Cultura/Educación, EDITO

II Domingo de Cuaresma

Gastón Pérez. Pixabay

Por Antonio Marrero.

Yahveh es mi luz y mi salvación, ¿de qué temeré?

Yahveh es la fortaleza de mi vida, ¿de qué tendré temor? (Sal. 27, 1)

Después de las tentaciones, la liturgia cristiana nos invita a reflexionar sobre un tema que es difícil por su misma naturaleza: la Fe. Tal vez uno de los grandes males del mundo cristiano hoy sea precisamente la visión infantil que hemos heredado desde el medioevo y que desde el siglo pasado se ha acentuado de gran manera en nuestro mundo occidental, nos hemos acostumbrado a resolver e iluminar todos nuestros problemas con respuestas ya hechas y distribuidas como verdades infalibles; olvidando que la fe también es oscuridad, y que esta oscuridad no se elimina totalmente de nuestra vida, es parte de lo enigmático de la vida humana.

En el libro del Génesis se nos dice que Abraham creyó al Señor y fue considerado justo, o sea que se le consideró en su haber, (15, 6). Dios dice a Abraham: “No tengas miedo, yo te sostendré; tu recompensa será muy grande” (15, 1).  Por Abraham nos ha venido la promesa; pero hay todo un proceso para que la promesa se dé, al igual que para poderla poseer. La imagen que utiliza el texto bíblico es la caída del sol, la luz se apagó, y con la llegada de la noche, entro en la oscuridad. Cuando la luz se apaga perdemos nuestras seguridades y a veces nuestra confianza; cuando llega la oscuridad llega el miedo, la inseguridad. En medio de esta realidad, que es parte de lo cotidiano en nosotros, Abraham se mantiene en movimiento, en pie de lucha; la antorcha ardiente disipa la oscuridad, se va haciendo la luz, y su esfuerzo personal se ve recompensado con la promesa: “Y aquel día Yahveh estableció un pacto con Abram, diciéndole: Esta tierra daré a tu descendencia, desde el rio de Egipto hasta el gran rio, el rio Éufrates.” (15, 18). Por su fe Abraham alcanzó una promesa para él y toda su decendencia, en las tres grandes religiones monoteísta es considerado el padre de nuestra fe. En el mundo semita la tierra ocupa un lugar preponderante, es signo de pacto, y ser fiel a esa tierra, hacerla producir, transformar ese desierto en un verdadero jardín es el reto que nace en la fe de Aquel que por su confianza y fidelidad se la otorgo y que como fruto les da la libertad como pueblo y nación, que a pesar de siglos de destierro y persecución les hace regresar y volver a tomar posesión de lo que les ha sido dado por derecho divino, es el anticipo aquí en este mundo y en esta tierra del regreso al Jardín del Edén, la nueva Jerusalén, el Reino de Dios en palabras del Nazareno.

En el pasaje de la trasfiguración de Jesús, la voz de Dios avala a Jesús y hace la invitación a escucharlo: “Este es mi Hijo, el amado, escuchadlo” (Lc. 9, 35) Escuchar a Jesús y aceptar su voz tiene un riesgo, el de quedarse solo como El, toda la cuaresma desemboca en el abandono y soledad de Jesús. El Señor sube a la montaña para orar acompañado de Pedro, Santiago y Juan, y en medio de la oración se da la manifestación, el anticipo de la gloria de Dios, como signo de la resurrección, corazón de la fe cristiana. Aunque Moisés y Elías hablan con Jesús de lo que habría de acontecer en Jerusalén, su muerte, para los discípulos la contemplación del misterio les llena de bienestar, “qué bien se está aquí, Maestro”, dirá Pedro. El estar envuelto en la nube y lleno de la luz de Dios es lo que alimenta el alma humana, contemplar y dejarse envolver por la gloria de Dios es el mayor bien del que como criaturas podemos participar en este mundo, porque es ya experimentar la vida venidera, el apóstol San Pablo nos recuerda que “Somos ciudadanos del cielo.” (Flp. 3, 20). La oración nos lleva a experimentar ese anticipo de gloria en la adoración al Creador, para Santa Teresita del Niño Jesús la oración es el grito del alma hacia el cielo.

La trasfiguración nos presenta el drama de la fe de los apóstoles, que guardaron silencio, y tardaron en aceptar a Cristo resucitado, que cuando les hace el anuncio de su pasión y muerte se encontró solo, traicionado, negado y abandonado por sus discípulos. Nos cuesta mucho el aceptar al verdadero Mesías, Varón de Dolores. Vivimos en un mundo donde el sentido mesiánico se ha desfigurado, y nos gusta esperar mesías o salvadores, aquellos que harán lo que por deber nos corresponde a nosotros, por esa razón es tan fácil caer en las redes de los falsos mesianismos, fruto de una fe infantil y carente de sabiduría; no vendrá nadie a salvarnos, somos nosotros los que, con la fe robusta como Abraham, Moisés, Elías o Jesús, viviendo en la esperanza de la promesa del Señor, los que debemos tomar posesión de nuestra tierra prometida. Nuestro verdadero Mesías es manso y humilde de corazón nada que ver con aquellos que exculpan sus bajos intereses en las flores. Malaventurados los asesinos de las flores.

Para quien ha madurado en la fe, se aviva la esperanza al saber que se aguarda la venida de un Salvador, Jesús el Señor, quien transformará nuestra condición terrena, según el modelo de su condición gloriosa. Para el cristiano, la Resurrección es el centro de su fe: “Si Cristo no resucitó, es vana nuestra fe.” (1 Cor. 15, 14).

Antonio Marrero, es teólogo y biblista.

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