Entre George Floyd y Samuel Paty

Zoé Valdés

Por Zoé Valdés.

El 25 de mayo del 2020 falleció a causa de asfixia en Estados Unidos el ciudadano afronorteamericano (para mí sería norteamericano y basta, pero… convencionalismos obligan…) George Floyd. El 16 de octubre del 2020 (recién se cumplió un año) fue decapitado en plena calle de Conflans-Sainte-Honorine, Francia, el profesor francés Samuel Paty. Obviamente hay una inmensa diferencia entre Floyd y Paty que no radica solamente en que el primero era un delincuente común, lo que está probado, y en que el segundo era un profesor entregado a su trabajo: educar a sus alumnos.

La muerte por asfixia de Floyd, que se ha demostrado que ocurrió tras tomar drogas y bajo la presión de la rodilla de un policía en su cuello (probablemente esto, además de las drogas, contribuyó a su ahogo porque de lo contrario no hubieran condenado al policía, Derek Chauvin, a la pena máxima de 25 años de cárcel) fue filmado por una transeúnte y expuesto en las redes sociales.

Los estadounidenses y el mundo entero se sintieron conmocionados ante tal tragedia. La culpa recayó en Donald Trump, en quién si no, y en todos sus votantes. La parafernalia que se armó tras esta muerte o crimen sobrepasó las expectativas. La familia de Floyd fue indemnizada con 27 millones de dólares, un rapero donó también a la familia dos millones de dólares para el funeral, y el finiquitado fue enterrado en un ataúd macizo bañado en oro con honores que pudieran ser considerados presidenciales.

El mundo entero lloró a Floyd y se arrodilló. Menos yo. Porque yo no lloro a delincuentes, ni me arrodillo como no sea ante Dios. No hay que olvidar que Floyd había entrado en la casa de una mujer embarazada y a punta de pistola intentó robarle; también se dedicaba a negociar como dealer de la droga. El día en que fue apresado y murió, había timado a un comerciante con un billete de veinte dólares. El comerciante fue quien llamó a la policía, por lo que Floyd fue detenido. La verdad es esa y no otra.

En tanto que tenemos por otro lado a Samuel Paty, que enseñaba laicidad en una escuela; tras explicar la laicidad y mencionar a Mahoma, algunos estudiantes se molestaron, por lo que Paty debió excusarse. No contenta con la excusa, una alumna decidió chivatear a su maestro con su padre musulmán; este denunció a Paty a los islamistas radicalizados (lo de radicalizado a mi también me sobra, como si esa religión desde su libro no lo fueran). Las redes sociales se encargaron del resto.

Samuel Paty fue decapitado en plena calle, nadie lo filmó, y si lo filmaron el vídeo no trascendió. Apenas existen testimonios y una foto desde lejos.

La trayectoria de Samuel Paty: impecable. Un hombre que amaba enseñar, un amante de la sabiduría y portador del conocimiento. Francia lloró por él, pero estoy segura de que no todo el país lo hizo. Al mundo apenas le importó, habituado probablemente a estos actos violentas en Francia y en Europa. Yo sí lloré. Porque yo lloro y lloraré siempre a hombres como Samuel Paty. Samuel Paty tuvo un funeral de estado, como merecía, y el primer aniversario de su fallecimiento se conmemoró en Francia en medio del dolor que dejó su horrenda muerte. Se multiplicaron los debates televisivos. “No murió en vano”, dijeron, como siempre se dice, aunque es necesario reiterar que fue asesinado decapitado en plena calle por un bárbaro islamista, refugiado ruso de 18 años de edad, de origen checheno, quien sería abatido por la policía durante el intento de detención.

No hubo ni habrá indemnización millonaria para la familia de Samuel Paty, ni tampoco el planeta lamentará y llorará su muerte a manos de un extremista como sí lamentaron y lloraron a George Floyd y al parecer siguen haciéndolo. Tampoco ningún rapero donó dos millones o la cantidad que fuera, ni un centavo, a sus familiares.

Se conoce que Floyd pronunció en varias ocasiones la frase: “No puedo respirar” mientras moría. No creo que a Paty le hayan dado tiempo siquiera a mencionar cualquier cosa mientras su cabeza era separada de su cuerpo.

Lo que sí debemos tener claro es que con Samuel Paty la humanidad perdió a un hombre de bien que enseñaba y trataba de mejorar a esa misma humanidad. Con George Floyd perdimos a un ser humano, cierto… Lo dejo a vuestra consideración, para no caer en juicios maniqueos; aunque, lo siento, son verdaderos. Ya sé, las comparaciones, en estos casos -dirán los que atenúan- son malas. Yo ya dejé de atenuar hace mucho tiempo.

Fuente Libertad Digital.

Zoé Valdés es escritora y artista. Fundadora y Directora General de ZoePost y de Libertad de Prensa Foundation. Fundadora y Voz Delegada del Movimiento Republicano Libertario Martiano.

6 Comments

  1. Un delicuente se queda delicuente aun despues de muerto y no hay que santificarlo porque no se ha visto un santo con 27 millones de dollares, en cambio Paty era un pobre profesor (visto cuanto ganan los profesores) que hablaba de historia y a su familia nada y ademas de decapitado mofado ridiculizado y sin justicia este es el mundo y los paises con gobiernos progres. Muy buen articulo

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  3. Félix Antonio R G

    Conveniente y oportuna comparación…

  4. Gisbert Madziar Edith

    Muy buen articulo, gracias Zoé
    Edith

  5. Un gran artículo y un contraste muy elocuente de como funciona este mundo… ¡Muchas felicidades Zoé!

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