Por Carlos Manuel Estefanía.
Queridos lectores:
Les escribo una semana más desde Botkyrka, este rincón de Suecia donde el frío muerde la piel, pero las instituciones —cuando funcionan— parecen acercar a las personas. Desde aquí, entre el 25 de abril y el 2 de mayo de 2026, uno va entendiendo algo que en Cuba nos han negado durante demasiado tiempo: gobernar no es mandar, es escuchar, corregir y, sobre todo, servir.
El 29 de abril ocurrió algo que, visto desde nuestra experiencia, tiene más profundidad de la que aparenta: en el hogar de ancianos Tornet, en Norsborg, se anunció la apertura de una sección en idioma siríaco. Puede parecer un detalle administrativo, pero no lo es. Es, en realidad, una forma concreta de decirle a una persona mayor: no has dejado de ser quien eres. En la Cuba que algún día tendremos que reconstruir, comprender que la dignidad también pasa por la lengua y la memoria será esencial.
Ese mismo día, el ministro social Jakob Forssmed se sentó a conversar con los residentes sobre la soledad y la salud mental. Sin cámaras innecesarias, sin consignas. Solo presencia. Solo escucha. Y entonces la pregunta inevitable: ¿cuándo vimos algo así en nuestra isla?
Confieso, además, que para mí este encuentro tuvo una resonancia personal. Conocí a Forssmed hace ya unos cuantos años, cuando representaba a la juventud democristiana sueca. Coincidimos entonces en un comité que impulsamos para promover la candidatura al Premio Nobel de la Paz del opositor cubano Oswaldo Payá. Recordar aquel esfuerzo, y verlo hoy desempeñando responsabilidades de gobierno con esa misma cercanía, añade una dimensión humana a lo que de otro modo podría parecer solo un gesto institucional.
Aquí, además, los impuestos no desaparecen en un agujero negro: regresan, y se notan. El 27 de abril se restablecieron los autobuses directos hacia Liljeholmen, acortando trayectos en hasta 45 minutos para vecinos de Uttran y Skäcklinge. Puede parecer poco, pero quien ha perdido horas de vida en el transporte sabe que eso es tiempo recuperado. A la par, se inauguró la Eleonoraskolan en Hallunda, una escuela pensada para mil estudiantes, fruto de una inversión considerable y, lo más importante, visible.
Nada de esto se hace a escondidas. El presupuesto municipal para 2026 se presenta con cifras claras: bajada de impuestos y refuerzo de la seguridad. Sin discursos grandilocuentes, sin enemigos abstractos. Aquí la política se mide en resultados, no en consignas.
Pero sería ingenuo pintar esto como un cuadro perfecto. La democracia, cuando es real, no maquilla sus problemas. La policía sigue buscando respuestas en el caso de una joven asesinada en Rönninge; hay incidentes de alcohol al volante, casos de violencia doméstica. La diferencia es otra: aquí no se ocultan. Se exponen, porque solo lo que se muestra puede resolverse.
El 30 de abril, con Valborg[i], las hogueras volvieron a encenderse en parques y espacios abiertos. Familias, jóvenes, vecinos… una celebración que no necesita ser dirigida desde arriba. La sociedad civil respira, se organiza, se expresa. Y eso también es democracia.
Mientras tanto, la vida sigue su curso con esa naturalidad que en Cuba tanto extrañamos: teatro, conciertos, talleres, actividades deportivas, encuentros culturales. No como excepciones, sino como parte de un tejido vivo. Es ahí, en lo cotidiano, donde la democracia deja de ser un concepto abstracto y se convierte en experiencia.
Ahora bien, no todo lo aprendido esta semana se limita al ámbito local. Suecia también ha mostrado el rostro más complejo de la política. El Parlamento ha decidido endurecer las condiciones para obtener la ciudadanía, ampliando los años de residencia y exigiendo mayor integración. Una decisión que afecta a miles de personas y que ha generado críticas, especialmente desde el Lagrådet, ese órgano independiente que vela por la calidad de las leyes. La enseñanza es clara: la democracia también toma decisiones difíciles, pero necesita contrapesos que impidan que la urgencia atropelle la justicia. En Cuba, donde el poder nunca ha tenido freno, esto resulta casi una aspiración lejana.
En materia de seguridad, el país se prepara. El ejercicio militar Aurora 26 reúne a miles de efectivos en una demostración de que la libertad, si no se defiende, se pierde. Al mismo tiempo, el gobierno alerta sobre riesgos económicos con una transparencia que sorprende a quien viene de un sistema donde la información es siempre sospechosa.
Y en medio de todo, la cultura sigue marcando el pulso de la nación. El rey Carlos XVI Gustavo ha llegado a los 80 años como símbolo de continuidad; artistas como Zara Larsson brillan en escenarios internacionales; y figuras como Georg Wadenius se despiden dejando una huella profunda. Aquí, la cultura no es un instrumento: es una expresión libre.
Así transcurre la vida entre noticias grandes y pequeñas, entre hogueras que iluminan la noche y debates que iluminan la sociedad. Y uno termina comprendiendo algo esencial: la democracia no elimina los problemas, pero crea las condiciones para enfrentarlos sin miedo, con reglas claras y de cara al ciudadano.
Desde el exilio, uno mira todo esto con una mezcla de serenidad y nostalgia. Y sueña. Sueña con una Cuba donde cada municipio —de Mantua a Maisí— funcione con esa lógica sencilla pero poderosa: decisiones cercanas, instituciones que respondan, ancianos respetados, ciudadanos informados, autoridades vigiladas.
Porque, al final, la democracia no nace en los grandes discursos ni en los palacios. Se construye, poco a poco, en la vida diaria de la gente.
Desde Botkyrka, para los cubanos dentro y fuera de la isla.
Carlos Manuel Estefanía.
[i] Valborg, o la Noche de Walpurgis (30 de abril), es una tradicional fiesta sueca que celebra la llegada de la primavera y el fin del invierno. Se caracteriza por grandes hogueras comunitarias, coros cantando canciones primaverales, fiestas estudiantiles y reuniones al aire libre, marcando el inicio oficial de la temporada cálida.
















