Las sirenas no pueden cabalgar

Por Ulises Fidalgo.

 

<<Un país donde el himno nacional se compuso sobre un caballo sólo puede terminar como una nación de jineteras.>>  Mi amigo Orestes estaba sufriendo uno de sus despechos amorosos. El último antes de casarse con aquella contorsionista vietnamita. El día que me contó que la había conocido en un hotel de La Habana, supe enseguida que terminarían en matrimonio. Era la mujer apropiada para él. Yo estaba releyendo el cuento de Borges “Funes, el memorioso”, y recordaba el final donde el protagonista Funes necesitaba nombres distintos para designar al mismo perro. Uno para cuando el perro estaba de frente, otro para cuando estaba de lado, en diagonal. Dependía de la posición. Mi amigo era muy enamoradizo, casi inconforme, y aquella mujer podía adoptar un sinnúmero de formas distintas, hasta crearle la ilusión de que eran varias mujeres en una, y así saciar su necesidad de ser amado por tantas. Una manera muy cómoda de ser un hombre fiel (Lo sé, el adjetivo cómodo no es el más apropiado para hablar del tema del amor hacia una contorsionista). Ignoro con cuántos nombres la llamaría en la intimidad. Una vez le pregunté cómo ella se llamaba y me contestó:

 

– Es un nombre vietnamita. Impronunciable. La llamo Clitemnestra.

– Claro, porque te llamas Orestes.

– No, no es por eso. Es que me gusta besarle por encima de la frente cuando tiene los muslos al lado de las mejillas.

 

Fue un alivio su respuesta, porque en la tragedia Orestes mata a Clitemnestra. Aquella impudicia de besarla por encima de la frente, me recordó otro beso, pero mucho más casto. Más abajo. Exactamente en la frente. El beso de Martí a la niña de Guatemala. Se lo dije a mi amigo, y él enseguida cedió a la tentación de preguntarse cómo sería aquella muchacha que inspiró tanta poesía.

 

– Supongo que como Gloria Álvarez- improvisé una respuesta. No conocía a ninguna otra guatemalteca bonita.

– ¿De verdad crees que la niña de Guatemala era como Gloria Álvarez?

– Al menos tendría el mismo acento.

– Pero mucho más calmado. Gloria Álvarez parece que está conectada a la corriente, y no creo que la Ciudad de Guatemala estuviera electrificada en aquellos tiempos. Debieron llamarla Electra en vez de Gloria.

– Todo son alusiones a esa familia disfuncional.

– Gloria Álvarez es el poder de la niña de Guatemala y la electrificación.

 

La casa donde vivió José Martí en Madrid queda en la Calle del Desengaño. Digamos que es un barrio de meretrices. Así evitamos su verdadero apelativo, aunque luego lo tendré que usar. Actualmente el barrio gay de Chueca se ha extendido hasta la Gran Vía y ha invadido esa zona. En esta situación la cacería se ha complicado un tanto. Ahora las prostitutas tienen más dificultades para distinguir a las posibles presas. Ignoro si en tiempos de Martí el barrio estaba tan asociado al sexo como hoy en día. De todos modos el nombre de la calle, Desengaño, parecía asignado para su destino. Todos los 28 de enero Orestes pasaba por ese edificio, leía la tarja en la pared, y luego escapaba evitando las miradas de falsa concupiscencia de las putas y de sincera reticencia de los chulos. No iba para hacer un homenaje particular a José Martí, sino como un pretexto para recordarse cubano. El afecto a Martí es el centro de gravitación de la cubanidad. Es inevitable. Se exaltan sus virtudes, y se reprimen sus contradicciones. Faltan generaciones para que los cubanos puedan permitirse intentar un estudio objetivo sobre José Martí sin sentir que están atentando a su propia identidad.

 

Orestes aprendió la palabra “hosca” tras leer el poema a la bailarina española del poemario “Versos Sencillos”. En vez de “hosca”, Martí uso la versión antigua, “fosca”, por rigores de la métrica. El poema describe a la perfección el baile de la famosa vedette La Bella Otero. En YouTube hay una pequeña película de ella bailando. Hay un sombrero cordobés (Martí dice torero), y una capa que no sabemos si es carmesí porque la película es en blanco y negro. Tampoco escuchamos el taconear sobre el tablado, pero sí lo vemos. Cuando ella se quiebra no se sabe si cae o se levanta. Algo así dicen de los gallegos.

 

Alguna gente se atrevió a clasificar a aquellas mujeres de la Belle Époque como prostitutas, porque recibían favores y joyas de príncipes, reyes y emperadores a cambio de sus encantos de juventud. Sin embargo, es evidente que hay una gran diferencia entre la Bella Otero y aquellas mujeres que se marchitan en la Calle del Desengaño. La frontera entre la virtud y la putería no es nítida. Casi nadie duda de lo hipócrita que es el término amor Platónico. Lo que hay son amores no correspondidos. Pero así como es inverosímil el amor carente de sexo, también es absurdo el sexo sin amor. Las mujeres de la calle Desengaño luchan constantemente contra el impulso a amar a cada cliente, por eso todo se vuelve sórdido a su alrededor. Sin embargo hay otro tipo de intercambio donde se incluye el amor. Desde que habían permitido entrar a los hoteles en La Habana, Orestes los visitaba asiduamente. Se sabía enamoradizo y prefería enamorarse de una extranjera que lo sacara del infierno de Cuba, antes que ir la discovianda para terminar casado con una guaricandilla del barrio.

 

Las banderas de la entrada del hotel no le impedían entrar. Por el contrario, entraba porque eran extranjeras, y aún con más deseos si estaba incluida la bandera española. Era el mismo idioma pero sin tantas penalidades. Orestes me contó sobre un espectáculo en la piscina de una joven que bailaba en el agua.

 

– Nunca me acerqué a ella. – Dijo. – No porque fuera cubana, sino por lo del peligro de las sirenas. Ya sabes, el pasaje de atarse al mástil.

– Orestes, tú no eres el que se llama Ulises.

– Sí, pero las sirenas no saben el nombre de los incautos a priori.

 

Mi amigo y yo coincidíamos en que no había manera de evitar los mitos. Nadie penetra en la Amazonía sin recordarlas a ellas entre las sombras húmedas. Ningún espectador podía asistir a aquel espectáculo de nado sincronizado sin pensar antes en las sirenas. Difícilmente se puede entender que aquella danza incómoda sea un deporte. Ciertamente el adjetivo “incómodo” dicho por Orestes suena algo sarcástico. Minutos después del espectáculo de la piscina, él conocería a su actual esposa, la contorsionista vietnamita Clitemnestra. La música escogida era otra alusión. Era la habanera de Carmen. Precisamente Carmen. Ella entró al agua. A Orestes le parecía que era la imagen la que conducía al sonido y no al revés. En rigor sabía que no era así, pero era parte del mito al que se abandonaba. Si el agua rompía, no era porque la música había roto al silencio antes, sino todo lo contrario. El sonido seguía a los movimientos, y así del baile brotaba el lamento de Carmen. Ya sé que no es un lamento, pero así suena. Solamente el movimiento lento y continuo de las ondas hacia la orilla, era ajeno al ritmo firme en la música. Aquella hosca indiferencia era una clara rebeldía infantil. No podía ser una actitud sincera eso de alejarse de ella. Ella desesperaba. No quería que hubiese paz. La sonrisa era imperturbable, pero era el único referente que permitía. Sólo escondía la sonrisa bajo el agua para mostrar las piernas. En ese momento uno podía darse cuenta de que ella también podía cabalgar. La música avanzaba y el aire, y el calor, se obstinaban en no seguirla. Tal vez la quietud de los elementos era también éxtasis. Cuando llegó el final, el silencio, el vacío empujó hacia un aplauso. Ella salió y saludó. Regresó la calma. Él intentó el desdén. Lo que antes había sido mitológico durante la música, ya era otra vez una mujer. Si ahora brillaba era tan sólo por causa del agua. Esas gotas sólo rodaban hacia abajo porque caían, y no estaban sugiriendo los trazos de ninguna caricia.

 

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University. Jefe de Redacción de ZoePost.

 

2 Comments

  1. Heidys Yepe

    Siempre sublime. Gracias Ulises!

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