Leche

Por Zoé Valdés.
La primera vez que salí de Cuba, y que entré en un supermercado, quedé trastornada frente al estante de los litros de leche. No podía creer que existieran tantas marcas de leche juntas. Entonces me di a la tarea de probar y catar cada una, todas me supieron riquísimas pese a su indistinto sabor y textura. El primer día me bebí no sé cuántos litros. La amiga Valérie T. no podía creer que yo tragara tanta leche, más que una ternera, y que no me fuera en diarreas. Pero, los que nos criamos en el comunismo tenemos los estómagos de acero ‘inolvidable’; fuimos alimentados por aquellas latas abofadas de ajíes agrios rellenos, vencidos de fecha, provenientes de la URSS (que nos mandaban en barcos con todo lo vencido y que por no botarlo nos lo sonaban a nosotros), que cuando le encajabas el abridor debías abrir la boca a todo lo que da y cazar el chorro en el aire para que no se te fuera la mitad al techo, sin contar la peste a pedo que inundaba las más vastas estancias y barrios, y por las latas de leche rusa, que por más que martillaras el fondo la leche dura y compacta no caía en el vaso, y las latas de carne grasosa que había que lavar bajo la pila y colgarlas con palitos al sol para que se le fuera la peste, en fin…
Hoy hablando con Félix Antonio Rojas me contaba que a él le dio por los yogures, iba a Día y se compraba cajas de yogures como para una Tercera Guerra Mundial. Lo mío fue con la leche. Y lo de la leche no se me ha quitado todavía… Además, al llegar aquí, Catherine Deneuve hacía una publicidad en la televisión de una leche que cuando la bebía al cuncún se le quedaba un bigote blanco y espeso. Yo siempre anhelé ser tan bella como la Deneuve en ‘Les Demoiselles de Rochefort‘, o como su hermana Françoise, pero a partir de ahí lo que quería imitar de ella era ese bigote nevado y sabroso.
No paré de tomar leches como una cachorra, de hecho hoy sigo catando leches por el mundo. A mi la leche que me priva es la española, yo no sé con qué alimentan a las vacas españolas, pero a mi la leche Pascual y La Asturiana son como el Dom Perignom salido de las ubres de las vacas españolas. Después me encanta la leche del Príncipe Charles, o sea, la inglesa que él comercializó con su nombre, ‘si vous-voyez ce que je veux dire‘, y la italiana y la suiza. Pero la primera, la española.
Cuando pude sacar a mi madre de Cuba, que compré su libertad cual esclava con derecho a cepo de diseño to’stenemos -literalmente-, la obsesión de ella, como de cualquier madre cubana, era la carne, y en segundo puesto, la leche. Al poco tiempo de estar aquí empezó la jodientina con lo de las vacas locas, pero mami seguía zampándose unos Chateaubriand que parecían alfombras persas. Una tarde mi querido amigo Alain Corneau entabló una conversación conmigo acerca de François-René de Chateaubriand, y mami le soltó aquella frase memorable: «¡No hay como un buen Chateaubriand con papitas fritas!». Y siguió: «¡Pero aquí no saben cocinarlo bien, no lo adoban, lo dejan así ensangrentado y con una babita rojiza, yo lo cocino bien como cualquier palomilla que se respete, y le hago ese adobo de chuparse los dedos…!». Tuve que explicarle al realizador de ‘Toutes les matins du monde‘ que en Cuba toda una generación de cubanos le llamaban Chateaubriand a los biftecs a causa de una receta de cocina diz que francesa concebida por una habanera tarada de antes del Año del Error.
Con la leche pasa ahora más o menos que con las vacas locas aquellas: les ha dado por decir que la leche debe beberse hasta los 14 años, y para colmo la primera que lo dice es la Deneuve… Que si no nos fijamos que las bestias amamantan hasta más o menos el equivalente a esa edad en los cachorros, y que si patatí y patatá. Bueno, allá las bestias que no vivieron obligadas como bestias, valga la redundancia, bajo el comunismo, y que no han tenido nunca refrigerador o nevera… Que si da cáncer, que si esto y lo otro. Coño, todo lo bueno da cáncer. Aunque ahora la gente ya no se muere de cáncer, sino del virus narra.
Lo cierto es que, dándole cuerda a la mente, recordé el día en que en La Herradura me disparé un litro de leche La Asturiana, así entero, como si fuera una 1664 bien fría, y que sentí mayor placer que si Johnny Flynn me hubiera besado como mismo besó a esta niña en La Excavación y a la otra en Emma.
Yo soy muy lechera, pero lo reitero, como la leche esa española no hay. Sólo por esa leche española, y no sólo por eso, mato. Es la razón por la que me entró tanta tristeza cuando el otro día oí a una política española confesar en la tele que en las colas del hambre muchas veces las madres piden leche para sus hijos. Mal síntoma, muy malo.
Zoé Valdés es escritora y artista. Fundadora y Directora general de ZoePost.

2 Comments

  1. Félix Antonio Rojas G

    Brutal ¡¡¡

  2. Ulises Fidalgo

    La leche!

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