La marcha

Por José Abreu Felippe.

Para Alain y Michel,

                                                                                 aquel día en Flagler y la 27 Ave.

Vamos caminando por toda la Calle 8 en dirección al downtown. No es la primera vez que lo hacemos y tampoco será la última. Todos nuestros vivos y todos nuestros muertos nos acompañan. El comienzo es lento porque los cuerpos son viejos y están gastados. Llevamos pomos de agua previamente congelada, sombrillas, carteles y banderas. Muchas banderas, todas iguales. Surcos azules donde se escurren biajacas y truchas entre cuerpos elásticos. Delgados como flejes. Antiguos y duros como los árboles de las orillas. Ríos blancos como leche joven. A presión, tumultuosa e inútil. Como leche manando de várices, de pieles ulcerosas, de ganglios agotados. Como miel de aguinaldo sobre hombros caídos. Sobre espaldas caídas, pingas caídas, brazos caídos, tetas caídas. Atiborrados de lunares, verrugas y demasiadas bajezas. Como nubes sobre labios secos, senos secos, ovarios secos, cojones secos. Entre sillas de ruedas, entre muletas, entre bastones doblados por el agobio, vamos caminando. Entre cantinas de a $1.99 la completa, desarrapados, vamos andando. Regando blancos jirones sobre la obstinación y el desencanto. Arrastrando la sangre, tirando de la sangre, vomitando sangre. Tras los ríos de leche y los surcos azules va la sangre formando coágulos. Sangre agujereada, ahogada, vejada. Persistiendo bajo ríos azules y ríos blancos, a la sombra roja de la sangre, damos un paso. Después otro. Y otro más. La vieja de la sombrilla observa borrosa la marea. El viejo del bastón tose y avanza. El enfisema pulmonar, la próstata extirpada y el radical de mama, nada pueden agregar. La artritis y la desesperanza empujan cadáveres ahogados, cadáveres mordidos, cadáveres reventados contra el asfalto, cadáveres humillados por el cáncer. Es importante que nadie se detenga. Vamos caminando, de contén a contén, obstinados hasta la fatiga, ganando un metro, media cuadra. Jubilados pendientes de sus sellos de alimentos, carteros, vianderos clandestinos, amas de casa, un anciano operado de cataratas. Una mujer colérica. Un patriota olvidado. Todos avanzan. Delante, inevitables, localizando los lentes de las cámaras, como siempre, van los políticos corruptos seguidos de numerosos aspirantes y sus correspondientes lameculos. Dos de cuello y corbata, uno en guayabera y catorce muy naturales en mangas de camisa. Entre ellos, destacándose, va uno que apodan El Doctor, aunque no es médico. No se pierde un foco con la esperanza de salir en la primera plana, aunque su sueño es residir permanentemente en Sociales. Es rico porque ha sabido vivir del ego de los que aspiran a colaborar con su empresa sin recibir pago alguno. Aunque los que aspiran a recibir algún tipo de pago, tampoco lo reciben. Va caminando sonriente, esclerótico, saluda enarbolando una retórica en desuso mientras mira de reojo a su chofer y esclavo –un negro de librea– que lo sigue sumiso. Un poeta rimado y nada fotogénico le da la mano. Una entrevistadora de un canal hispano que apenas balbucea el español se acerca a entrevistarlo. Recaba su opinión sobre la marcha, pero El Doctor no está para minucias y la emprende contra internet y la pornografía latente en la sección de contactos de un diario local. Detrás van treinta locutores con sus micrófonos abiertos aplaudiendo a mansalva, veintiséis periodistas freelance, dos escritores inéditos y cuarenta que han logrado publicar mediante la autogestión y el autofinanciamiento. Los otros no están. Seiscientos treinta y dos dirigentes de organizaciones libertarias, a la vanguardia. Pero nosotros no nos inmutamos y damos otro paso. Lentamente, machacando colores en el asfalto hirviente. Una anciana hace visera sobre su único ojo y se inclina hacia delante pero no cae. Los de siempre seguimos caminando. Todas las abuelas y los presos políticos plantados, las madres, los generales en reserva, un cura, los “recipientes” del medicaid, expendedores de éxtasis, un enfermo de sida, prófugos, las de las factorías y las cajeras que trabajan de pie, alcohólicos y fumadores convictos, un pastor protestante, los mendigos y desamparados, los desempleados, los desahuciados, se apoyan unos en otros para avanzar. Los repartidores de pizzas, un marimbero retirado, los vendedores de flores, los que tienen un puesto en el pulguero los domingos. Barrigas prominentes, barrigas fofas, huesos sin tendones, el viento sobre la costa y la ola que llega primero roja, luego azul y por último blanca. Vamos caminando y el verde está en unas piernas abiertas. Músculos tensados a lo lejos, pelambreras negrísimas, tenis de marca y pantalones de tallas gigantescas. Más cabezas rapadas incorporándose tímidamente. Niños conducidos por adultos, mujeres con carteras enormes. Manos crispadas sobre consignas en inglés, uñas comidas, y algo brillante y amarillo a lo lejos. Sí, vamos caminando y la leche se mezcla con las olas azules conformando venas, mientras la sangre se agolpa en todas las cabezas. La leche sobre los cuerpos esqueléticos, sobre los fieles difuntos, penetrándolos, regenerándolos, vivificándolos, diversificándolos, unificándolos. Cuerpos bañados de pies a cabeza, acelerando el paso, acariciando los letreros, apartando telas, brazos, pancartas, banderas, más banderas, y las fachadas que brillan como los ojos del muchacho aquel. Un surco azul rajando toda la Calle 8 hacia el downtown, entre la leche que parece espuma pero es leche, chorros de leche, surtidores de leche, manantiales de leche, precediendo los coágulos rotos. Sangre brotando de los paredones, de las sienes abiertas, de los tiros de gracia, de los pechos hinchados, de los dedos engarrotados, de las espaldas desnudas, de las piernas abiertas y desnudas, de la vegetación naciente, abierta y también desnuda entre las enredaderas de aguinaldos, toda presente. Sangre, leche, agua salvaje, celebrando nuestro paso en ridículos atuendos, empapando nuestras banderas gastadas por el uso, aplaudiendo con asombro. Sangre, leche, mar, apoyándonos por primera vez, incitándonos, empujándonos por primera vez para que los colores desplegados se deslicen hacia abajo en una acometida sin precedentes. Trenzados y endurecidos como la memoria en una carrera donde no importa nada, ni los uniformados que semejan extraterrestres ocultos tras toda la parafernalia ultramoderna y de rigor, ni los gases que lanzan, ni las descargas sordas, ni los palos, ni las murallas de escudos blindados, ni los cascos de acero, ni las sirenas, las amenazas, las jaulas o las pateaduras. Haciendo sonar, rítmicamente, sus garrotes contra el metal. Amenazantes. Dicen que actúan así porque temen por sus vidas, así que los exhortamos para que renuncien a sus mundanos beneficios y se dediquen a la jardinería, una profesión sin duda más segura aunque peor remunerada. Nosotros seguimos avanzando y ya casi distinguimos la meta, a pesar de las barricadas, de los árboles rotos, de los altoparlantes, de los latones de basura volcados y ardiendo en medio de la calle. El Doctor ha desaparecido. Los políticos corruptos, los locutores millonarios, los patriotas con doble o triple nacionalidad, el poeta rimado y demás especímenes han desaparecido. Hay como más claridad en la masa compacta que no se detiene, muchos más jóvenes se ven, cientos de niños. Tetas paradas, pingas paradas, culos parados. Todo parado, todo enhiesto, provocativo, desfachatado, procaz, húmedo, desinhibido y bello. Todo veraz, impulsivo, violento, compasivo. Hay un olor a cuerpos restregándose, un olor caliente que suda sobre el asfalto y salpica torsos, brazos durísimos, donde nos apoyamos. Un olor en surcos azules y blancos y el rojo estallando sobre la avalancha que casi desemboca en el final, que choca, toma fuerzas y se impulsa, que insufla nueva corriente al río, ahora rebosante de cosas vivientes, contracciones, espasmos, azulejos, chapas, hebillas, rarezas, peonías, pájaros minuciosamente imaginados, dientes, pomarrosas, lenguas, orgasmos vertiginosos pero torpes, huellas, velas, hilos como cicatrices ladeando sobre la piedra pómez, vidrios, pedacitos de vidrio, y vamos arribando. Vamos llegando, todos aplauden eufóricos, y lo vemos al final de la cuesta. Es un adolescente hermosísimo de pie al final de la cuesta. Las piernas bien abiertas, sembrándose, afincándose duro en el asfalto. Los pantalones recortados con displicencia, una cuarta o más por arriba de las rodillas. Las guías ascienden sobre la piel tensa de la figura, vadean hoscas protuberancias y se enredan en el vello que también asciende. Una camiseta que es un ripio disimula un pecho donde cabe toda la marcha, vivos y muertos, los llegados, los idos, y desata los brazos que alzan también bien abiertos, bien altos, bien cogidos, todo lo que esperábamos. Los niños que arrancamos de raíz y que crecieron en franca desbandada, están ahí. Las casas de tejas españolas, el ciruelo del patio, las baldosas dispuestas en forma de tablero de ajedrez que adoquinan ya toda la Calle 8, las tías y sobrinos, el almendro y la madre que barre infinitamente los charcos morados, las almejas del sábado, los curieles, las biajacas, las truchas, las carretillas, están ahí. La loma de la iglesia y todo Jesús del Monte con su tienda de disfraces, su botica y su parque, están ahí. La Lisa, Poey, El Vedado, Mantilla, Santos Suárez y todas las serpentinas de los balcones, están ahí. Un carnero que nunca termina de morir, una fuente de bordes carnosos al pie de unos laureles, un gaznatón ganado a pleno bar, una escalera, un puente, el timbre, la glorieta, están ahí. La ciudad entera, la isla entera, están ahí. Y nosotros llegando a cobrar la recompensa, la leche que lo baña, aguas azules escurriéndose entre sus pies, la sangre sudorosa en las axilas, como el aviso de que no todo está acabado, porque fuimos, venimos, trepamos hasta sus ojos que nos miran desafiantes, triunfales, vencedores, sosteniendo por encima de su cabeza el enorme cartel donde nos nombra por lo que somos, por nuestro dolor. Sonríe, y eso nos demuestra que en verdad, habíamos llegado.

José Abreu Felippe es poeta y escritor.

 

 

 

3 Comments

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  2. Maria Enriquez

    Muy bueno 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻

  3. Heidys Yepe

    Demasiado bueno. Estremecedor. Gracias.

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