La Quinta de Dieguito

Imagen Steve Buissinne

Por Ray Luna.

Había poco ajetreo a esa hora del día. Apenas pisé el umbral sentí el detestable aroma del aguardiente mezclado con humo de tabaco y sudor. El sujeto tenía el gesto estragado. Estaba sentado aparte, solo. Permanecí, por un breve instante, observando la mano prietusca con la que transportaba media línea de ron hasta su boca. Le pregunté si él era Veitía. Se limitó a alzar la vista. Le dije que estudiaba periodismo y quería hacerle unas preguntas.

—Ya me iba —me respondió amagando con levantarse.

—Un rifle ¿qué le parece? —le riposté con descaro.

—¿De qué? —objetó.

El viejo supo enseguida que yo no podía ser estudiante de nada.

—A usted le dicen “Verdugo” ¿no es verdad? —dije con voz ridícula.

—¡Dale! —respondió esbozando una mueca que se asemejaba a una sonrisa.

Fui hasta la barra, saqué unos pesos y pagué. Tomé asiento. El viejo prendió un cigarro, colocó la fosforera con el culo lleno de cabezas de alfileres sobre la mesa, chupó con fuerza y luego de un momento aventó una obscura bocanada de humo.

—¿Es verdad que le dicen “verdugo”? —volví a preguntar en voz baja.

—No sé, lo que la gente diga me da tres pepinos —repuso mirando con sed la botella.

—¿Es verdad que usted ayuda a la gente a permutar?—le espeté entrecomillando la última palabra con los dedos.

—No ayudo a nadie a nada —replicó con un gesto de piedra.

De repente, resonaron chiflidos dentro del bar, los hombres gritaron toda clase de obscenidades al ver pasar a dos jovencitas tomadas de la mano.

—Sí, pero la gente dice que usted…

—Me importa un comino, la gente habla mucha mierda —interrumpió sin dejar de mirar la botella de ron—. No ayudo a nadie a nada.

—Pero ¿y entonces? —pregunté mientras deslizaba el líquido a través de la mesa.

—No sé —contestó abriendo la botella—. La gente es del carajo.

Un niño, como de unos ocho años, que había entrado con su perro a comprar dos puros, intercambió improperios con los clientes de la mesa más próxima a la nuestra. El estrépito de grotescas carcajadas cortó de cuajo el ritmo de mi interrogatorio.

El viejo derramó un chorro de ron en el suelo y dijo alguna cosa que no alcancé a oír. Luego me ofreció un trago y acepté. Nada agrada más a un borracho que beber acompañado.

Mientras tanto, el lugar se iba abarrotando de a poco. Hasta nuestra mesa llegó de golpe el hedor amoniacal que despedían los mingitorios. Bebimos el primer trago en total silencio y cuando hubo dado la última patada al cigarro continué mi inquisición.

—Mire, aquí tengo el dato de que Emanuel Sotolongo, vecino de la calle Amparo, no perdón de la calle Real, entre Amparo y Virtudes —rectifiqué—, en el número ocho, se colgó el 16 de octubre pasado. Los vecinos me dicen que un hombre fue… que un hombre que se dedica a “eso” fue a ayudarlo. Un tal “verdugo”.

—Ah sí, ese muchachito, el pobre —lamentó. Mira, él vino a mi cuartico preguntando cómo se hacía un dogal. Tú sabes cómo está la situación, hay un montonal de gente arrebatada —dijo con un tono suave, como buscando mi aprobación. Con los ojitos llenos de lágrimas —prosiguió el viejo— me dijo estas cosas: “Si usted quiere decirme cómo se hace el nudo, dígamelo o no me diga nada. Si no, no importa, pero de todas maneras lo voy a hacer. Ayer mismito casi me dejo caer desde un cuarto piso, pero no quiero hacerle eso a mi madre. No quiero terminar con la cara desfigurada; probablemente me reviente la cabeza. Quiero irme suave, tranquilo, pero de que me mato, me mato.”

—Y usted ¿qué hizo? —pregunté inclinándome ligeramente hacia él.

—¡Ah! le dije que se fuera, que yo no sabía nada de eso.

—Pero usted si sabía hacer el nudo ¿verdad que sí?

Veitía miró a su alrededor para cerciorarse de que nadie nos escuchara. En efecto, la mesa de al lado estaba muy ocupada con un listero que andaba recogiendo los números de esa noche.

Escuchando a aquel hombre tan interesante recordé una anécdota sobre Séneca, quien, por órdenes de Nerón, tuvo que darse un tajo en las venas. Sin embargo, estaba tan flaco a causa de su estricto régimen que tuvieron que cortarle los tobillos y meterlo en una tina de agua tibia para que se desangrara más rápido. “La muerte puede ser una tortura, pero no es una expiación”, decía el vengativo conde de Dumas.

El ron hacía su trabajo. Cuando un hombre abre su alma así, lo mejor es escuchar en silencio. Entre otras muchas cosas, Veitía me confesó que había aprendido el arte de la cabuyería en Angola. Al parecer los soldados se divertían estrangulando homínidos porque “la guerra era muy aburrida y había que matar el tiempo”. Me confesó además que nunca quitó la vida a un hombre. En cambio, llegó a usar un cadáver como almohada. Veitía decía estas cosas con gran tranquilidad pero sin alardear. Él no supo cómo fue que comenzó todo. De pronto, se había convertido en una especie de sacerdote. Cuando regresó de África en el 78, los veteranos comenzaron a buscarlo no nada más para confesarle sus tendencias suicidas, también para pedirle consejos sobre cómo “permutar”. Él mismo provenía de una familia cuya larga tradición suicida consistía en que los hombres “se daban soga y las mujeres candela”. Según esto, muchos suicidas, aunque decididos a llevar a cabo su plan, temen fallar y, de hecho, fallan. Muchos quedan tullidos, mutilados o locos intentando la vía del veneno o algún otro disparate. Veitía estaba totalmente convencido de que es 100% más efectivo lanzarse a las vías del tren que cruzar la calle con los ojos cerrados, por ejemplo. Aunque, dijo también que “la gente religiosa prefiere conservar el cuerpo intacto”.

Tomaba pequeños sorbos de ron continuamente. Unas veces sonreía y otras parecía querer llorar. Me contó historias terribles de gente muy trastornada.

—Tengo una duda —dije aprovechando que el viejo hacía una pausa para prender otro cigarro— si los muertos no pueden recomendarlo, ni usted puede anunciar sus servicios ¿cómo es que la gente se entera?

—No es un negocio, es un don. Yo no cobro —afirmó frunciendo el ceño—. Han venido a verme gente de todo tipo. Desde un médico hasta un albañil, de todo. Pero no cobro. Lo que pasa es que algunas personas han venido a verme dos o tres veces. Cada quien requiere de una cuota de valor diferente. Mira, una vez, aquí mismo, a este bar, vino a verme un médico para una permuta. Domingo, creo que se llamaba. Resulta que este hombre estaba dándose unos tragos con unos amigos en su casa y, cuando vaciaron la primera botella, mandó a su hijo en la bicicleta a buscar otra. Y, con tan mala suerte que atropellan al fiñe. Estuvo en coma una semana hasta que le declararon… esto… chico…

—Muerte cerebral —agregué.

—¡Sí, eso mismo! —contestó con un raro entusiasmo mientras la cenizas del cigarro caían al piso—. Bueno, para no hacerte el cuento más largo —añadió—, se lo estuvo pensando por casi un año hasta que finalmente se decidió.

—Pero, ¿usted no cree que un médico sabe perfectamente cómo terminar una vida? —repliqué.

—Nunca dije que hubiera venido buscando un método —sonrió sin mostrar la dentadura. Vino a hacer las mismiticas preguntas que me estás haciendo tú.

—¿Usted sabe por qué estoy aquí? —pregunté con voz rencorosa.

—Sí, lo sé —sus fosas nasales se dilataron como las de una fiera acorralada.

En vano quiso este criminal ponerse de pie, porque antes de que tuviera tiempo la porra que traía escondida cayó como un rayo sobre su sien derecha. Después del primer porrazo, pesado y sordo, llegaron tres más. Mientras lo golpeaba salvajemente, en un francés perfecto, pronuncié frenéticamente estas palabras: “¡Il tue pour attaquer, il tue pour se défendre, il tue pour s’instruire, il tue pour s’amuser, il tue pour tuer!” Luego eché mano de mi punzón y le hice tantos agujeros en la garganta como tiene un cedazo, me subí a la silla y brinqué con los dos pies sobre su estómago; los chorros que brotaron me salpicaron la cara.

Debo haberme mareado por el olor ferroso de la sangre, pues, cuando vine a ver, los hombres, que al principio habían quedado espantadísimos comenzaron uno a una a incorporarse. Fue entonces cuando, salvando un par de obstáculos, salí por la puerta que da al Chamberí. Corrí calle abajo cual caballo desbocado. Llegando a la esquina oí voces de alarma.

Ray Luna es bloguero reaccionario. Autor de Retórica socialista.

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