Cultura/Educación

Joaquín Ferrer: irse, partir.

Joaquín Ferrer y Zoé Valdés

Por Zoé Valdés.

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Hace años una película me ayudó a comprender la verdadera naturaleza del castrismo, se titula ‘Cinq Jour en Juin’ dirigida y musicalizada por el compositor, músico y cineasta francés, Michel Legrand: la trama sucede en Francia, en 1944, algunos de los protagonistas regresan a su hogar abandonado durante la guerra y la Ocupación nazi, abren las ventanas y destapan los muebles de las telas blancas que los protegían del polvo; recuperan todo, o casi todo. No siempre fue así, lo sabemos, aunque algunos lo consiguieron. En Cuba nunca se ha podido recuperar nada durante más de 63 años de tiranía por los que siendo perseguidos políticos debieron marcharse. Irse en Cuba, para los que se van de verdad, significa perder todo, el más mínimo recuerdo. Irse es una forma de muerte lenta, a la espera siempre en este largo exilio…

El 25 de marzo falleció en París uno de los más grandes pintores cubanos que ha tenido aquella isla, y que ha tenido también Francia y el resto del mundo, puesto que su obra es conocida internacionalmente: Joaquín Ferrer (1928 – 2022). Acerca de la obra de Ferrer he escrito bastante, enamorada de ella y de su autor como ser entero, inteligente, libre, y pleno de amor, que fue, su presencia fue objeto constante de mi atención como amiga, y como escritora. Cuando alguien muere se dice que parte hacia ese otro lugar imaginario, al fin inexistente. El misterio de la vida que culmina con la muerte nos ilusiona conque a ese otro sitio Ferrer ha viajado al igual que nuestros padres y amigos, a descansar para la eternidad. Ferrer no tuvo que morir para alcanzar la eternidad, la alcanzó con su magnífica obra.

Es cierto que Ferrer enfermó y falleció anciano, aunque también es verdad, una verdad dolorosa, que como tantos debió irse de Cuba para jamás volver. Irse de su país con la esperanza de regresar, y partir para siempre sin poder realizar ese regreso, pensarlo me duele demasiado, hiere profundamente a los que quedamos vivos.

Hace algún tiempo Christiana, su esposa, madre de su hija Aia, me preguntó si al observar que Ferrer envejecía creía que ella debía dejarlo que viajara a Cuba. Lo pensé, y le respondí que no, que más bien opinaba que no debía permitir que viajara a aquel infernal lugar que él no reconocería dado el estado que lo vería, en que la tiranía rebajó hasta destruir aquel maravilloso país.

Me dije que el exceso de desanimo hubiera podido entristecerlo y conducirlo a una depresión que él no merecía, conociendo al ser sensible que era. Hoy me siento responsable, y hasta un poco culpable de haber dado aquel consejo. Joaquín Ferrer partió al muere y como tantos cubanos no pudo volver a su casa familiar en su país natal, ni quitar las sábanas blancas que probablemente en sus sueños cubrían aquellos muebles de su infancia, como sucede en el filme de Legrand -sábanas y muebles que ya no existirían más.

No existían porque las casas de los que se han ido durante décadas expulsados por el castrismo y de los que todavía se van hoy de manera definitiva, nunca las devuelven a sus propietarios, las roban los castristas como los delincuentes que son, y enseguida se las entregan a los militares de turno cuando estas casas se hallan en buen estado. Así sucedió con el apartamento de mi madre y el mío. Aunque yo conservo el título de propiedad.

La pintura de Ferrer fundida en una abstracción musical, en una melodía “de las esferas”, que diría Fray Luis de León en su ‘Oda a Francisco de Salinas’, se asemejaba en ocasiones a una bocanada de humo de tabaco que subía y levitaba dentro del cuadro convocada por el pincel bajo trazos, rayas y transparencias, en una disolvencia lezamiana, haciendo honor al poeta y ensayista cubano José Lezama Lima.

No dejo de pensar en Joaquín Ferrer, en su adiós la última vez que vino a visitarme en compañía de Christiana, en aquel almuerzo familiar en la casa de otra gran pintora, quien fue su primera esposa y que siguió siendo su amiga y de Christiana: Gina Pellón; en lo bien que bailaba Ferrer el son y el danzón, lo pude comprobar yo misma bailando con él en las fiestas en la casa de nuestra amiga Tania Assaf Galindo. No dejo de pensar en su obra, siempre yéndose hacia algún sitio, elevándose dentro del cuadro, como una Fuga de Bach, o un regodeo intenso de Pachelbel… Al amanecer he contemplado el jardín soleado a través de la ventana en esta primavera, han florecido los árboles, los rebotes de retoños lucen preciosos vistos desde aquí. Aquel árbol que me recuerda pinceladas de Ferrer llevará su nombre. De ahí no tendrá que irse nunca, partir no será tampoco ya un problema a remediar.

Zoé Valdés. Escritora y artista hispano-francesa. Cubana, nacida en La Habana, Cuba, 1959. Caballero de las Artes y Letras en Francia, Medalla Vérmeil de la Ciudad de París. Fundadora de ZoePost.com y de Fundación Libertad de Prensa. Fundadora y Voz Delegada del MRLM. Ha recibido numerosos reconocimientos literarios y por su defensa de los Derechos Humanos.

One Comment

  1. Alejandro González Acosta

    Profundo, sentido, auténtico, doloroso.. es decir, en suma: bello texto.

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