La señora de la valija

Por Denis Fortun.

– Señor, mis valijas no aparecen. ¡Yo vuelo en primera clase, ¿sabe?!

– Terrible –le contesto con ironía, convencido que es de ese tipo de pasajero del que debes huir inmediatamente, sobre todo si estas a punto de terminar tu jornada de más de diez horas lidiando con gente que, algunos se te antojan hasta locos, y agrego con mucho más cinismo—. Al parecer los que descargan equipajes allá fuera no respetan estratos sociales, mi señora, y eso es terrible.

– No lo digo por eso, señor –me responde afectada—. Es que, si pago más caro el pasaje que el resto, es lógico que reciba un trato diferente. El mejor sin dudas. Y veo que no es así.

– Por supuesto que tiene razón. Déjeme ayudarla entonces… ¿De dónde viene?

– Del aeropuerto de Caracas, señor –ahora la afectación se troca en orgullo, y yo la miro con ganas de decirle que Caracas no tiene aeropuerto, y has de ir a Maiquetía para tomar un avión y, sin embargo, me quedo callado y sonrío.

– Vamos al carrusel uno. ¿Cómo es su maleta? Blanca, negra, carmelita…

– Es una Louis Vuitton, carmelita, grande. Viene vacía. Es que voy a comprar algunas cosas aquí.

– La entiendo, señora.

Le pido sus tickets de reclamo de equipaje y comienzo a confrontar los números del tag, maleta por maleta, y por fin encuentro la suya. No es una Louis Vuitton. Ella viaja con una Samsonite negra, detalle que le hago saber con morbosidad, restregándole en la cara, con mucha sutileza, que no recuerda el color de su valija para que venga a portarse con tanta petulancia. Claro, le hablo sin ser grosero, sin decirle nada ofensivo, todo con segundas intenciones que después no puedan probarse. Ella, lógicamente, protesta, pero no por mi mal humor, mi mal intencionada observación. La culpa es de su empleada, esa tarada, que va a pagar por su torpeza. Que nada más ella llegar a Caracas la va a despedir por incompetente.

– Gracias, señor -termina diciéndome con su orgullo roto, pero tratando de recomponerlo lo más rápido posible-. Ha sido usted muy amable. Ahora me voy, afuera me esperan unas amigas.

– Por ahí no se sale, señora- le digo con evidente cansancio.

– ¿Por qué no? Yo salgo por donde quiera. Vine en primera clase, ¿no lo recuerda?

– Mi señora –le aclaro con marcada paciencia—, su “primera clase” fue en el aire. Aquí, en la tierra, ya no tiene clase preferencial alguna. Esa parte, por la que usted pretende irse, está cerrada y sólo se abre para mover grandes cantidades de equipajes, o para alguna emergencia.

-Pues yo voy y, por favor, ábrame el cordón. No me dirá que tengo que dar toda esa vuelta alrededor del carrusel.

-Pues no, mi señora. No se abre. Y habrá de dar la vuelta.

– ¡Dios mío! ¡Qué obstinado es usted! ¿Cubano acaso…? ¡Se le nota definitivamente!

– Regulaciones, mi señora. Y si, de La Habana, de la barriada La Timba.

– Yo no creo en regulaciones, señor. Mucho menos de un empleado.

– ¿Me permite una pregunta, señora?

– Sí- acepta después de pensarlo un par de segundos.

– ¿Está usted casada?

– No- me responde disgustada y sorprendida

– Ya veo –le contesté y di media vuelta, dejándola sola, sin saber qué hacer, y mucho menos por dónde salir.

 

Denis Fortun es poeta y escritor.

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