Los rostros de los fusilados

Por Manuel C. Díaz.

-Retratos y poemas-

 

En plena época del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos durante el gobierno de Obama, acaudalados coleccionistas de arte de Miami viajaban sin sonrojo a la isla con el propósito de comprar arte cubano, sobre todo obras de artistas jóvenes que las vendían relativamente baratas en sus propios talleres.

Lo hacían con tanta frecuencia que ya tenían una rutina establecida. Creo haberlo explicado alguna vez: al mediodía, antes de partir, almorzaban camarones y anticuchos en algún lujoso restaurante de Brickell Avenue y al anochecer, después de haber comprado a precios de ganga un par de cuadros, cenaban arroz blanco y frijoles negros en cualquier paladar de La Habana.

Y mientras estos mercaderes, aprovechando el propicio clima de los intercambios culturales, visitaban los destartalados estudios privados de La Habana Vieja, en el pequeño estudio de su casa de Barcelona, el pintor Juan Abreu comenzaba a pintar una serie de retratos al óleo con los rostros de los fusilados en Cuba desde 1959.

Juan Abreu

Recuerdo todo esto ahora porque el poeta Orlando Rossardi presentó ayer en el Centro Cultural Cubano de Nueva York su libro Tras los rostros (Aduana Vieja, 2017), una estupenda colección de poemas inspirados precisamente por los cuadros de Juan Abreu.

La presentación, en la que también participaron la activista de derechos humanos, María Werlau y el propio Abreu, se realizó de manera virtual a través de Youtube y fue, al menos para mí, un verdadero Déjà vu.

Y es que cuando volví a ver los cuadros, esta vez acompañados por la voz de Rossardi, no pude dejar de recordar cómo Juan Abreu, cuando terminó de pintarlos, declaró que su intención no era venderlos sino darles un rostro a los asesinados por el castrismo y poder exhibirlos, algún día, en una Cuba libre.

Recordé también cómo los cuadros de los que murieron frente a los pelotones de fusilamiento eran tantos que no cabían en su estudio. Muchos colgaban meticulosamente alineados en sus paredes; algunos descansaban, entre pinceles y tubos de acrílico, sobre las mesas auxiliares del estudio; otros, los menos, permanecían todavía en sus caballetes esperando un último retoque.

Viéndolos otra vez ayer en la presentación de Rossardi, recordé que todos tenían, eso sí, algo en común: el color parecía haberlos rescatados de la muerte. Era como si, envueltos en la luminosidad de los amarillos limón y los azules cobaltos, hubiesen regresado a la vida. A esa que les arrebataron en plena juventud. Sobre todo el rostro de Antonio Chao, resplandeciente a sus 19 años y mirando de frente a sus verdugos.

Cuando la presentación terminó, pensé que es probable que Juan Abreu no encuentre otro espacio donde exhibir sus cuadros. Pero también pensé que eso no importará. Y es que ya llegará el día en que los rostros de esos valientes y heroicos cubanos brillarán con luz propia en su patria liberada. Y podrán, al fin, descansar en paz.

Manuel C. Díaz es escritor y crítico literario.

Presentación:

One Comment

  1. Juan Fernandez

    Prohibido olvidar. Y todavía hay quien quiere dialogar

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