Importancia de la familia en la sociedad norteamericana

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Por Dr. Rafael Marrero.

 

En los Estados Unidos, la familia es lo más importante: ese primer ámbito social en el que crecemos y nos formamos está por encima de cualquier diferencia que pueda haber en temas tan dispares como política, religión o deporte. Realmente, para nosotros, no hay otro mejor lugar donde estar o al que acudir, pues este siempre será el verdadero cimiento de cada hogar. Y qué conste que no es sentimentalismo.

Según el portal Statista, proveedor mundial de datos relativos al mercado y los consumidores, el 60% de la población local estima que la familia es lo más importante en su vida, mientras que un 31% considera que es una de las cosas más significativas.

Dados a conocer a fines de 2019, luego de una encuesta realizada a más de mil personas de entre 18 y 65 años, estos reveladores datos nos hacen caer en la cuenta de que la mayoría de los estadounidenses reconocemos el gran rol que desempeña esa institución universal.

Estructura familiar

Básicamente, en EE. UU. le damos mucha importancia a la familia sin que importe demasiado su estructura: puede ser nuclear (la más habitual, formada por padre, madre e hijos) o extensa (conviven abuelos o tíos), monoparental (un solo progenitor), homoparental (pareja del mismo sexo), mixta (pareja con hijos de relaciones pasadas) o de acogida (pareja con hijos adoptados).

En este mismo sentido, podemos decir que, por lo general, las familias estadounidenses están conformadas por tres descendientes como máximo, y que lo más normal es que tanto el padre como la madre trabajen, de ahí la figura de la niñera (internacionalmente expuesta en el mundo del cine) y el oportuno apoyo de los abuelos, quienes son queridos y respetados por su experiencia.

Crianza y tradiciones

Con respecto a la crianza en sí, «los padres de familias americanas enseñan a sus hijos a ser independientes. Por eso, es común ver que los jóvenes graduados del colegio se mudan de casa y se valen por sí mismos», tal como refiere el artículo “Todo lo que necesitas saber sobre las familias americanas”, publicado por United Studies.

En lo que concierne a la religión, el mismo artículo señala que «las familias americanas, que profesan algún credo, tienden a honrarlo continuamente en sus actividades cotidianas y, por supuesto, en las fiestas más específicas». También destaca la participación de todos en eventos nacionales, como la celebración de Halloween y el Día de Acción de Gracias, por citar un par de ejemplos.

En cuanto a la tradición en sí misma y el apego a las fiestas patrias, el propio artículo puntualiza que «muchas tradiciones de las familias americanas tienden a honrar la libertad y las oportunidades. [Y que] por eso, no es raro oír a los padres contando sus propias historias de éxito en comidas familiares o en la fiesta del 4 de julio», Día de la Independencia.

Valores de los estadounidenses

Muy a menudo, naciones autoproclamadas socialistas o comunistas, de las que hablaremos más adelante, critican a sociedades como la nuestra porque, supuestamente, crean desigualdades económicas (como si en las de ellos no las hubiera) y propician el consumismo (como si contar con suficientes recursos para adquirir bienes y servicios fuera desdeñable).

Al “pintarnos” así, “dibujan” una sociedad carente de valores humanos, en la que la familia no tiene el mérito que, de hecho, sí tiene. Al igual que el resto de los países, el nuestro tiene su propia idiosincrasia. Y en esa idiosincrasia, la enseñanza y transmisión de principios a las nuevas generaciones ocupa un lugar preponderante.

Obviamente, ese proceso de aprendizaje empieza en el hogar, refugio donde la familia inculca a sus hijos valores tan imprescindibles como la honestidad, la franqueza, la independencia, la responsabilidad, el optimismo, la generosidad y la ética; principios como el respeto a la privacidad, la democracia y la libertad, y cualidades tan importantes como la búsqueda del éxito personal.

Atributos de los norteamericanos

Según el artículo “¿Cuáles son los valores estadounidenses?”, publicado por USAHello.org, las familias norteamericanas enseñan a los hijos a ser sinceros y directos, pues ser una persona resuelta es visto como algo positivo. Igualmente, «los estadounidenses están muy orgullosos de ser autosuficientes, de ser capaces de cuidar de sí mismos, y tienden a pensar que el resto también debería serlo», remarca la nota.

Ser responsables, generosos y optimistas también es fundamental para nosotros, de ahí que los padres (o figuras con ese rol), procuremos que nuestra descendencia haga suyas esas cualidades, además del respeto por el tiempo, el espacio y el trabajo ajenos. ¿Qué decir del apego a nuestro sistema democrático y nuestras libertades? Pues que, al igual, son inculcados vehemente.

Es que, en los Estados Unidos, los ciudadanos tenemos el derecho de elegir a nuestros líderes sin que estos se conviertan en dictadores. Es que, en EE. UU., somos libres para pensar y actuar según nuestros principios; nuestras ideas, convicciones y metas personales o profesionales.

Por añadidura, alcanzar el llamado sueño americano no solo significa que alguien pueda lograr grandes cosas, como una vida próspera fruto del éxito laboral o profesional, sino también que todo el que se lo proponga pueda acceder a las mismas oportunidades y labrarse un mejor porvenir para sí mismo y su familia.

Somos eficientes y, por eso, procuramos que nuestros hijos también lo sean. Del mismo modo, valoramos los méritos de cada quien y, con ello, estimulamos la competitividad de todos, que no es más que trabajar duro para cumplir con nuestros objetivos. Básicamente, entendemos que no hay nada de malo en buscar el triunfo personal y el bienestar material.

Hablando de bienes materiales, y contrario a lo que piensan los comunistas, no nos postramos ante los pies del consumo. Simplemente, trabajamos en función de nuestras necesidades y luego las compensamos porque nos lo merecemos. O sea, nos aseguramos, primero, de crear y producir para, luego, poder acceder. Y eso también se lo enseñamos a nuestros hijos.

Familia y socialismo

En países acogidos a la doctrina socialista, en cambio, el propio sistema es un divisor de la familia. Es decir, el mismo sistema usa a esta institución universal según su conveniencia, dividiéndola y poniéndola en función del Estado, en una especie de chantaje permanente del que (casi) nadie se puede liberar.

Con sus desatinados conceptos de colectividad bajo el brazo, naciones socialistas, como Cuba, advierten que la familia es una suerte de aldea global, donde la gente vive “con todos y para el bien de todos”. Sin embargo, detrás de esa (tan cacareada) “unidad” e “igualdad”, es donde nacen y persisten sus principales defectos.

Unido al deterioro de un sistema que se cae a pedazos, también caen los más elementales valores del ser humano. Así, en la isla caribeña, la población “lucha” o “resuelve” para sobrevivir, entiéndase, roba o adquiere en el mercado negro el sustento para su hogar, el mismo donde nacen y crecen las nuevas generaciones llamadas a seguir construyendo la sociedad.

Muchos menores de 50 años, que un día soñaron con vivir en un país que premiara el esfuerzo individual, han soltado por el camino cualidades que tuvieron alguna vez. Mientras se cansaban del discurso oficial, de tanta propaganda política, llena de dogmas, arengas y consignas, sustituían el aclamado “bien de todos” por el “sálvese quien pueda, que no hay más na’”.

En sociedades como esa, la gente vive como en un letargo, a la espera de lo inesperado, con el susto en la boca y el estómago vacío. Y mientras las familias contestarias hacen lo que pueden, mientras pueden, otras no hacen más que resignarse “a lo que venga”. La sangre joven llamada al cambio, por su lado, es manejada por el Gobierno desde su nacimiento mismo.

Los hijos y el Estado

Con el pretexto de lo que significa el socialismo, que respalda abolir la propiedad privada e instaurar la distribución social de las riquezas, los regímenes acogidos a este sistema no hacen más que adoctrinar a sus pobladores desde bien chicos.

Ya que los medios de producción son públicos y los servicios básicos (educación y salud, fundamentalmente) son “gratis”, lo menos que puede hacer la gente ─dirán─ es asentir y estar de acuerdo con absolutamente todo, ¿no? ¿O acaso no se trata de eso tanta bondad disfrazada?

Más que criarse en una familia nuclear, en la que un padre y una madre educan y forman al nuevo individuo a su imagen y semejanza, en el socialismo los hijos más bien parecen prestados. Es como si les pertenecieran al Estado en sí mismo, como si fueran el pago a “tanto bien” retribuido.

Experimentos sociales

Claros ejemplos del planteamiento anterior son las Escuelas Secundarias Básicas en el Campo, los Institutos Preuniversitarios en el Campo, las Brigadas Estudiantiles de Trabajo y las Brigadas Universitarias de Trabajo Social, específicamente creados en Cuba para “combinar” la educación con el trabajo.

Es que ni siquiera los más chicos de casa escaparon a ese movimiento prolaboral, con la implementación de las Fuerzas de Acción Pioneril. Y ya ni hablemos de las tristemente famosas escuelas al campo, que desde la década del 70 y por varios años también separaron a miles de adolescentes de sus padres.

En todos esos modelos de inserción laboral para niños y jóvenes, el trabajo estaba orientado a la preparación de tierras para el cultivo, la siembra o recogida de viandas, hortalizas, frutas y granos, y, muy especialmente, a la cosecha de productos destinados a la exportación, como el tabaco y el café.

Naturalmente, el trabajo desempeñado por los menores también rendía frutos en los campos de caña, materia prima del azúcar que, durante varios años, fuera el principal renglón exportable del país. Como era de esperarse, la revolución cubana le sacó el máximo provecho a ese trabajo no remunerado hasta que todos esos experimentos cayeron por su propio peso.

De lo que sucedía a puertas cerradas en aquellas escuelas y aquellos albergues, pobremente vigilados por escasos o ineptos educadores, no hablaremos. Quienes tuvieron la amarga experiencia de pasar por ellos, quienes a muy corta edad tuvieron que madrugar, pasar frío, atravesar ríos (hasta desbordados), subir y bajar montañas para cumplir con las obligaciones dictadas por el régimen, saben muy bien a qué nos referimos.

Como también lo saben sus padres, quienes no tenían más opción que visitarlos cada domingo, o cada 15 días, para verlos y llevarles algo decente de comer. De nada valieron las quejas y los lamentos de entonces por tratar de eliminar esa incomprensible práctica. Sencillamente, el sistema tenía que sacarle el jugo y esperar hasta el último momento.

Origen y destino

Claro está que de lo que pretendió lograrse a lo conseguido va un largo trecho, al menos, en lo que respecta a la construcción del “hombre nuevo”. Las nuevas generaciones, hartas de ver a sus padres, mayoritariamente, ciegos ante el régimen, no han encontrado otra salida que no sea desentenderse de los ideales que tuvieron sus progenitores o sus abuelos, o abandonar el país.

En este último caso, justamente, el principal destino es Estados Unidos de América, el histórico enemigo acérrimo de la isla, el tildado como “culpable” de todos sus males internos. Aquí llegan uno a uno o, a veces, varios integrantes de una misma familia de cubanos, animados por el único fin de triunfar y salir adelante.

Establecida bajo sólidos conceptos familiares, nuestra sociedad entiende que ciudadanos afectados por regímenes tiránicos, como ellos, quieran tener un segundo chance en la tierra de la libertad. Así como nosotros velamos porque nuestros hijos tengan un futuro luminoso, también comprendemos que ellos deseen brindarles a los suyos las oportunidades que les fueron negadas en su suelo.

 

Dr. Rafael Marrero es Economista. Graduado de las universidades de Stanford y Cornell, es un reconocido experto en EE.UU. en contratación federal, emprendimiento para pequeñas y medianas empresas y gestión de proyectos. Autor del bestseller de Amazon “La salsa secreta del Tío Sam”.

3 Comments

  1. Heidys Yepe

    Excelente artículo. Gracias.

  2. Pingback: Importancia de la familia en la sociedad norteamericana – – Zoé Valdés

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