Migrañas

Por  Ulises Fidalgo.

 

Intuyo una madrugada aguda. Escribo antes de que sea demasiado tarde y el dolor me empuje al fondo último de la cama. Se asoman varios temas para el relato de este domingo de ZoePost. Todos tan explícitos como agujas en los ojos. Cuando llegaban las elecciones, Edgar Allan Poe  solía cambiar su voto por un frasco de  éter. Después de semanas sumido en un mundo donde los olores se veían, podía saborear el amarillo y el azul celeste, o palpar las palabras hasta hacerse llagas, se urdía en su mente desencajada alguna historia terrible que podía vender a algún periódico local, y así pagarse su próximo frasco. Los cuentos y poemas que leímos en La Habana de Poe fueron traducciones de Julio Cortázar.

En mi historia ya mi personaje ha superado el ataque de migraña. Todavía me falta ese recorrido. Por fin puede estirar la vista. La madrugada lo acaricia en su balcón. Había sido una tarde preciosa cuando ya se percibían los primeros avisos. La luz y los sonidos eran intensos. Los colores parecían doler, pero aún no. Tal vez si hubiera sobrepasado el miedo a lo inevitable habría podido disfrutar aquellos momentos de máxima sensibilidad, ¿pero quién puede? La llegada es continua, y parece que puedes resistir, pero de pronto estás completamente dominado. Allí, buscando la oscuridad y el silencio, intentas alejarte de ti, pero el dolor te sumerge. Nada piensas, o sólo piensas en ti. Raspan los pensamientos, rechinan. Si algo ves, son chispas dolorosas. El tacto es incómodo. Las ideas y la realidad son ásperas. Ni siquiera consuela la certeza de que todo pasará. Ahora, después, sabes que puedes mover cualquier músculo de la cara sin malestar alguno. Tan sólo el ligero gusto de tenerlo y controlarlo. Las sonrisas ya han dejado de ser irritantes. Ya no te perturba tu propia voz, pero mejor dejar el rostro seco, y expuesto al silencio. Puedes mirar los árboles, la tierra, las ventanas de los vecinos, intranquilas por los televisores. Todo ahora está en su sitio. Son ajenos. Parece el descanso. De nuevo el dolor del Mundo está ahí afuera.

Dark Knight recuerda cuando era casi un vagabundo, o más quisiera él. Vivía dentro de un cuartel y salía a la ciudad una noche a la semana. Esa noche jugaba a ser un vagabundo. La semana anterior había estado contando sus aventuras de nuevo adulto a la que parecía ser una joven inexperta. Le había dejado una dirección donde podría saber de él. Tenía la certeza de que la había impresionado y seguro la volvería a ver. Ésta era la noche de esta semana. Encontró un libro dedicado por aquella joven. Aunque nunca le dijo su nombre debía ser ella. No había otra.

Era un ejemplar del un corto ensayo sobre la infancia y de las ventajas de no apurarla. Se titulaba “Los niños, los libros y los hombres” de Paul Hazard. Lo leyó mientras deambulaba de un sitio a otro en la ciudad. Nunca había escuchado algo similar. Todo a su alrededor quería ser adulto. Regresó y mezcló una botella completa de ron con té. La fue bebiendo mientras pensaba cómo podía escribir una respuesta a aquel libro. Se sentía eufórico. La lectura había sido realmente agradable, y además sabía que aquel autor estaba totalmente equivocado. La infancia era un trastorno transitorio que debía superarse lo más rápido posible. En ella eres débil y la naturaleza requiere de individuos fuertes.

Mientras pensaba los argumentos, las horas se le pasaban, y ya casi debía regresar al cuartel. Se llevó la botella para beberla por el camino. Cuando llegaba, la euforia iba dejando paso al cansancio, pero comenzaba a pasar algo nuevo en aquella borrachera. Aparecían luces de colores en la oscuridad. Eran incómodas. Contrastaban con el silencio, el fresco y el olor húmedo. Cada vez aparecían más. Necesitaba dormir al menos una hora antes de que saliera ese sol de ordena y mando. Ya se sentía mal, pero para colmo además aparecieron imágenes muy iluminadas, pero poco nítidas, que se iban y volvían. Eran hermosas, pero se hacían insoportables. Quizás si se concentraba bien en ellas cuando aparecían podría quedarse dormido. Intentó identificar un rostro. Podría parecerse a aquella niña de la semana pasada.

El té y el ron luchaban. Uno quería mantenerlo en la vigilia, y el otro llevarlo al sueño. Pensó que algún día escribiría sobre aquellas alucinaciones, pero no se acordó hasta muchos años después. Entonces ya no tendría que demostrar nada. Era completamente adulto. Aquella vez iba de nuevo simulando ser solitario, por un antiguo pueblo de pescadores que había devenido en ciudad universitaria. Un grupo de estudiantes habían alargado la noche hasta esa hora donde uno se permite ser excesivamente generoso y amable con los desconocidos. Lo llamaron y le pidieron que los ayudara a terminar con una botella de absenta. Fue otra noche incómoda de juventud.

P.S. Buenas noches.

 

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University. Jefe de Redacción de ZoePost.

6 Comments

  1. Por la goma, Ulises!!!

  2. La eterna lucha entre la «vida significativa» (con pasado narrativo y plan de futuro cognitivo) y la «vida feliz» (sin pasado ni futuro). El hilo conductor de ese «dolor de vivir» que nos hace lo que somos, seres humanos ambivalentes, sacudidos por «opuestos» que, a veces, nos «iluminan» y en ocasiones «nos eliminan».
    Gran relato. ¡Felicitaciones!

  3. Muy bueno

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