La historia automática

Imagen Aaron J. Olson

Por Ulises Fidalgo.

Cuando era niño una vez escuché a mi padre recomendarle a uno de mis hermanos que cuando escribiera un cuento, nunca empezara con un diálogo: -Los cuentos son narraciones, no diálogos- afirmó mi padre aquella vez. Sin embargo recientemente me he hecho con una de esas aplicaciones que generan narraciones automáticas, siguiendo las más modernas teorías de lo que la literatura debe ser, y el programa (una especie de robot escritor) me regaló la siguiente relato corto. Empieza y termina con un diálogo. Mejor dicho, es sólo un diálogo:

– ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?- Se preguntó ella para que él la escuchara.

– La historia es larga. – Respondió el adolescente.

Ella sonrío con ternura y asombro, y luego preguntó:

– ¿Sabes lo que estoy pensando? 

– Sí, es sobre los robots. Estás hablando de la época en que no protestaban, ni exigían días de descanso. Me he dado cuenta porque estás frente a la ropa sucia y hoy es el día sin lavadoras. 

– Eran robots de verdad. Dicen que es una palabra eslava, tiene que ver algo con trabajo. Creo que es trabajador, o esclavo, o algo así…

– Y esclavo es también una palabra eslava. – Volvió el adolescente con la seguridad propia de un adolescente.

– Ahora parece que ya no hay robots. No veo la diferencia entre humanos y robots.

– ¿Realmente no sabes cómo hemos llegado hasta aquí?

– No, no soy tan vieja – sonrió ella.

– Cierto.- Él también sonrió. – Bueno todo empezó como una facilidad que daban las distintas empresas fabricantes de robots a los compradores. Para evitar que los clientes se olvidaran de los ciclos de reparación de los aparatos, le adjuntaron a los robots la sensación del cansancio, y así podrían comunicarle a los dueños que necesitaban reparación y descanso. Algunos dueños hacían caso omiso de aquellos avisos, y luego cuando se rompían los robots, trataban de cambiarlos con la garantía. Así las empresas llevaron al parlamento la conocida «legislación sobre el descanso de los robots.» Las empresas para controlar que se cumpliera la ley, hicieron que los aparatos se conectaran con las empresas a través de otros robots, y así surgieron lo que hoy conocemos como los sindicatos de robots.

– ¿Pero cómo sabes todo eso?- Preguntó ella.

– Porque ocurrió cuando yo era un niño.

-¿Y dónde estaba yo entonces?

– No existías. Aún no te habíamos comprado. Por suerte eres uno de los pocos modelos sin sindicatos que aún quedan en el mercado, y podemos tenerte aquí todos los días, a todas horas…. Bueno, ahora te dejo, porque creo que tienes mucho trabajo hoy con eso de tener que lavar a mano la ropa de toda la familia.

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University.

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