de que todos los demás estaban allí de paso y trabajaban para él. Así programaba el calvo y regordete “Merlin” Iceman a su aprendiz.

Tenía licencia para enseñar ESL, literatura y español como segundo idioma, pero la plaza abierta era la de ciencia, “bilingüe” o en español. Acto seguido y como una de sus fichas de ajedrez, Iceman y Sycamore me colocaron en su tablero, conun plan ilegal de juego.
Sin consultar conmigo, me enviaron al subdirector o asistente del departamento, donde el hombre a cargo me esperaba, echando chispas. Le habían dicho por teléfono que ya tenían otro candidato para el puesto. Así que me sumé a los tres que esperaban en su oficina: un rumano, veterinario en su país, un maestro de biología graduado en República Dominicana, una mujer que habían reclutado en Puerto Rico para enseñar historia, pero que no vivía en el distrito y yo que contrario a los demás, tenía una licencia y hablaba ambos idiomas.
—A mí, la ciencia me caía bien, la verdad. — Me gustaba. Pero no para enseñarla, sino para leer sobre el tema, ir a exhibiciones, ver documentales, en fin, como estudiante. Y cuando el AP de ciencia bajó con el grupo a la oficina del director, fue para iniciar un gran debate, que más que asustar me divirtió un rato. Iceman se acercó a mis colegas y con un simple gesto los despidió diciéndoles que regresaran a la oficina del distrito. Así quedaba yo en el ruedo para enfrentarme al toro, una contra tres.
Mirando fríamente al subdirector, Iceman le dijo: —Ella es su nueva maestra de ciencias.
A Mr. Freeman, cincuentón, flaco, de lentes, se le erizó el poco pelo que le quedaba. En camisa blanca y pantalón oscuro, como un regañado empleado de oficina, el subdirector caminó sin chistar, pero queriendo matar y comer del muerto, en este caso sería yo, —sí me dejaba.

Subimos los tres pisos, —de cinco— pues en la escuela no había elevador. Ya en la diminuta oficina comenzó a calmarse y a presentarme a los maestros de ciencia que iban llegando, dos mujeres y un moreno alto y jovial. Me dio el programa con el número de los salones y las horas, más los códigos de las clases, donde tendría que enseñar. No tendría un escritorio, pero podía entrar en la oficina a reportarme o a consultar con él cuando fuera necesario. Su asistente, Igor, un zombi con olor a formaldehído, me proporcionaría utensilios y equipos, mientras reservara con anticipación.
Freeman, no me hacía mucha gracia, pero al menos eraeficiente y organizado. Con una sonrisa conciliadora, me entregó un cuaderno para las listas de estudiantes, una libreta de apuntes, dos marcadores, un par de BICs azul y rojo y una resma de papel blanco para copias. Eso y los sets de textos, ediciones en español de los años 50s, que debía recoger de la bodega de libros, en el sótano de la escuela. Muestras de ellos tendrían que caber en mi maletín de trabajo, pues en el departamento, no había espacio para los efectos personales de los maestros; ni siquiera donde colgar un abrigo, durante el otoño o el invierno.
Tendría que explorar la escuela. Empezando por la biblioteca y la cafetería, los refugios y lugares que son —se supone— más amistosos para un maestro. Ambas estaban bien apertrechadas. Sus empleadas, —entre italianas y alemanas de segunda y tercera generación de inmigrantes— eran profesionales y amables. El menú de desayuno y almuerzo era decente, y en los estantes de la biblioteca descansaban buenos libros y material de lectura interesante. Así que mis primeras y más gratas conexiones fueron con las mujeres de ambos recintos.
Frente a la biblioteca, estaba el llamado lounge de los maestros, un salón adonde, muchos educadores, iban a soltar vapor después de clases. De grandes ventanales, el local daba a un patio interior, donde el personal administrativo, estacionaba sus automóviles por orden de jerarquía.
El lounge era la oficina colectiva y hacinada, una especie de club del profesorado: Algunos leían periódicos, otros corregían papeles en las dos o tres mesas redondas que había que reclamar por orden de llegada; unos cuantos, los mayores, dormitaban, mientras los que trabajaban en su hora de descanso, toleraban los ronquidos y las acaloradas discusiones de miembros de la unión, casi siempre de política.
Pero lo mejor para mí, fue descubrir que había un lugar donde los maestros guardaban sus enseres didácticos, en cajas de cartón, debajo de un ropero descubierto donde colgaban cientos de abrigos. Esa zona del salón no era nada atractiva y se prestaba a conflictos, con frecuencia.
Un viejo pero diligente reloj de pared estaba sincronizado a la máquina de marcar tarjeta de horario de todos los maestros. A su lado, instalado en la columna, un teléfono público. Un refrigerador y un microondas sobre una mesa, viejos y desaseados, estacionados en la pared de la entrada, eran el último recurso de los menos meticulosos y exigentes.
Los mismos maestros habían traído sus muebles, algunos un sofá y otros un sillón o una silla. Los maestros que se retiraban anualmente, preferían llevárselos o tirarlos a la basura. Tan hostiles y resentidos los había dejado el sistema. Un grupo de disidentes, todas mujeres, se habían refugiado en el hall de un baño, en el cuarto piso. Improvisado en lounge, y muy exclusivo, tenía un par de butacas y varias banquetas en las que las rebeldes que huían de los maestros ordinarios y gruñones, se sentaban a tejer, como terapia, en sus horas de almuerzo.
—Algo es algo, —me dije resignada. Instalé mi sucursal en el lounge del primer piso y con el tiempo fui aceptada en el del cuarto. La cuestión a largo alcance era, predecir, ¿cuánto tiempo podía un ser humano con vocación, resistir o soportar las condiciones de una atmosfera tan pesada? Eso lo definiría la guerra fría o caliente, que tenía lugar en las trincheras.
Gloria Chávez Vásquez escritora, periodista y educadora reside en Estados Unidos.















