Escribir, morir, vivir en el Caribe

Por Armando de Armas.

Nacer en el Caribe es una fiesta. Las fiestas, sobre todo en el Caribe, a veces terminan trágicamente. El escritor Reinaldo Arenas, ese maldito, solía decir sobre los cubanos (esa tribu en el traspatio de Estados Unidos y a medio camino tripartito entre el Caribe, África y Europa) que es el único pueblo capaz de apuñalearse mientras baila. No sé, pero la frase de Arenas quizá valga para todo el Caribe.

Muchas iglesias en el Caribe, las de índole cristiana, más las congas y yorubas, más los templos masónicos; toda la gama del occidente maridado con el oriente, con el África; muchos templos para los asuntos del alma, pero también para los asuntos sociales. Y, también, claro, muchos burdeles y muchos casinos. A pecar para poder arrepentirse. Un poco como en la Edad Media, esa gran época, en los ciclos del carnaval y la cuaresma, del pecado y el arrepentimiento; del dolor y el placer. Los medievales y los antiguos grecorromanos, tan sabios, lo entendieron; los modernos, tan listillos, lo hemos olvidado: una sociedad que peca y se arrepiente es una sociedad estable y feliz; aún cuando arrecie el temporal montado por las furias y la muerte aceche. Playa y sol, convento y oración. Ahí estamos, estaremos, en las cercanías de la economía, al menos todavía, más poderosa del mundo.

Vivir en una ciudad del Caribe, en Cienfuegos, al sur de Cuba, la ciudad que mejor he conocido y amado; aprender a vivir, moverte como un animal del aire, a nadar, remar estilizadamente en el aire. El aire de una transparencia irreal. Un sitio donde el tiempo adquiere otra dimensión, una alejada de los apremios de la posmodernidad. Un sitio, mi casa, bautizada como la Cueva del Águila, porque eso tiene también el Caribe, que no se anda con chiquitas, acá, allá, todo es en grande, olvídense de la manía centro y sudamericana del diminutivo, acá, allá, prima el superlativo. Mi casa podía llamarse, por ejemplo, la Cueva del Gavilán, que es lo más cercano al águila que en Cuba hay, pero no, qué va, gavilanes conmigo, no, hombre, águilas, todo grande y majestuoso; al menos en el lenguaje.

Quizá sea un modo de compensar. Los centro y sudamericanos viven sobrepasados por una geografía inconmensurable, sometidos, disminuidos por una naturaleza superlativa. Entonces por la ley de la compensación psíquica deben disminuirlo todo. Los caribeños viven en una geografía limitada por la circunstancia del agua, crecidos ante una naturaleza doméstica, suerte de jardín, césped cultivado y cortado. Entonces por la ley de la compensación psíquica deben aumentarlo todo. Miren si no en Miami -ese Caribe traído a Norteamérica de la mano y la mente de los cubanos- los nombres que se gastan los negocios: El Rey del ponche, El Rey de la pizza, El Rey de la frita.

El más famoso bandolero cubano de todos los tiempos (al bandolerismo clásico me refiero, no a esos otros bandoleros que vinieron después como hijos del racionalismo y la ingeniería social), Manuel García, ostentaba el título de Rey de los Campos de Cuba. El más famoso restaurante cubano de Miami se llama Versailles, por el Versailles parisino, palacio o residencia real francesa cuya construcción se iniciaría allá por 1661.

En la Cueva del Águila me levantaba en la mañana, después de una noche de juerga, y, al salir a la terraza, veía al norte la cordillera montañosa del Escambray y al sur, el mar, azul como no he visto ninguno, o tan azul como el mar que vi luego un día en las Islas Caimán, posesión del Reino de la Gran Bretaña a unas 200 millas al sur de Cuba, y a donde fui a refugiarme un día, tras escapar una noche de mi isla con un grupo de amigos y mi novia Mimí la Rockera, en un barco bajo fuego de ametralladoras y persecución de helicópteros y lanchas guardafronteras. Pues como decía al inicio, las fiestas, sobre todo en el Caribe, a veces terminan trágicamente.

En la mansión del águila era el despertar con el olor de la fruta descompuesta, el mango, el anón y la guanábana, cantadas ya por el poeta Silvestre de Balboa y Troya de Quesada allá por 1608 cuando se le ocurrió escribir su Espejo de Paciencia; poema épico que se considera con algo de hipérbole nada más y nada menos que la primera obra literaria de la Historia de la Literatura Cubana. Pero hiperbólico es también el nombre que se gastaba el escritor, como hiperbólico es todo lo nuestro; tanto que algunos estudiosos aseguran ahora que el poema  Florida, escrito por Fray Alonso de Escobedo entre 1598 y 1600, sería el verdadero pionero de las letras isleñas; un extensísimo canto sobre el recorrido americano del autor que viene a dedicar unas pocas páginas a su paso por la localidad cubana de Baracoa (tan caribeña como Cienfuegos); con lo que la primera obra de la Historia de la Literatura Cubana no sería ya ni siquiera un poema sino la pequeña porción de un poema; lo cual me parece el colmo de las pretensiones patrias, por muy minuciosamente descriptivas que sean esas páginas de la región y de los indígenas baracoenses.

Claro que Don Silvestre no era cubano, sino canario, ni cubanos eran los protagonistas del Espejo de Paciencia, ni mucho menos era cubano el discurso homérico (o más propiamente discurso de la épica española renacentista)  sobre el que se monta su obra. Cubanos eran, esos sí, el paisaje, la flora y la fauna que describe y enumera el escritor con eficacia de mercader. Pero en esa exhaustiva enumeración no aparece el humilde ateje. Como tampoco aparecen la palma y la mágica ceiba.

Lo siento por Balboa y Troya de Quesada, al despertar yo veía las palmas coronadas de verde allá en lo alto y al menos una ceiba, coronada de nieve, de una suerte de sutil algodoncillo que es lo más cercano a la nieve que puede encontrarse en el Caribe. La palma como la ceiba están relacionadas con Shangó (aunque esta última es definitivamente el templo de Obbatalá pero, ay, dicen que no hay Shangó sin Obbatalá), dios africano de la guerra, dueño del trueno y el baile, valiente y seductor, que danza con el hacha bipene en alto, sobándose los testículos en el ademán de poseer una hembra; o marcar territorio ante los machos de la competencia. Dios sobándose los testículos como modo de reafirmación frente a la muerte. Por ello, quizás, esta deidad africana es la más popular en el Caribe. Por su simbolismo, dualismo, paradoja de la interrelación entre el Eros y el Thanatos. Dios que no es exactamente africano, o al menos, que es africano en la misma medida que pudiera ahora mismo ser caribeño, sino que es una divinidad venida probablemente desde la isla de Creta a las márgenes del Nilo, y descendida después al sur del continente de la mano de los cobradores de impuestos y los soldados y oficiales de los ejércitos faraónicos, para ser entonces adoptado con entusiasmo por los oscuros tribales como una deidad regente, bella y feroz.

Quizá Shangó no sea otro que el Apolo de los griegos. Quizá el Caribe tenga mucho de la Antigua Grecia, no sólo por su religiosidad politeísta, sino también, y sobre todo, por el disfrute del cuerpo, y por lo manifiesto, ostentoso a veces, de la relación desprejuiciada de sus habitantes con su sexualidad y, más importante, de la sexualidad con la religiosidad; una donde la religiosidad impone pocos tabúes a la sexualidad. Por eso el verdadero disfrute de la sexualidad donde campea es en el Caribe, no en el África, en el África la religiosidad impone los tabúes tribales que limitan, anulan en muchos casos, el goce. Entonces, si la religiosidad africana, sobre todo la de índole yoruba, viene, proviene en alguna medida, por vía de los retorcidos vericuetos de la historia, de los mismísimos misterios helénicos, es acá, allá en el Caribe, donde esa religiosidad vuelve a reencontrarse con sus orígenes occidentales, quiere decir, helénicos.

En el Caribe los dioses que rigen, aparte de ser inmortales, tienen los mismos vicios y virtudes que tienen los hombres; los mismos que tenían los dioses del Olimpo. En el Caribe como en la Hélade los dioses montan, poseen a los hombres. En el Caribe como en la Hélade los dioses se enamoran de los hombres.

En mi vista del amanecer en el trópico, por acá ronda el espíritu de Guillermo Cabrera Infante, despertaba a escribir lo mismo a las ocho que a las diez de la mañana, inclusive al mediodía, recuerden que en el Caribe el tiempo es un insondable elástico, y poseía así la visión de una expandida, inusitada llamarada, como las llamas infernales que arden sin quemar, de un ateje frente a la terraza.

Una mata de ateje es como un sol aterrizado. El ateje, como la ceiba y la palma, está relacionado también con el furioso, fogoso Shangó. El árbol del ateje es un símbolo de cubanía, pero un símbolo sutil; sin la rotundidad y magnificencia de la palma real o la ceiba; símbolos oficiales estos. Y ya que digo palma real, fíjense que nuestro más emblemático árbol es tan monárquico en su nombre como el bandolero Manuel García o el restaurante Versailles de Miami. Frente a la terraza moraba también una mata de galán de noche, si durante el día dominaba el olor de las frutas en descomposición a la caída del sol dominaba el olor del galán de noche. La brisa fresca colaba por mi ventana la fragancia del galán de noche que impregnaba cada rincón, cada resquicio. A veces solía sorprender a mis musas, putas predilectas, con el lecho cubierto de las diminutas flores blancas del galán de noche. El galán de noche huele como a jazmín, pero su perfume posee mayor fijador. Por cierto, que las semillas del galán de noche poseen una tinta formidable, de manera que muchos de mis textos en la isla fueron escritos en tinta de galán de noche, en olor no de santidad, pero si de galán. Por cierto, nada como despertar en la noche, la luz de la luna entrando por tu ventana, con el olor del galán de noche pegado a tu piel; a tu espíritu.

Luego del infaltable café, fuerte y con mucha azúcar (dicen que a los cubanos lo que les gusta es el azúcar, no el café, de ahí que se lo tomen con tanta azúcar, que en verdad lo que tomen sea azúcar con café), uno oye, se percata de que los gallos, esos animales solares, han estado cantando desde el amanecer. Y con el canto del gallo, las campanas de una iglesia, sonando lejanas y como en lontananza; un sonido en el espacio, visualizado como una caravana de animales sacros en el espacio. Las campanadas de la iglesia entrecruzándose con esos otros animales sacros que son los toques de tambor y, por supuesto, lo profano, los sonidos de lo profano, una madre llamando a su hijo, una canción tarareada por una joven enamorada, un bolero de Rolando la Serie escabulléndose de la vitrola de un bar, antes, y un reggaeton irrumpiendo desde una radio o grabadora a todo volumen, ahora. Benny Moré, Olga Guillot y Polo Montañez.

Willy Chirino y una melodía pegajosa, una melodía que es una esperanza, in himno de esperanza, una profesión de fe y una profecía: Ya viene llegando.

Los juegos de azar y los sueños, lo cabalístico y numerológico de los sueños. El Caribe es azar, y un número dado en un sueño te puede cambiar la vida, la suerte, traerte la buena suerte. El vuelo de las palomas habla. La forma en que desciende el rayo habla también. La gente hace apuestas al juego del dominó (el ruido de las fichas del dominó domina el aire), a las chapas de los carros, a las patas de los caballos, a las peleas de perros, a las filosas espuelas de los gallos y hasta a la probable trayectoria de un huracán. En el Caribe todo es juego y apuesta.

Quien no ha pasado un huracán en el Caribe no sabe lo que es bueno, es decir, peligroso y placentero. Huracán, un dios de los antiguos taínos, al cual contentaban con suculentas ofrendas debido a su ferocidad. Más valdría que los caribeños actuales endulzasen con ofrendas y danzas, adorasen al dios de los vientos y la tempestad, porque un huracán puede ser mortífero en el Caribe y, al mismo tiempo, una buena oportunidad para ver desencadenadas las fuerzas ciegas de la naturaleza, para encerrarse en un rancho, bohío de vara en tierra, o habitación convenientemente fortificada con una provisión de masas de cerdo frita y aguardiente, acompañado de alguien con quien follar mientras afuera las ráfagas del viento acaban con el follaje; con el mundo. Es bueno también poder ver la luz, luz en medio de tinieblas, que despide el huracán mientras azota y castiga el mundo. Una luz horrísona, subtérrea y celestial. Una luz de aire como serpiente de fuego anidando, encaracolándose en el espacio.

Ya sabemos, el huracán también es muerte y desolación, pero, como todo dios que se respete, cumple a pie juntillas los ciclos de la muerte y la resurrección; del mal que es aliado del bien. El ciclón se lleva lo que ya cumplió su función y trae lo nuevo, fértil y necesario. En La Habana (que no es propiamente una ciudad caribeña, aunque mucho de eso tiene), en Cienfuegos, y en todas las ciudades de Cuba, la gente sensata, las que se religan bien con la divinidad, ora, clama al cielo por el más grande huracán resurreccional. Tronar, quien no ha oído tronar en el Caribe no sabe nada de la vida, tampoco de la muerte. Vida y muerte en el zigzagueo serpentino del rayo. Mi abuela solía decir cuando sonaban los truenos: en el cielo los dioses ponen los platos para la cena, y mi madre tapaba los espejos porque, aseguraba, por los espejos entran las centellas. Mi madre cortaba las tempestades con un cuchillo mohoso. Si en las tribus ancestrales existía el muy venerable oficio de hacedor de lluvia, mi madre en cambio ejercía el oficio de deshacedora de lluvias y tempestades. Madre. Magia homeopática manifestándose en el Caribe.

La comida en el Caribe cubano, al menos antes de 1959, es abundante. En mi casa se cocinaba, por ejemplo, para la familia y para el viajero, familia o no, que por ventura llegará a la casa sin haber comido. Básicamente, arroz con frijoles -comida sin arroz con frijoles es merienda u otra cosa, pero no comida- acompañados de masas de cerdo fritas, bistec de cerdo o carne de res en sus múltiples manifestaciones culinarias. En el Caribe cubano se disfruta tanto la mesa como la cama. De hecho, muchísimas palabras del léxico gastronómico se toman como prestaciones para designar actividades o elementos sexuales. Así, comerse a alguien es tener relaciones sexuales con ese alguien. Al semen se le nombra leche. Al falo, yuca. A la vagina, papaya, por el fruto del papayo, y hasta tal punto es así que ya a la papaya no se le llama papaya, pues se estaría mencionando indebidamente al sexo femenino, y entonces para nombrar al fruto del papayo se usa un eufemismo; se le llama fruta bomba. Es decir, escapando de la papaya nos las habemos ahora con la bomba; mal negocio en estos tiempos de lucha antiterroista. De una persona sexualmente apetecible se dice de ella que es un mango. También muchos alimentos marinos, entre ellos la hueva del carey, son considerados excelentes afrodisíacos, nada de viagra, esa vulgaridad, coma carey. Para colmo, a los machos practicantes del apareo por el envés se les nombra como a animales marinos, se les nombra como pargos o como chernas.

Están también los increíbles adobos a base de limón, ajo, aceite y cebolla con algún que otro ingrediente misterioso que las viejas y buenas cocineras cubanas como mi madre se llevan a la tumba. El olor de cualquier ciudad caribeña que se respete es el olor del pescado fresco y frito, y al marisco, fundamentalmente el camarón y la langosta. Enchilado de langostas y enchilado de camarones, dos platos exquisitos. Por cierto, que uno de los olores con que más se relaciona el olor del sexo de mujer es con el olor de los mariscos; de los mares. Por cierto, que Yemayá y Ochum, dos de las más prominentes deidades del panteón africano, sincretizadas con la Virgen de Regla y la Virgen de la Caridad del Cobre en el panteón católico, son divinidades femeninas del agua, la una de los ríos y la otra de los mares.

La Navidad en Cuba, al menos antes de 1959, no es Navidad sin puerco asado. Si en la misa católica el devoto devora al cuerpo de Cristo en el cuerpo de la Ostia, reminiscencia del paganismo allá en la noche de los tiempos, de las ceremonias donde el devoto devoraba al cuerpo del dios sustituido por un sacrificio, por un sacrificado, para dotarse de su gracia y su poder, en la Navidad en Cuba, el devoto devoraba al cerdo para dotarse de su grasa y su energía; grasa y energía como gracia; al menos antes del advenimiento de los años revolucionarios primero, y los anoréxicos y posmodernos después. De hecho, en dos de los más populares métodos de asado, a la parrilla y en puya, el cerdo adquiere la figura de un humano crucificado y, a veces, la figura reluciente de una hembra con las piernas abiertas. Trinidad que marca la pauta, vida en el Caribe: mesa, misa y cama, o, mejor, gastronomía, religiosidad y sexo.

El puerco así se rocía abundantemente, se come, con cerveza, ron o aguardiente. El ron, la cerveza y el aguardiente como sustitutos del vino de la misa; el vino como sustituto de la sangre de Cristo. El día que yo pueda regresar a Cuba tengo una fantasía, asistir al asado de un puerco en puya o en parrilla en el campo y a la luz de las lámparas de aceite, al son de las décimas y de la guitarra y de mucho aguardiente libado; en la ladera de una montaña y hasta el amanecer. El puerco en puya y en parrilla viene de la época en que los bucaneros (en las lenguas caribes bucán es rejilla o trama de madera utilizada para ahumar la carne por parte de los habitantes precolombinos de las Antillas, curiosamente en Cuba se le llama bucanero al bugarrón, es decir, al sodomizador), originarios de la parte occidental de la isla de La Española, actual Haití y República Dominicana, se dedicaban a cazar vacas y cerdos salvajes para bucanear, es decir, ahumar, la carne y venderla a los navíos que navegaban por las aguas del mar Caribe.

Durante el siglo XVI se establecieron en la parte occidental de la isla, que había sido abandonada por los españoles, aventureros europeos, particularmente franceses, en su mayoría normandos, que copiaron de los amerindios (arawaks) la técnica de conservación de la carne y se dedicaron a preparar la piel de los animales cazados para venderla a los europeos de paso. Cuando las autoridades españolas invadieron la isla por no pagar impuestos a España -ojo con los impuestos, exterminaron a los animales en que se basaba el comercio de los bucaneros- muchos de ellos se establecieron en la isla de la Tortuga sumándose a los filibusteros, para dedicarse a la piratería, sobre todo contra los españoles. A lo largo de los siglos XVII y XVIII el término, alternado con el de filibustero, pasó a ser sinónimo de pirata.  Sin embargo, mientras los piratas solían limitar sus actividades al mar, los bucaneros no desdeñaban las actividades en tierra firme, dedicarse al pillaje en tierra firme; bandidos dobles.

Porque sin contrabando y sin pillaje no hay Caribe tal cual le conocemos. Porque al contrabando y al pillaje se dedicaban los antiguos caribes, esos que dieron nombre al mar Caribe y a sus islas, pero que habitaban también, y de allí provenían, el norte de América del sur, y fama, mala fama tenían de ser feroces y devorar a sus enemigos. Porque la prosperidad del Caribe provino fundamentalmente del comercio de contrabando con los piratas, y por ende, del pillaje que llevaban a cabo los bandidos del mar, debido al férreo monopolio que ejercía España sobre el comercio, no sólo en el Caribe sino en todos sus dominios americanos. Luego comercio y progreso en el Caribe significa contrabando, violación de las injustas leyes estatistas que coartan la libertad del individuo a vender o comprar lo que le de su real gana. Luego, quizás, tan importantes para el Caribe pudieran ser los piratas Francisco Nau, el Olonés, y Henry Morgan, francés el uno, británico el otro, como el beatífico Padre las Casas, defensor de los indios, o el patriota y poeta cubano José Martí, o ese otro escritor y sibarita nombrado José Lezama Lima.

Una vez a una pregunta para una entrevista que me hiciera el poeta Denis Fortún, acerca de lo que me había decidido a convertirme en escritor, le dije más o menos lo siguiente:

La verdad es que no decidí nada. Ese ambiente, el caribeño, está entre los elementos fundamentales para hacerme escritor. Una localidad atemporal en las cercanías de una ciudad en la que los duelos a machete, los incestos y los amoríos se cantaban en décimas. Además de la épica del bandolerismo perteneciente a un pasado no muy lejano. Crecer oyendo historias de aparecidos y tesoros de piratas contadas en las horas de la sobremesa que anteceden al sueño. Historias a las que se daba tanta credibilidad como a las otras pertenecientes a una realidad dura y escabrosa.

En mi casa no había libros, es más, leer era considerado una actividad altamente sospechosa. Pero la verdad es que no los necesitaba para nada pues nacer en el Caribe y estar dispuesto a morir, vivir, correr sus riesgos y recompensas, es la más grande aventura que jamás nadie encontrará en el más formidable libro del más formidable escritor.

 

Armando de Armas es escritor y periodista. Editor de Cultura/Educación de ZoePost.

 

 

 

 

 

 

 

2 Comments

  1. ¡Cómo no! Es lo real maravilloso que encontró Cristoforo Colombo y luego adornó con metáforas e hipérboles en sus diarios, para ganarse la simpatía de los Reyes Católicos. Es la idea que retomó Martí en <>. Es la maravilla de mundo nuevo que descifró Lezama en <> y que luego metaforizó en la mágica Habana de y <>. En fin, es la supra realidad del continente en que nacimos y que se renovó en el «Boom» de la narrativa de mitad del siglo XX. Es la epifanía de estar conscientes de toda esa riqueza. En ese sentido, consíderate un hombre millonario, como muy pocos lo son [o lo somos].
    Un abrazo, Caballo.

  2. Heidys Yepe

    Formidable.

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