Neworleansfornication…

New Orleans

Por Denis Fortun.

If you want these kinds of dreams it’s Californication
Red Hot Chili Peppers

Te prometió un poema a New Orleans de regreso a Miami. Sabes de su porfía cuando intenta borronear cuartillas por todos esos sitios que tú pisas, sin importarle los zapatos que llevas, o si vas descalza, como van descalzas sus ganas de escribir poemas al pavimento, al asfalto, y al número seis en febrero.

Caminan por la acera del Café Du Monde. Tú cargas con esa mueca conspicua que te distingue, y aseguras es la sonrisa dulce que te formula y en suma él no merece —falsilla cargante los días nones y es viernes 23 de diciembre en New Orleans—; olvidas y te «acompasas», pides una foto y posas —dejemos a un lado a la fiera que arrienda en ti, le dices—. Este es uno de los sitios más chic de New Orleans, Café Du Monde…

En los portales dos vagabundos conversan, ríen y no les preocupan sus miserias. Ensaya uno manoseando un clarinete, el otro una guitarra y luego tuercen una breva mientras miran afables y nada reclaman; son vagabundos de contradicción recelada, un par de miserables felices que entregan una sonrisa amable y no la demanda que somos garantes de sus existencias. Tú eres chic y solidaria, pero no abres la cartera, hoy sos la chica Café Du Monde y el universo ha de adorarte. Vamos a envolvernos con New Orleans, es el plan para Navidad, en Miami diremos a los amigos que bien la pasamos y él escribirá ese poema que pretende.

Otra foto, esta vez los dos pegados a una rubia enjuta que baila semidesnuda en la puerta de un club fachoso y cuasi mágico, invitándolos con sus sobrados huesos y lascivia —en un idioma que tú hablas pésimamente— a que entren a beber y fornicar con la noche. Ríes si bien no la entiendes, ríes y ahora no es lo suficiente hermosa tu mueca, teniendo en cuenta que estás en New Orleans; debe ser por esa condición espesa de tu aspaviento, por tu talante tridimensional intermitente, que él retrata aquella otra flaca de piernas largas y abultada fresa marcándose en su gastado jean. La flaca toca su violín magistralmente en medio de una Rue que él no guardó su nombre, y tú aparentas que no observas y porfías; florece por encanto la conspicua, no te rindes — todo entre ustedes es una guerra muy lejos de ser Santa— y le das una dirección como si hubieses nacido en New Orleans.

Ordenas muy almibarada —nunca sugieres o pides— te siga a la Rue St. Peter y la esquina de la Rue Bourbon: The Jazz Corner of the World. Un negro flaco, casi quebradizo, canta y se queda dormido mientras el pianista descarga un solo; el negro regresa justo en el tiempo que le atañe, cuando el pianista remata con alarde. Y ese negro chupado, entona de manera que tú y él no quieren escuchar otra voz como no sea la de ese negro incesante cuando está despabilado. What a wonderful world is New Orleans.

Una desencajada reminiscencia lo machaca en la disposición que continúa: su testarudez por escribirle un poema a New Orleans, concebir un paquete de conmovedoras imágenes a tus pies y a la bendita arteria de la Rue Bourbon, y que termine por no importarle si un día logras pisar de nuevo a New Orleans azapatada o desnuda, aunque sus poemas a ciudades y a gatos y a lanchas y aldabas son proporcionales a tus huellas, a pesar que en el elevador de Hotel Sheraton te pida un beso porque en New Orleans tus labios —tengo la certeza— saben diferentes —no así tu lengua, esa puede ser cortante y amarga en cualquier sitio— y el beso se troca en un proceso confuso como si fuese el Proceso de Kafka. Y él ya no quiere besos, ni quiere verte, y nada más pretende a New Orleans en la 527 Decatur Street bebiendo cerveza roja, y rematar la madrugada en otros senos y otra fresa, preferiblemente los senos y la fresa de la flaca pelirroja del violín.

Suspira y te comenta —lo único que no me gusta de New Orleans son sus emisoras de radios, no se escucha Hotel California—. Tú respondes, haciendo alarde de tus muecas frías y conspicuas, en el estado de Luisiana está prohibida la palabra angustia, impar en diciembre, y no le perdonas se desparrame en tu rostro de dimensiones varias la incertidumbre, que se desdibuje tu sonrisa de continente, ahora molinete de Isla, cicatriz en tu rostro por la bendita angustia que germina luego de su desobediencia, porque él asume puede ser distinto el camino que tú conjeturas para alcanzar al Mississippi río abajo o río arriba en pos del sueño, que desde muy joven cuando se preguntaba qué es un arándano y quién fue Huckleberry Finn, le fascinaba imaginar. Y eso te punza sobremanera, va a rebatir —una vez más— tu ruta y no soportas te contradiga, malestar que meramente lo calma una cola de cocodrilo en salsa marinera media verde y media roja, con una suculenta Jambalaya.

Suena una trompeta que no invita a carga alguna, sino a que pasen la noche como merecen las noches en New Orleans. El negro fornido y elegante que la sopla baila con cadencia, mostrando sus dientes sumamente blancos cuando toma aire, con una expresión en su rostro tan notable como tu sonrisa conspicua, que bien podría ser el logo de una soda, una caja de cigarrillos, una pastilla para dolores de ovarios, una crema que asegure te cura la congoja y las arrugas de por vida. Un caballo de crin violeta los mira y mueve la cabeza, asintiendo tal vez, y confirma eso que ustedes aún no saben; es un hermoso caballo que merece una foto y se paran a su lado. El negro de la trompeta sostiene tu teléfono, toma la foto, y tú le regalas cinco dólares.

Por primera vez en siglos se abrazan, ríen y cantan, y a la mañana siguiente, posterior a que él bese con pasión tus nalgas y tu amarlo como si entre tus piernas no existiese la memoria, van a comprar zapatos de lazos y botas de caña alta con suelas de cuero; tú cuidas la tarjeta de crédito y la presencia de aquel beso que aún te empapa entre las nalgas, y después de la compra se sientan en la barra de la 527 Decatur Street y el rubio bartender se ilumina: tu sonrisa conspicua es contagiosa, inolvidable, y el tipo la recuerda. Le reclaman al rubio la cerveza más cerveza de New Orleans, que es la madre de todos los milagros concernientes a las cervezas. California es una zona telúrica distante. California es a secas patrimonio de Red Hot Chili Peppers y las uvas de Napa Valley, una referencia pobre y tornasol.

Una desencajada reminiscencia lo muele, se suma un arrepentimiento por el acierto que vendrá un día donde él se cuestione si alguna vez estuvieron juntos en la Rue Bourbon, si caminaron cogidos de la mano tomando fotos a un par de fotos de Al Capone que cuelgan en las paredes de un delicioso antro, en tanto tú le exiges sonría y no le tema al invierno. Luego de almorzar irán al French Market, esta vez no serán más zapatos, comprarás dos tenedores inmensos para revolver el fango del Mississippi que te llevas en una bolsa, para darle esa tierra a tu Eleggua en Miami, y por el empeño bajas a las calderas de aquel viejo barco pretendiendo sean veloces, procurando conocerlo todo, y él no concibe tu locura de meterte ahí, donde no les queda más remedio de estar a los marineros de noviembre. Saborea tu vida chica Café Du Monde en una copa de jazz, saborea Wake Up Alone en la voz de esa flaca que toca el violín y baila sola, mientras él no hace otra cosa que adorarte. Baila y olvida que hoy lo odias, como habitualmente lo odias nada más te rectifique el más pequeño desajuste de tu brújula, mañana volverás a amarlo con vehemencia y pedirás te bese entre las nalgas, donde no hay espacio para la evocación y las penitencias. Y saborea también esa cerveza ámbar que se hizo música de flauta en los labios gruesos de aquella negra gorda de encantadora sonrisa —no conspicua como la tuya—, que te abraza, te saluda con afecto, y los invita a que se queden en New Orleans. Tú le comentas en español que vuelas, y aparentas mientras le dices la forma de un pájaro. La negra hermosa no entiende una palabra, pero te abraza y tú lo miras a él a tente bonete para que te acompañe en tu acrobacia, a volar lo invitas, y él queda al amparo de la torpeza frecuente que le cuelga de sus ojos

Una desencajada reminiscencia se perpetúa como un salero sin huecos encima de una mesa sin cubiertos, ni platos, ni asados, ni bocas, y él no cavila en otro contenido y forma como no sea escribir ese poema a New Orleans, poema sumo mecánico, quizás automático, versos desfibriladores que le debe a Apollinaire. Y ya no es la vuelta en que están juntos, no habrá más vueltas entre ustedes. Para él se comprime el mundo a la orilla del Mississippi, preguntándose cómo lo hizo Samuel Langhorne Clemens, y la razón de cuál rima o prosa debe usar para el bendito poema a New Orleans, desde Miami, cocinando carne de cerdo con apio una tarde de julio, bebiendo su habitual Jack Daniel’s mientras borronea en su laptop demasiadas cuartillas para una mujer y una ciudad.

Denis Fortun es poeta y novelista.

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