Florencia: cuna del Renacimiento

Por Manuel C. Díaz.

Cuando uno piensa en Florencia, piensa en arte. Y cuando uno piensa en arte, piensa en el Renacimiento. Y en los Médicis, que lo hicieron posible. Y, desde luego, en los grandes artistas y sus imperecederas obras: Miguel Ángel y el David; Botticelli y El nacimiento de Venus; Donatello y La Anunciación; Ghiberti y Las puertas del Paraíso; y Giambologna y El rapto de las sabinas.

Es tanto el arte en esta ciudad que alguien la describió alguna vez como un museo gigante. Dicen que el escritor francés Stendhal, abrumado por tanta belleza artística, enfermó la primera vez que la visitó. Desde entonces, ese agotamiento físico que ocasiona el arte en exceso, se conoce como Stendhalismo.

La verdad es que no hay que enfermar en Florencia. Todo lo que hay que hacer es dosificar la exposición al arte. Que es justamente lo que mi esposa y yo hacemos cada vez que la visitamos. Por ejemplo, si vamos a la Basílica de la Santa Cruz a ver las tumbas de Maquiavelo y Galileo, al salir nos tomamos un gelatto de fresa en la Plaza de la Señoría.

Si visitamos el Museo de la Academia a extasiarnos con el recientemente restaurado David, después caminamos hasta el Puente Vecchio y admiramos la vista del río Arno al atardecer. O si nos maravillamos frente a la Fuente de Neptuno de Ammannati, esa noche probamos una pappa al pomodoro, especialidad de la cocina florentina, en uno de los restaurantes de la Plaza.

Lo que quiero decir es esto: Florencia es depositaria de grandes tesoros artísticos de la humanidad, pero es también una hermosa ciudad por sí misma, acogedora y repleta de historia.

Uno de los lugares más importantes de Florencia es la Plaza del Domo, con su Catedral, el Campanario de Giotto y el Baptisterio de San Juan.

En nuestra más reciente visita, antes de entrar a la Catedral, tomamos muchísimas fotos de su imponente fachada. Desde cualquier ángulo, el contraste entre sus mármoles blancos, rosados y verdes hacía resaltar la simetría de sus puertas, arcos y rosetones.

A un costado de la entrada principal se encuentra el Campanario de Giotto, revestido también de mármol y totalmente decorado con recuadros hexagonales en relieve representando la vida del hombre en la creación. Tiene una altura de más de 270 pies y se puede subir hasta el tope a través de una escalera que tiene exactamente 414 escalones. Sabíamos que la vista, si lográbamos sobrevivir el ascenso, tenía que ser espectacular; pero no nos atrevimos a subir.

Lo que hicimos fue ir hasta el Baptisterio para ver sus tres puertas de bronce, hechas por Ghiberti, representando escenas del Antiguo y Nuevo testamento. Son tan hermosas que dicen que Miguel Angel, al verlas, exclamó: «Estas puertas están hechas para el Paraíso». Desde entonces es así como se les conoce.

Muy cerca del Baptisterio se halla la Plaza de la Señoría, una de las más bonitas de Florencia. Aquí se encuentra la estatua ecuestre de Cosme I de Médicis, el Palacio Viejo, con su inconfundible Torre de Arnolfo y el Portal de los Lansquenetes que alberga, casi al aire libre, una serie de importantes esculturas, entre las que se encuentra Perseo con la cabeza de Medusa, de Benvenuto Cellini y Hércules y el centauro, de Giambologna.

Justo cuando llegamos al Museo Nacional de Bargello, que está también en esa plaza y donde es posible ver las colecciones más grandes de esculturas renacentistas, recordamos a Stendhal y su enfermedad y decidimos no entrar.

Ya casi era de noche y la ciudad comenzaba a iluminarse. Los puentes resplandecían sobre el río Arno y los turistas llenaban las plazas. En las terrazas al aire libre de los restaurantes se descorchaban botellas de Vernaccia, el mejor vino blanco de la Toscana.

Entonces pensamos que esa era la mejor manera de visitar Florencia: arte en la tarde y buena mesa en la noche. Lo mejor de ambos mundos. Algo que quizás fue lo que debió haber hecho Stendhal para no enfermar.

 

Manuel C. Díaz es escritor y crítico literario.

3 Comments

  1. la proxima vez que vaya a Firenze pruebe la «ribollita toscana» luego vaya por el lungoArno a refrescar

  2. Pingback: Florencia: cuna del Renacimiento – – Zoé Valdés

  3. Tenía pensando visitar Florencia antes de llegar al medio del camino de mi vida, pero no ocurrió. Habrá que arreglar esa situación.

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