Ortega y Gasset: Visión  como circunstancia del filósofo

 

Por Gloria Chávez Vásquez.

No puede decirse de una época, que ha madurado como tal, hasta que no aparece entre sus intelectuales un filósofo que la defina. En España ocurre ese fenómeno en el siglo XX, cuando aparece José Ortega y Gasset, con su labor de sacudir el pensamiento, su visión de desarrollar un discurso filosófico propio y original y su misión de diagnosticar los males y señalar las virtudes del mundo hispano, para de ese modo hacer erguir al ser iberoamericano.

De familia culta y aristocrática, que por generaciones había aportado al periodismo y a la literatura, la primera etapa en la vida del joven español es su educación básica, en las mejores instituciones de Madrid y Málaga. Obtiene su doctorado en filosofía y letras en la universidad Central de Madrid con su tesis Los Terrores del año Mil: Critica de una Leyenda.  En sus 72 años de vida (1983-1955) produciría  una extensa obra, actualmente recopilada en 10 volúmenes, por la editorial Santillana. Sus temas giran en torno a la existencia y elementos esenciales como el arte, la historia, la política, la filosofía,  etc.

Segunda etapa, su viaje a Alemania. Ávido lector de Nietzsche y admirador de Goethe y la cultura germánica, Ortega asiste a las clases de los neokantianos Herman Cohen y P. Nartop en las universidades de Leipzig, Berlín y Marburgo. Las teorías de Kant le atraen, pero sabe que debe adaptarlas para introducirlas en una sociedad tan diferente de la alemana como es la española.

A su regreso a Madrid, Ortega trabaja como profesor de sicología, lógica y ética y en 1910 gana por oposición, la Cátedra de Metafísica en la universidad Central de Madrid. Hasta el momento ha disciplinado con los estudios su vocación; pero es allí donde comienza su destino: sacar a su país de la modorra intelectual en la que se encuentra. Hacer que Europa no crea más que África empieza en España.  Sus escritos llaman la atención de Miguel de Unamuno, quien cree que el “europeísmo es propio de papanatas”.

Pero Unamuno es tan solo uno de los subjetivistas de relieve en su país. Había que hacer entender a la gente la diferencia entre el subjetivismo y el objetivismo. Entre la opinión emocional y la racional. Había que enseñar a la España invertebrada, a analizar con perspectiva, a no evadir la realidad y a reflejarse en el espejo del debate y la literatura. Para ello, Ortega funda la Liga de Educación Política Española. Dos medios de comunicación, la revista España y el diario El Sol dan fruición a sus ideas con la valiosa colaboración de Nicolás Maria de Urgoiti. Publica en forma de panfletos lo que será su obra fundamental: España Invertebrada y la rebelión de las masas.

Hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante en la vida pública europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social. Como las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, naciones, culturas, cabe padecer. Esta crisis ha sobrevenido más de una vez en la historia. Su fisonomía y sus consecuencias son conocidas. También se conoce su nombre. Se llama la rebelión de las masas.

La rebelión de las masas, párrafo inicial.

Después de la pérdida de sus últimas colonias, Cuba, Puerto Rico y Filipinas (1898), España entra en un periodo de épica confusión. Corresponde a sus intelectuales regenerar su identidad. En la tierra del idealismo quijotesco hay que enseñar a vivir el realismo de los sanchos. Ortega y Gasset se aplica a ello con sus Meditaciones del Quijote y sus ensayos compendiados en ocho volúmenes de El Espectador (1916-1935). Urgoiti funda la Editorial Calpe, cuya colección de Biblioteca de Ideas del Siglo XX, dirige Ortega.

Ortega debe renunciar a su cátedra universitaria por no estar de acuerdo con la dictadura de Primo de Rivera, pero continúa con sus conferencias filosóficas. Ese año (1923) funda Revista de Occidente. En ella da a conocer las tendencias filosóficas y científicas del momento. Así descubre la teoría de la Biognosis (ciencia de lo humano o de la vida) de Jakob von Uexküll, quien le da la clave para el avance de su filosofía, “Yo soy yo y mi circunstancia, si no la salvo a ella no me salvo yo”.  De regreso a su cátedra tras la caída de Rivera, publica, expandida en libro, La rebelión de las masas.                                                     

Este hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y, por lo mismo, dócil a todas las disciplinas llamadas «internacionales». Más que un hombre, es sólo un caparazón de hombre constituido por meros idola fori; carece de un «dentro», de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga -sine nobilitate-, snob.

Ortega participa brevemente en la vida política de su país, en el momento de la instauración de la República y como disidente, durante la Guerra Civil Española. Por eso tuvo que exiliarse a Paris, Holanda y Argentina. En 1942 se estableció en Lisboa. En 1945 regreso a España  donde dictó un ciclo de conferencias en el Ateneo de Madrid, pero no pudo recuperar su cátedra de Metafísica. Con Julián Marías, su alumno más dilecto, fundó en 1948 el Instituto de Humanidades. En 1951 recibió el título de Doctor Honoris Causa de las universidades de Glasgow y Marburgo. Diagnosticado de Cáncer gástrico muere en Madrid en 1855.

Julian Marías (1914-2005), dijo de los escritos de Ortega que “son como las cimas de un iceberg, por debajo de las cuales queda operante, aunque oculta, la mole sumergida”, advirtiendo que  La rebelión de las masas ha sido mal interpretada en muchas ocasiones para beneficio de funestas ideologías.​

Invirtiendo el signo que afecta al bolchevismo, podríamos decir cosas similares del fascismo. Ni uno ni otro ensayo están «a la altura de los tiempos», no llevan dentro de sí escorzado todo el pretérito, condición irremisible para superarlo. Con el pasado no se lucha cuerpo a cuerpo. El porvenir lo vence porque se lo traga. Como deje algo de él fuera, está perdido. Uno y otro -bolchevismo y fascismo- son dos seudoalboradas; no traen la mañana de mañana, sino la de un arcaico día, ya usado una y muchas veces; son primitivismo. Y esto serán todos los movimientos que recaigan en la simplicidad de entablar un pugilato con tal o cual porción del pasado, en vez de preceder a su digestión.

La filosofía de Ortega y Gasset ha sido interpretada a diestra y siniestra, según la conveniencia del lector de turno, dada la amplitud de sus conceptos. El mismo Ortega odiaba el radicalismo y así lo expresó al condenar la revolución bolchevique y el fascismo. Ambos fenómenos eran para él, revoluciones estériles, repetidas una y mil veces en la historia sin que nadie aprendiera nada de esos fracasos. Los radicales, decía, son incapaces de hacer avanzar a la sociedad, porque tienen los mismos defectos que esas otras revoluciones históricas e histéricas, como la revolución francesa, que lo único que hacen es enfrentarse a unas tradiciones que ni entienden y de las que no saben nada.

Jose Ortega y Gasset está considerado como el filósofo español por excelencia. Es el máximo exponente de la teoría del perspectivismo y de la razón vital. Considerado un brillante divulgador de ideas, fue maestro de varias generaciones de jóvenes intelectuales, sirviendo además como puente a las generaciones del 98 y el 27. No solo España, sino el mundo iberoamericano invertebrado, le deben el concepto de espinazo, (realidad, objetividad, perspectiva), una columna vertebral tan necesaria e indispensable para la formación y madurez social.

Gloria Chávez Vásquez es escritora y periodista.

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