La vida secreta

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Por Ulises Fidalgo.

 

“Nunca antes su literatura alcanzó tan alto vuelo.”- Termina de leer su último escrito y dilata una sonrisa de satisfacción. Desde hacía años estaba diseñando un cuento donde una situación ridícula provocara espanto.

 

– Casi nadie se avergüenza de reír en las películas cuando alguien pierde el equilibrio sobre una cáscara de plátano, o le lanzan una tarta a una señora en la cara – recuerda un comentario que un día le hizo a su mejor amiga -. La ficción genera menos culpa. Alguna vez escribiré algo donde el lector se percate de su crueldad mientras ríe. ¿Cómo lo haré? No sé, quizás confundiendo el escrito con la realidad. Seguro se puede, el lenguaje también es resbaladizo.

 

Recoge los pocos folios que son su cuento, los pone en la parrilla de la bicicleta sin mucho cuidado y sale rápido hacia la casa de su amiga.

 

– ¡Lo logré! – Se dice.

 

El viento es fuerte y está en dirección contraria. Le espera un viaje agotador; pero no importa, a ella le encantará. Es bella, inteligente, simpática…

 

– Su único defecto es que no está enamorada de mí – sonríe.

 

La imagina. Cuando llegue lo recibirá con una sonrisa. Sólo escribe para visitarla. Quizás ya hubiera abandonado aquella afición, si a ella no le gustara leer sus historias.

Dobla la esquina sin mirar. Pedalear es un ejercicio monótono y cuesta conservar la atención. Después de escribir el cerebro se queda con inercia de creación y acuden multitudes de pensamientos originales.

 

– Cuando me den un premio la invitaré – piensa – . Es lo menos que puedo hacer por alguien que siempre ha creído en mí. Estará a mi lado. ¿Cómo irá vestida? De negro, tal vez. A ella le queda muy bien el negro.

 

Ante sus ojos está el asfalto y la rueda de la bicicleta; pero no los ve. Su mirada está perdida. Las imágenes que le llegan de fuera son un mero fondo donde ocurren disímiles situaciones imaginarias.

 

– Cuando digan mi nombre– continúa, sin percatarse de que pasa el primer semáforo-. No, mi nombre no.

 

Por suerte estaba la luz verde.

 

– Me inventaré un seudónimo. ¿Cuál? Tal vez Walter Mitty. Me encanta ese cuento. Cuando digan mi seudónimo, “Walter Mitty”, ella se levantará y comenzará a aplaudir.

 

Llega al segundo semáforo, esta vez en rojo. Desde un camión suena el claxon.

 

– La ovación será tan grande que casi no podré escuchar lo que digan de mí.

 

Vuelve a avisar el conductor del camión.

 

– Ella me abrazará y me besará. ¡Cuánto he esperado este momento! Me besa, por fin me besa y se acerca a mi oído… ¿Qué me dice? No la oigo.

 

El claxon suena desesperado.

 

– Es halagadora la ovación; pero prefiero oírla a ella. Tanta gente mirándome. En sus ojos al fin se ha borrado la compasión, por primera vez me admira y ya, me admiraría sin tener que hacer nada, me quiere porque soy yo. ¡Me ama!

 

El camión frena en seco. Walter Mitty sube las escalerillas de la tribuna. Los neumáticos suenan contra el asfalto. Ella lo mira, sonríe, no deja de saludarle. Está eufórica. Las personas se detienen ante lo inevitable. El público aplaude. Los transeúntes acomodan sus rostros para el espanto. Nadie queda indiferente. Los aplausos crecen. El sonido del claxon se acerca y persiste hasta el oído. Sólo el golpe en la cabeza interrumpe la ovación. El cuerpo sale hacia un contén. La bicicleta sigue hacia el frente y los papeles son levantados por el viento. Si hubiera valido la pena escribir aquella historia, tal vez él mismo se hubiera burlado diciendo: “Nunca antes su literatura alcanzó tan alto vuelo”.

 

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University.

4 Comments

  1. Heidys Yepe

    Me encantan sus historias, tan humanas. Siempre hay más de lo que leemos a simple vista.😊
    Gracias.

    • Ulises Fidalgo

      Muchas gracias, Heidys. Me encanta que le haya gustado. Esa historia es de la época en que montábamos bicicleta y escribíamos sobre el papel. Un abrazo.

  2. Yaea Felipe

    Papel y lápiz en mano, bicicleta andando…inmerso en un sueño creativo que lo llevó a la muerte aunque nunca se percató de ello. ¡Me encantó la historia!

    • Ulises Fidalgo

      Muchas gracias, Yara. Y lo que no sabía antes de llegar a Cleveland es que Walter Mitty es de Ohio. Abrazos.

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