EDITO

LGI. Pastelitos de guayaba con queso

Por Zoé Valdés/La Gaceta de la Iberosfera.

Recibí unas fotos sumamente elocuentes acerca de la celebración del Mes de la Hispanidad en la Casa Blanca junto al secretario de Estado Marco Rubio y el presidente Donald Trump, entre varios artistas, escritores y periodistas cubanos, donde se brindaron, entre otras delicias, los típicos pastelitos de guayaba con queso, tan famosos en Miami e impuestos por el paladar cubano en Estados Unidos; sí, el detalle es el detalle.

Las declaraciones de Marco Rubio reflejan un endurecimiento sustancial de la política estadounidense hacia Cuba, aunque nada determinativo en el camino radical y directo hacia la libertad de los cubanos. El secretario de Estado presentó la situación de la isla como un problema de derechos humanos y de modelo económico, y como una cuestión de seguridad nacional. Al calificar a Cuba de «Estado fallido» y advertir que Washington no permitirá que se convierta en una base de operaciones contra Estados Unidos, Rubio sitúa la relación bilateral dentro de una lógica estratégica y de contención, especialmente por los vínculos de La Habana con países adversarios de Washington.

Esta posición descansa en tres pilares. El primero es la presión económica continuada. La Administración estadounidense ha ampliado las sanciones contra entidades financieras, energéticas y mineras relacionadas con el Estado cubano y con sus estructuras militares y de seguridad. Rubio sostiene que estas medidas buscan impedir que la élite gobernante obtenga recursos mientras la población sufre privaciones. La formulación oficial insiste en que el objetivo es desmantelar canales financieros vinculados con la represión y favorecer, en cambio, al sector privado y a la sociedad civil cubana. Una declaración del Departamento de Estado del 3 de septiembre detalla sanciones contra entidades y personas relacionadas con esas redes económicas.

El segundo pilar es el condicionamiento de cualquier cooperación a cambios políticos y económicos profundos. Rubio ha afirmado que la situación cubana no mejorará sin reformas dirigidas a ampliar las libertades políticas, la iniciativa privada y la capacidad de los ciudadanos para decidir su futuro —pero ¿esto último se pudiera hacer con elementos del régimen todavía en el poder?—. Este planteamiento deja abierta una vía de colaboración, la condiciona a una transformación sustancial del sistema, pero definitiva hacia la libertad absoluta y hacia un Nuremberg del comunismo en la isla cárcel. Entonces, no se trata de una política de diálogo gradual o de normalización, sino de una estrategia destinada a elevar el coste de mantener el statu quo.

El tercer componente es la ausencia deliberada de una «válvula de escape» para el Gobierno cubano. Según declaraciones recogidas por EFE en agosto, Rubio considera que La Habana ya no puede limitarse a esperar un cambio de Administración estadounidense ni confiar en la aparición de un nuevo patrocinador exterior. Esta idea sugiere que Washington busca ejercer una presión sostenida y cerrar mecanismos de financiación alternativos. Los castristas siempre hallarán el modo de burlarse de lo que sea, esperemos que Rubio lo sepa.

Desde la perspectiva estadounidense, la estrategia posee una lógica reconocible: intenta diferenciar entre el Gobierno cubano y la población, dirigir sanciones hacia las estructuras de poder y utilizar la presión económica como incentivo para una apertura democrática. También responde a preocupaciones legítimas sobre la represión política, la falta de pluralismo y la posible actividad de potencias rivales cerca del territorio estadounidense.

Sin embargo, la política presenta riesgos importantes. En una economía con escasez de combustible, apagones y deterioro de los servicios públicos, resulta difícil garantizar que las sanciones sectoriales afecten únicamente a las élites. Las restricciones sobre energía, banca, minería y comercio pueden repercutir indirectamente sobre la vida cotidiana, aumentar la emigración y reducir el margen de actuación de pequeños negocios. La Habana utiliza precisamente ese impacto para acusar a Washington de aplicar un castigo colectivo, argumento que su canciller, Bruno Rodríguez, ha reiterado al responder a Rubio.

También existe una tensión entre los objetivos declarados y los instrumentos empleados. Las sanciones pueden debilitar la capacidad económica del Estado cubano, pero no aseguran por sí mismas un cambio radical y ni siquiera una «transición» democrática. El aislamiento prolongado puede reforzar la narrativa gubernamental de amenaza externa, facilitar un mayor control interno y fomentar la búsqueda de apoyo en otros socios internacionales. Sin incentivos graduales, garantías humanitarias y canales diplomáticos estables, la presión corre el riesgo de convertirse en un fin en sí mismo.

En síntesis, las declaraciones de Rubio describen una política de máxima presión, disuasión estratégica y cambio condicionado, más dura que un enfoque de compromiso diplomático. Su fortaleza reside en la claridad con la que vincula las sanciones a la defensa de los derechos y a la seguridad estadounidense. Su principal debilidad es la incertidumbre sobre cómo esa presión se traducirá en reformas concretas sin agravar la situación de la población. La eficacia de la estrategia dependerá, por tanto, de que Washington logre combinar firmeza frente a las estructuras represivas con excepciones humanitarias, apoyo efectivo a la sociedad civil y una vía diplomática creíble.

Mientras en la Casa Blanca se degustaba pastelitos cubanos de guayaba con queso —lo que considero fenomenal—, y se invitaba a una parte de reguetoneros que aseguraba hace unos años que Raúl Castro le aseguraba la pasta dental —otra extravagancia que el exilio pagará caro, ojalá me equivoque—, a los muchachos encarcelados de El 4tico los condenaron a 7 y 8 años de cárcel por el mero hecho de pensar distinto y expresarlo, y a la joven de 22 años, Anna Bensi y a su madre las condenaron a dos años de limitación de libertad (prisión domiciliaria), por lo mismo. Ah, y les recuerdo, que hace años los pastelitos de guayaba desaparecieron del paladar del cubano de a pie en la isla.

 

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