Harakiri hispano

Por Rosalba Atilana Guerrero Sánchez.

Una de las acciones aparentemente más irracionales de una persona es el suicidio. En efecto, decimos “aparentemente” porque ya Benito Espinosa, el filósofo hispano-holandés del siglo XVII, nos previno contra semejante adjetivo de “irracional”. En el fondo, el razonamiento del suicida es de una pulcritud lógica intachable: si yo soy la causa de mis males, acabando con la causa, acabo con los males. Pero lo cierto es que, viene a decir el judío ateo en su Ética, son las causas exteriores las que nos llevan al malestar, así que mejor haríamos en modificar aquellas, antes de darnos muerte.

Pues bien, traemos esta idea a colación de las recientes declaraciones, no por repetidas menos vergonzosas, de los presidentes de Perú y México, que en el transcurso de estos días veraniegos han vuelto a colocar a su nación en el brete del suicidio, no ya personal, sino político.

Y no creemos equivocarnos al identificar con una especie de “harakiri nacional” la ceremonia mediante la cual un presidente con apellidos españoles se dirige en español a sus conciudadanos, todo ellos hispanohablantes y educados mayoritariamente en la religión católica, para decirles que la conquista española fue un fracaso y que sus antepasados practicaron la explotación y la aniquilación de los “pueblos originarios” de América, siendo así que su identidad actual como país es ella misma también, en consecuencia, un fracaso.

Afortunadamente, esta ceremonia es una absoluta impostura y nadie cuerdo en Perú o en México va a dejar de hablar español ni a rechazar la tecnología moderna, como si el “buen salvaje” de Rousseau fuera posible. Se trata, tan sólo, de la estrategia del populismo político que busca un culpable, y si este vivió hace 500 años mejor que mejor, porque ya está muerto.

Lo que nos preocupa verdaderamente es que nadie saque la conclusión espinosiana con la que hemos iniciado nuestra columna, a saber, que hay que encontrar las verdaderas “causas exteriores” del origen de nuestros males y no depositarla en nosotros mismos, incapacitándonos irremisiblemente para darles solución, como de forma indignante hacen estos estafadores de la política. ¿O es que se creen Castillo y López Obrador que entre quienes les escuchan existe algún representante de aquellos “pueblos originarios” masacrados por los españoles? ¿No saben que los actuales ciudadanos de sus respectivos países son un resultado del mestizaje racial y cultural con el que España se reprodujo en aquellos territorios conquistados y poblados, siguiendo la máxima de que todos sus habitantes fueran súbditos del mismo Rey e hijos del mismo Dios?

De ningún modo somos víctimas de un fracaso histórico, sino del mayor de los éxitos que ha conocido la civilización, sin parangón entre los imperios actuales. Hispanoamérica es hoy una de las comunidades culturales de mayor pujanza, en todas las manifestaciones en las que esta se puede medir, si es que hablamos de su literatura, su música, su religión o su filosofía. Y qué decir de la ciencia, sin la cual la misma conquista hubiera sido imposible, toda vez que fue la teoría griega de la esfera terrestre, debida a Eratóstenes, aquella que fue puesta a prueba y demostrada con la navegación española de Magallanes y Elcano.

El concepto de “pueblos originarios” está demasiado cerca del de “raza pura” que llevó al asesinato de millones de personas en Europa en la última guerra mundial como para que pueda brotar ahora, sin más, en la América hispana, precisamente la tierra que ha enseñado al mundo que la mezcla de las razas no hace degenerar a los pueblos, como aún creían los zoólogos franceses e ingleses del siglo XIX, sino que los fortalece. Pero mientras las naciones hispanas vivían los episodios históricos que eliminaron del tablero político mundial el concepto de la “aristocracia de la sangre”, creando, por cierto, el término político del “liberalismo”, esas nefastas teorías de origen protestante se estaban elucubrando en la vieja Europa a cuenta del racismo biologicista que después se inocularon en la América anglosajona hasta hoy.

Es una pena que entre las “causas exteriores” que producen nuestro malestar esté la acción de estas ideas de origen racista que nuestros enemigos históricos se han encargado de extender hasta el punto de haberlas asimilado, en su negligencia, nuestros propios dirigentes. Ahora, ciertamente, ya no es el mito de la raza de los nazis, demasiado grosero, sino el mito de la cultura, más elegante, el que tanto “antropólogo inocente” ha diseminado entre nosotros a cuenta de los Estados imperiales, el que está consiguiendo que las naciones hispanas puedan creerse que su historia es una catástrofe.

Si este suicidio nacional se perpetra, como en la propia España ya está sucediendo, será debido a nuestra ignorancia del éxito de nuestra Historia. Y entonces, el famoso adagio de José de Maistre, aquel que afirma que cada pueblo tiene los dirigentes que se merece, no podrá tener, lamentablemente, mejores representantes que nosotros.

 

Rosalba Atilana Guerrero Sánchez es filósofa española miembro de la Escuela de Oviedo.

 

3 Comments

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  3. Juanmi

    Lamentablemente, la leyenda rosa del mestizaje es otro mito bienintencionado, como demuestran los desastres que sufrimos por culpa del mestizaje masivo.

    Una persona de una raza determinada tiene mucho más difícil integrarse en otra cultura que alguien de la misma raza. Por eso los italianos se integraron bien en Francia en el siglo XIX, los polacos en Alemania, los cameruneses en Kenia, o los rumanos blancos en España; mientras que los nietos de argelinos y senegaleses en Francia dicen que no se sienten franceses, aún 2 generaciones después.
    Por «fascista» que suene, la identificación raza/tenia – cultura es innegable. Es un verdadero handicap que tu imagen te recuerde a diario que la historia del pueblo que estudias en la escuela, las representaciones humanas de las tradiciones artísticas que ves desde los museos hasta estatuas en la calle, la propia gente con la que te cruzas a diario, no son la historia de tu pueblo ni esas representaciones se te parecen físicamente ni son gente como tú. Por eso los movimientos «antirracistas» -es decir, racistas antiblancos- se quejan de que occidente sea «demasiado blanco» y proponen «desblanquearlo». Es comprensible: sus característica étnicas dificultan enormemente que puedan sentir su cultura de adopción como suya, y tratan de cambian los países «blancos» donde viven para intentar asemejarlos un poco más a los suyos.
    Esto seguramente no es muy problemático cuando hablamos de unos centenares de miles de inmigrantes, ya que un número bajo les impulsa a esforzarse por intentar superar esos handicaps, pero cuando se trata de millones, los resultados los vemos en los periódicos y redes sociales, a diario: «afroféminas», «decolonialistas» en nuestro propio suelo manifestándose en Madrid con letreros que rezan cosas como «Blancos, paguen y reparen».

    Y tampoco nos engañemos, el mestizaje en América fue positivo a nivel histórico porque una cultura más avanzada aportó un montón de conocimiento a otras que aunque para nada salvajes -por muy bárbaras que fuesen sus costumbres rituales y bélicas, como las infames «guerras floridas»-, estaban en general varios siglos si no algún milenio por detrás en el desarrollo científico, técnico, filosófico, artístico, etc. Pero lo cierto es que para las culturas nativas fue un desastre porque desaparecieron del mapa, lo que surgió tras ese mestizaje fue otra cosa, con restos indígenas, sí, muchos, en ciertas regiones, pero su cultura original desapareció como desapareció la cultura la íbera con la conquista romana de Hispania, quedando una mezcla básicamente latina en nuestro caso, y española en el de América.
    Así que si queremos que la cultura española siga evolucionando desde dentro, por sí misma, no por «invasión» de otras, no podemos abrazar ese mestizaje sin tasa que la autora parece defender.

    Obviamente esto no es un alegato contra el mestizaje en términos absolutos. Es cierto que las culturas se han alimentado a lo largo de toda la historia de contribuciones de otras, pero una cosa es contribuir y enriquecer y otra sustituir. Cuestión de número, supongo. Aparte, ¿estamos seguros de que las culturas iberoamericanas actuales pueden contribuir mucho a enriquecernos culturalmente? Recordemos que en general no vienen los grandes escritores, filósofos, compositores, arquitectos, científicos, etc; esos emigran a EE.UU, Inglaterra, etc, sino la gente más humilde y con menos formación.

    Hemos de ser realistas y aceptar que lo del mestzaje estuvo bien cuando eran los españoles los que se instalaban en América y la cultura española se mezcló, de forma dominante, con las expresiones artísticas, culinarias, religiosas, etc, americanas, pero la América de hoy ya no es una cultura diferentísima nunca vista por aquí ni con una cosmovisión y unos lenguajes artísticos novewdosos para nosotros e inspiradores; y, repito, la gente que viene no es representante de cultura interesante sino que escuchan reguetón, comen comida preparada de esas de las tiendas «latinas», visten como angloamericanos pobres, hablan medio en «espánglish»…
    No, cuando a uno «lo mestizan» en masa, por millones, con gente más atrasada culturalmente -y físicamente, qué demonios, que los «latinos» no son precisamente altos, atléticos y guapos, y lo pensamos todos aunque por corrección política no nos atrevamos a decirlo en público-, no es nada positivo; y si te mestizan con gente más avanzada, y el precio a pagar es la desaparición de tu cultura salvo por 4 elementos folclóricos, tampoco.
    El mestizaje ha de ser como las especias, en dosis pequeñas.

    Saludos.

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