¡No! Martí no se lanzó al suicidio. Primera parte

José Martí

Fuente Utilidad de la virtud.

Por Maykel Aledo.

En historia, como en todo, solo se habla bien, sobre lo que bien se conoce. Hace algunos días la revista “El Estornudo” publicó una serie, en 4 entregas, bajo el título: «Dulces suicidas cubanos”. La presentación reza así: «Con la intención de esbozar una suerte de breve historia nacional del suicidio, El Estornudo presenta esta serie de cuatro capítulos en que desfilan figuras ilustres de la política y la cultura, a menudo acosadas por motivaciones peculiares, o envueltas en el misterio.”

En su primer capítulo, titulado: «Dulces suicidas cubanos. Mártires”, su autor, Darío Alejandro Alemán, escoge centrarse en José Martí, y al mismo tiempo, nada más y nada menos, que en el “che» Guevara. Por el camino, una ensarta de breves menciones: Jesús de Nazaret, Don Quijote, Aquiles, y hasta un talibán que se hace explotar… todo ello unido, nos deja un mal sabor, como a sancocho de mal gusto estético y ético. A Martí, lo desviste de elementos que bien que sí supo llevar, y solo le deja las «lentejuelas» que precisamente anunciaba que se proponía refutar. En cambio, al Che, pecando nuevamente de lo que critica, le construye un traje romántico que no le entalla.

Por aquí y por allá, cuáles son las ideas que nos intenta colar el autor, ya sea consciente o inconscientemente: que Martí se lanzó al suicidio, que eligió la posibilidad de su muerte prematura, que fue un arrebatado épico, un codicioso de su hora, un jinete inexperto, un acomplejado por desavenencias políticas, alguien que escogió la gloria por sobre una vida larga y aburrida, un tipo con complejo de mártir, que fue construyendo de manera consciente, la escena trágica de su muerte, para alimentar su leyenda.

Aunque ya hay algunos que reconocen la utilidad del conocimiento de la historia pasada para entender el momento presente y proyectar más eficientemente el futuro, muy pocos son aún los que saben sobre cómo el reconocimiento verdadero del momento presente ayuda a su vez, y más, a comprender mejor el pasado. Y es que no cambiamos mucho el código genético histórico en unos pocos cientos de años. Y hay pueblos, y su cultura, que viven como atrapados en una especie de bucle que pareciera destinado a repetirse una y otra vez cada 100 años. Y Cuba, en esencia, ha sido una sociedad históricamente educada para la esclavitud y la tiranía.

Hace exactamente 200 años, en 1821, nuestro primer padre fundador, el primero que nos enseñó en pensar realmente la libertad y la independencia, fundaba la primera cátedra de derecho de América Latina: “La Cátedra de la libertad y de los derechos humanos, la fuente de las virtudes cívicas y la base del gran edificio de nuestra felicidad”.

Desde entonces, nuestro principal dilema ideológico en cuanto al método para alcanzar la dignidad humana ha sido el mismo: decidir entre el anexionismo, el reformismo pacifista, o la rebelión con «fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro”.

Ningún discípulo de Varela, todos intelectuales eminentes, abrazaría el anexionismo. Se dividirán, fundamentalmente, en reformistas pacíficos y en luchadores por la libertad. Varela mismo sería primero reformista para luego naturalmente abrazar el independentismo.

Los principales enemigos culturales, desde entonces hasta acá, de los que han escogido rebelarse contra los ladrones de la libertad del pueblo cubano, no han sido precisamente los tiranos, sino los intelectuales reformistas pacíficos. Basta con leer la prensa del siglo XIX, para saber de dónde vienen los disparos más mortales contra los mambises: tenidos por aquellos, como marginales, bárbaros violentos o incultos, ávidos de gloria personal y románticos del martirologio.

Pero ante una tiranía necia, con las características particulares de la española, el reformismo pacifista fracasó, y vino la revolución de 1868. Mal preparada, o “robada» por Céspedes, y peor ejecutada: víctima de la misma incultura que se proponía erradicar. Pero legaría génesis indiscutiblemente superiores a los de la cultura tiránica colonial. En el Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba (10 de octubre de 1868), Céspedes proclama:

«Nadie ignora que España gobierna la isla de Cuba con un brazo de hierro ensangrentado; no sólo no la deja seguridad en sus propiedades, arrogándose la facultad de imponerla tributos y contribuciones a su antojo, sino que teniéndola privada de toda libertad política, civil y religiosa, sus desgraciados hijos se ven expulsados de su suelo a remotos climas o ejecutados sin forma de proceso, por comisiones militares establecidas en plena paz, con mengua del poder civil. La tiene privada del derecho de reunión, como no sea bajo la presidencia de un jefe militar; no puede pedir el remedio a sus males, sin que se le trate como rebelde, y no se le concede otro recurso que callar y obedecer.”

«Así pues, los cubanos no pueden hablar, no pueden escribir, no pueden siquiera pensar…”

Cualquier semejanza con la realidad actual, 153 años después, no es pura coincidencia.

El diálogo, la negociación, pactada en la «paz» del Zanjón, y el reformismo pacifista posterior, también se demostraría por la realidad, que fueron una farsa y un fracaso una vez más ante un régimen como el español, renuente a dejarse reformar por las buenas.

Otro problema esencial, del momento, eran las tendencias de algunos militares de prestigio, ganado en las gestas pasadas, conscientes o inconscientes, de carácter autoritarias y dictatoriales. Lo encabezaban Gómez y Maceo. Es por ello que, en 1884 – y en medio de la preparación del plan conocido por iguales apellidos: Plan Gómez-Maceo, y al Gómez espetarle a Martí: usted, aténgase a hacer lo que le indique el General Maceo; y al entrar Gómez a darse una tina de baño caliente, y Maceo embarajar, conque no tomara a mal las palabras del viejo, porque era que el General sentía la lucha de Cuba como una propiedad exclusiva de él, – que Martí le escribe, sin ambages, el 20 de octubre de 1884:

“Hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que Vd. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente; y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.»

«Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”.

«¿…qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?, ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él?”.

«La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto sólo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia.”

«A una campaña que no dé desde su primer acto vivo, desde sus primeros movimientos de preparación, muestras de que se la intenta como un servicio al país, y no como una invasión despótica; -a una tentativa armada que no vaya pública, declarada, sincera y únicamente movida, del propósito de poner a su remate en manos del país, agradecido de antemano a sus servidores, las libertades públicas; a una guerra de baja raíz y temibles fines, cualesquiera que sean su magnitud y condiciones de éxito –y no se me oculta que tendría hoy muchas- no prestaré yo jamás mi apoyo –valga mi apoyo lo que valga, -y yo sé que él, que viene de una decisión indomable de ser absolutamente honrado, vale por eso oro puro, -yo no se lo prestaré jamás.”

Y hay al menos, otro problema esencial, contra el que lucha desde entonces Martí: el del comunismo, y el socialismo, en sus diferentes variantes. Martí estaba suficientemente enterado de las ideas y las teorías de Marx. Ambos fueron amigos de Charles Anderson Dana: importante periodista norteamericano, que jugó un rol relevante durante algunos años, en el manejo editorial del New York Tribune, sirvió durante la Guerra Civil Americana como Subsecretario de Guerra, y fue el editor y copropietario de The New York Sun. Ambos, Martí y Marx, publicarían en dicho periódico.

A la muerte de Marx, escribió Martí:

«Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. Pero anduvo deprisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa.”

También estaba al tanto Martí de las tendencias de socialismo utópico, democrático o anarquista del momento, traídas a este continente por la emigración. Las consideraba nacidas de realidades extrañas, ajenas, de la Europa Monárquica, y las creía inútiles o equivocadas, ante una realidad o tradición cultural americanas, de naturalezas y problemas propios. «Injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”, escribiría…

Bastaría al menos, para hacerse una idea de lo que pensaba al respecto, con leerse sus crónicas sobre los «Sucesos de Chicago”, o su prólogo a los “Cuentos de hoy y de Mañana”, o sus críticas a Herbert Spencer, en que le llama al socialismo: “La futura esclavitud”, o la carta a su amigo Fermín Valdés Domínguez, en la que lo alerta: «Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:–el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas:– y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados.”

Y, por si fuera poco, nos prevenía sobre los rusos:

«Son los rusos el látigo de la reforma: mas no, ¡no son aún estos hombres impacientes y generosos, manchados de ira, los que han de poner cimiento al mundo nuevo: ellos son la espuela, y vienen a punto, como la voz de la conciencia, que pudiera dormirse: pero el acero del acicate no sirve bien para martillo fundador.”

Aquella durísima carta, nada más y nada menos que contra los mismísimos Gómez y Maceo y sus planes, tenidos casi por dioses vivientes cubanos, les pareció a casi todos, una especie de suicidio político, y definitivo, para alguien que decía militar en el bando libertador. Martí lo pagaría con los peores tres años de “silencio”, calumniado como literato y orador cobarde, marginado y automarginado: rechazando con tacto las invitaciones a los actos patrióticos para los que de él alguien se acordara…

En el único al que quizás durante ese tiempo asistió, en 1885, un mitin efectuado en Tammany Hall, New York, cuenta Alberto Plochet, que se encontraban presentes Máximo Gómez y Antonio Maceo, y que la cosa llegó a tal punto, que Antonio Zambrana, enojado con Martí, lo calificó de “pusilánime, y llegó al extremo de decir, que los cubanos que no secundaban ese movimiento debían usar sayas”; Martí, al escuchar esto, a pesar de los pasillos repletos de gente, “se abrió camino como un proyectil lanzado por una catapulta” hacia el escenario, solicitó la palabra, y sin esperar realmente a que se la dieran, mirando cara a cara a Zambrana le dijo: soy tan hombre que apenas quepo en los calzones que calzo; eso lo pruebo yo aquí y donde quiera”, en clara insinuación de reto a duelo. Sin embargo, cuentan que ni aún en esa situación extrema se apreciaba en Martí rabia ni odio en su mirada, sí dignidad.

Martí ha resuelto:

“No oponerme en el camino de los que piensan de manera distinta de la mía: puesto que nadie debe impedir que se haga lo que no tiene medios de hacer”.

“Ni ayudar las labores que a mi juicio han comprometido la suerte de la revolución, y con ella la de la patria, en los instantes mismos en que, acorralados de nuevo sus hijos y exhaustas sus esperanzas y sus arcas, parecía fácil llevar a la Isla una guerra magnánima, corta y digna de ensangrentar a un pueblo por los beneficios de libertad y bienestar que había de recoger de ella.”

«¿Qué había de hacer en este conflicto un hombre honrado y amigo de su patria?; ¡Ah! lo que hago ahora: decirlo en secreto, cuando me he visto forzado a decirlo, de modo que mi resistencia pasiva aproveche, como yo creo que aprovecha, a la causa de la independencia de mi país; no decirlo jamás en alta voz, para que ni los adversarios se aperciban, porque es mejor dejarse morir de las heridas que permitir que las vea el enemigo, ni se me puede culpar de haber entibiado, en una hora que pudo ser, y acaso sea, decisiva, el entusiasmo tan necesario en las épocas críticas como la razón.”

«¿Cómo serviré yo mejor a mi tierra? me pregunté. Yo jamás me pregunto otra cosa. Y me respondí de esta manera: “Ahoga todos tus ímpetus; sacrifica las esperanzas de toda tu vida; hazte a un lado en esta hora posible del triunfo, antes de autorizar lo que crees funesto; mantente atado, en esta hora de obrar, antes de obrar mal, antes de servir mal a tu tierra so pretexto de servirla bien”. Y sin oponerme a los planes de nadie ni levantar yo planes por mí mismo, me he quedado en el silencio, significando con él que no se debe poner mano sobre la paz y la vida de un pueblo sino con un espíritu de generosidad casi divina, en que los que se sacrifiquen por él garanticen de antemano con actos y palabras el explícito intento de poner la tierra que se liberta en manos de sus hijos, en vez de poner, como harían los malvados, sus propias manos en ella, so capa de triunfadores.”

«Un pueblo, antes de ser llamado a guerra, tiene que saber tras de qué va, y adónde va, y qué le ha de venir después. Tan ultrajados hemos vivido los cubanos, que en mí es locura el deseo, y roca la determinación, de ver guiadas las cosas de mi tierra de manera que se respete como a persona sagrada la persona de cada cubano”.

En diciembre de 1886 se haría evidente la imposibilidad de éxito del Plan Gómez Maceo. Sus principales dirigentes lo darían por terminado.

Llega el año 1887, y es aquí donde creo que Martí arriba a la cumbre de su madurez y genialidad política y comienza a desplegar, en toda su magnitud, durante 8 largos años, lo que llamamos el arte de hacer política: la más exquisita forma cubana de sentir, pensar y hacer, que por desgracia, caería junto con él, en Dos Ríos.

Haciendo una profunda evaluación de la realidad del momento, él llegaría a las conclusiones esenciales siguientes: la tiranía colonial española, producto de su naturaleza propia, era incapaz de reformarse a sí misma; por igual razón, los autonomistas y reformistas pacíficos serian incapaces también de hacerla cambiar; la anexión, además de indeseada por él y por la mayoría de los cubanos, no era posible; como tampoco lo era, una ayuda decisiva por parte de Estados Unidos. Cualesquiera de las opciones anteriores hubiesen sido soluciones más fáciles. Pero una cosa es lo que algunos piensen que es posible, o quieran con buena voluntad, o no, y otra distinta es lo que la realidad impone como posible y necesario. En la capacidad de saber reconocer esto último, es donde radica la verdadera cultura política. Y porque, además: «La libertad cuesta muy cara, y es necesario, o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio.”

Por lo anterior, y conociendo muy bien de la voluntad indetenible de realizarlo, de una numerosa y valiosa cantidad de cubanos, que sabía solo haría crecer inevitablemente en el tiempo ante el fracaso seguro de las demás alternativas, es que Martí arriba a la conclusión más importante: es solo cuestión de tiempo, la rebelión con fuerza terrible será algo nuevamente inevitable. Le llamaría: la guerra necesaria. Pero, – ¿qué “locura» es esa de llamarle a una guerra necesaria, qué romance es ese de llamarle a una guerra magnánima, o del amor, o instrumento economizador de sufrimientos, o civilizador de sociedades? – le recriminaban los reformistas pacíficos.

Lo que Martí está diciendo es lo siguiente: si he llegado a la más absoluta convicción, de que la rebelión con fuerza terrible será inevitable, pues lo que es necesario es prepararse para el momento, y organizarla de forma tal, que no estalle espontánea, sin plan, unidad, ni liderazgo; rápida y eficaz, con menor costo de violencia, sufrimiento y muertes; impedir que al momento del triunfo, le salga un nuevo ladrón a la libertad; pero sobre todo, que desde su génesis, contenga ya los elementos esenciales que garanticen la constitución de una República con todos y para el bien de todos.

Maykel Aledo es Profesor de Historia. Estudioso de la vida y obra de José Martí. Creador del sitio web Utilidad de la Virtud.

 

 

 

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