Mariposa, había una vez…

Imagen de Pezibear en Pixabay

Por Lucimey Lima Pérez.

Mariposa existía felizmente libando flores de muchos jardines, volaba con soltura y facilidad, le encantaban las flores frondosas, coloridas. Iba de jardín en jardín en un movimiento errático y organizado, disciplinado y rebelde. No tenía ataduras, al menos eso creía. Se codeaba con muchas mariposas como ella, pero también con hormigas, abejas, avispas, chicharras, lombrices y muchos otros amigos que se encontraban en los jardines. Igualmente volaba por los parques, en los cuales había plantas bonitas con las que se deleitaba hermosamente. Claro, Mariposa tenía una familia, mariposas como ella, a quienes quería tanto como a su propia libertad. Vamos a ver, pues, Mariposa era muy dichosa.

Algunos días le provocaba volar alto y otros su vuelo era más rastrero. Disfrutaba el descanso y era laboriosa, muy curiosa, quería conocer todo sobre el entorno. Sigilosa y ágilmente se internaba en las malezas y husmeaba hasta el último detalle de las flores de las que disfrutaba. Había jazmines, rosas, claveles, vicarias, pero le gustaban mucho las flores de mango y, especialmente, los azahares. Esto último es posible que fuera su secreto más profundamente resguardado, ya que alguna vez había escuchado que los azahares, tan olorosos, tan puros y tan blancos, se convertían en frutas de un color chillón, impertinente, penetrante, escandaloso, voluptuoso, insinuante, atrevido, sencillamente anaranjado. Cómo era posible que justo por eso se fijara tanto en los tiernos azahares. Impensable, ella tan modosa y recatada disfrutaba inmensamente del atrevimiento de una flor tan límpida.

Qué preciosura la de Mariposa, tal como parecía. Pero no hay todo ni nada, y mucho menos siempre, y tampoco nunca, así que no hemos dicho que sus alas fuertes e impertérritas estaban descoloridas, raídas, ahuecadas, turbias, sin brillo, sin embargo, fuertes y dispuestas. Quizás por esta paradoja, Mariposa no sabía cuán frágil era ni cuánta fortaleza llevaba internamente. Así sucede muchas veces, las mariposas pueden debilitarse y volar con dificultad. Si se dan cuenta de ello, pues arreglan sus alas y vuelven a ser lindamente fuertes como antes.

En esos movimientos de la vida, Mariposa se encuentra, o casi tropieza, con Cocuyo, un fuerte, seguro, sabio, protector, casi perfecto y simple cocuyo. No fue que se deslumbró de una vez ante tanta magnificencia. Es posible que al verlo de frente no le había permitido inicialmente destacar la lámpara luminosa y brillante del seductor Cocuyo. Así y todo, empezó la contienda, Cocuyo provoca, acepta, solicita de Mariposa y se enlazan en un devenir de ideas, de secretos, de cuitas, de sentimientos, de negaciones, de pasiones, de dolores, de recuerdos, de amores y sinsabores, de inmensas alegrías, de picardías y de desconocimiento. Ah! pero todos estos tesoros son los de Mariposa. Cocuyo, congelado y ausente brillaba por su presente ausencia, y ella zapateaba y pataleaba sin cesar y volvía pasito a pasito hacia atrás y a pasos mínimos hacia delante, devenía oruga o capullo y otra vez se convertía en mariposa en delicioso vaivén. Todo tan exactamente calculado que parecía irreal, de otro mundo, no del nuestro cotidiano y ordinario en medio de jardines, de flores, de ramas secas y de desperdicios vegetales y animales. Pero, aquí en silencio, Cocuyo no era tan hielo nada, su humanidad rebasaba los límites, pero quien tenía las alas rotas era Mariposa, así que ameritaba adornamiento, pulimento, y las alas de Cocuyo eran súper-poderosas, debían serlo para poder hacer volar con brío a la mariposita que aunque hemos dicho que volaba muy bien, ni se había enterado de la tristeza de sus frágiles y vulnerables alas.

Pasó el tiempo en medio de tormentos, de caballos galopantes, de obeliscos, de pies que corrían y pies que descansaban, de espacios abiertos, de deseos, de resistencias, de mucha, muchísima gente, de espacios cerrados, de luces, de lluvia, de manos paralizadas, de dedos incansables, de oscuridad, de trepanaciones, de penetraciones, de incitaciones y respuestas prestas e inmediatas, de abrazos y llantos, de silencios hablantes y ruidos inaudibles, de calmas y desasosiegos intensos, de pieles, de extensa piel, ella impúdica y casta. Pululaban imágenes perfumadas y olores nítidos, los oídos hablaban y los ojos tocaban incesantemente. Ante tantas sacudidas Mariposa reaccionó, y como todo es acción y reacción, Cocuyo también ejercía su silencio vivo. Sí, Cocuyo al fin se debilitó en su falsa fortaleza, quizás porque comprendió la creciente recuperación de Mariposa, quizás porque él mismo no brillaba tanto como requería en un momento. Es imposible contar todos los acontecimientos, porque son innumerables y demasiado inmensos para ser captados por las limitaciones del ser. Pero de alguna manera las alas de mariposa se llenaron de colores y relucían satinadas al punto de encandilar a cualquiera. La misma Mariposa se asustaba y volvía y revolvía sus maravillosos encuentros de pensamiento y sentimiento con Cocuyo. Ambos eran felices. Era una continuidad, era una unión que no terminaba nunca, ni de día ni de noche, esto es ni en vigilia ni en sueño. Y qué ensueños tan estupendos, tan vívidos, tan dulces y reales, tan tranquilizantes y tan revoltosos. Gracias a ese torbellino único y particular los rincones más escondidos de los intríngulis de Mariposa y de Cocuyo fueron recorridos. Digo yo que todos, pero seguro que son sólo algunos, porque no hay deidad que pueda saberlo, reconocerlo ni recorrerlo todo. Así la sensualidad fulminante y avasallante salía por cada poro de Mariposa, y la virilidad alegre y revoltosa de Cocuyo se hizo cada vez más perceptible. Sus compañeros de parques, jardines y pequeños patios notaban un cambio en ellos, un no sé qué, quizás el resultado de un descubrimiento, de una travesía despertada, pero que correspondía a un viaje interno de ambos.

Dicen que lo bueno dura poco, y en resumidas cuentas no sé si Mariposa estaba en lo bueno, no sé si ella lo sabía, pero sí lo quería. Y Cocuyo muy claro en su propósito de amor, pero pobre en el conocimiento de las sorpresas de la vida, orquestaba cual director experto los hilos de colores múltiples que surgían de la boca de Mariposa y las lágrimas que a borbotones gigantescos fluían de sus ojos compuestos, así como latía su corazón frágil muy fuertemente ante la dicha de Mariposa y su propia gloria.

La tierra tembló y el cielo se oscureció, tanta perfección debía ser imperfecta, incompleta, vacía y rancia, perecedera. Cocuyo anuncia que volará lejos para no volver, y Mariposa, cuyas alas aun abrillantadas no tenían la corteza de las alas de él, no podía recorrer los mismos aires que Cocuyo y se quedó en su jardín. Cocuyo no brilló más, dicen que a eso lo llaman muerte, pero ellos no sabían. Comentan que todos los ríos del mundo y los mares de todos los planetas subieron sus niveles, pues las lágrimas de Mariposa no cabían en la multitud de pétalos de las flores que a duras penas libaba en su desesperada angustia.

Cocuyo abrió sus inmensas y fuertes alas para cobijar a Mariposa por unos eternos instantes, al mismo tiempo las incólumes alas de Cocuyo permanecían abiertas en vuelo directo hacia el infinito, y Mariposa, aleteando sin rumbo, quedó encerrada en el espacio abierto mientras veía que Cocuyo en propulsión volaba cual avión de los hombres a un sitio sin nombre. Mariposa creyó que, por primera vez en su efímera vida, sentía eternos segundos de miedo.

 

Lucimey Lima Pérez es Psiquiatra, Psicoterapeuta, Máster y PhD en Neuroquímica.

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