El saltarín del parque

Foto Moshe Harosh

Por María Victoria Olavarrieta.

Yo soy una tía realizada. Entre los momentos más felices de mi vida están los que he pasado al lado de mi sobrino Carlos. Las tardes de los viernes se las dedico a él, solemos ir a uno de los parques del barrio que más nos gusta.

En Miami los árboles no pierden sus hojas, el terreno parece cubierto por una alfombra verde todo el año. Comenzaba el otoño y la temperatura era ideal, la brisa y el olor que sale de la tierra cuando los primeros goterones la humedecen, anunciaba que no muy lejos habíamos tenido lluvia.

Me acosté debajo del árbol de los duendes y me dispuse a contemplarlo. Me gusta ver las ramas desde abajo, el cielo de fondo… Cuando Carlos era muy pequeño le llamaban la atención las rarezas del tronco, cubierto de unas espinas negras muy puntiagudas que le parecían uñas de bruja… por allí subían los duendes invisibles, se esparcían por las ramas y disfrutaban sus meriendas de nueces con miel, sólo en ese momento del día se podían ver.

–¡Tata, mira donde hay un niño! –dijo Carlos señalando hacia arriba.

–Hola, soy Daniel –gritó sonriendo. Era la primera vez que un pequeño me saludaba en el parque, suelen estar tan inmersos en sus juegos que no advierten cuando una persona mayor les habla.

Me simpatizó tanto aquel niño, que desde ese mismo instante decidí que haría todo lo posible para que él y mi sobrino se hicieran amiguitos. Pasaba de una rama a otra con la agilidad y gracia de un mono pequeño. Del árbol saltó a los toboganes, de allí a las hamaquitas, corría, chillaba y desde mi trono verde podía escuchar su parloteo con los demás niños del parque.

De regreso a casa le dije a Carlos: –De ahora en adelante le llamaré a tu amigo “El saltarín del parque”.

Comenzamos a visitarlo; su casa tiene una amplia terraza y mientras yo, con el portátil en mi regazo, intentaba redactar mis artículos, ellos se divertían de lo lindo saltando en una cama elástica que su papá le instaló en el patio.

El saltarín tiene una hermanita más pequeña que lo imita en todo, así que aunque los juegos no fueran apropiados para su edad, ella intentaba lo que fuese y la mayoría de las veces salía airosa.

Jugaban a la pelota, a los escondidos, al pegadito y como a Carlos le encanta dibujar, a veces terminaban la jornada sentados los tres en una mesita muy coqueta debajo de un árbol de limón, que cuando está florecido perfuma todo el patio con sus azahares.

Llegó el verano. El saltarín y su hermanita fueron a visitar a sus abuelos de Barcelona y estuvimos casi 3 meses sin verlos. Mis abuelos también eran españoles, uno de Santander y otro de Tabeirós, Pontevedra. Algún día llevaré a Carlos a conocer la Madre Patria.

Comenzaron las clases y en nuestro primer viernes Carlos me pidió que fuésemos a visitar al Saltarín.

Habían comprado un televisor enorme y nada más entrar por la puerta, Daniel arrastró a mi sobrino hasta la sala para mostrarle su nuevo juego, un Wii.

Las manos en el control y los ojos en la pantalla. En su frenesí, no notó la frustración de Carlos ni respondió sus protestas.

–¡Vamos al patio a jugar a la pelota como siempre! –reclamaba Carlos.

–Ven toma, te enseño –dijo Daniel, colocando el control en sus manos–. Estoy jugando a la pelota con dos jugadores.

Carlos no tiene experiencia con juegos de este tipo, sus padres muy sabiamente decidieron no comprarle juegos de video. Daniel no tuvo paciencia para el ritmo de aprendizaje de su amigo, le arrebató el control y le pidió que se fijara como lo hacía él.

–¿Y no podemos jugar en el patio con un bate y una pelota de verdad? –insistía Carlos, muy frustrado.

La madre de Daniel, desde la cocina, nos informó:

–Desde que el Wii llegó a esta casa, los niños no han vuelto a tocar sus juguetes, así que los recogí todos y los llevé para la iglesia. Hay muchos niños pobres en el mundo que no tienen con qué jugar. ¡Y mira que recogida se mantiene ahora la casa!

–Yo quiero irme, Tata –me pidió mi sobrino con una carita de tristeza tremenda, casi la misma expresión de la hermana de Daniel, que estuvo todo el tiempo sentada sola, esperando su turno para usar el control.

El niño afable que conocimos en el parque no pudo desprenderse de su pantalla para despedirnos. No sabemos si realmente se dio cuenta que nos íbamos. Mirándolo desde la puerta noté que había ganado mucho peso.

Ya en el auto, de regreso a casa, Carlos me preguntó:

–¿Y qué nombre vas a ponerle ahora al Saltarín del parque?

Al viernes siguiente invité a otros dos vecinitos a jugar en casa. Niños de 10 y 11 años, cada uno vino con su teléfono celular. Jugaban sin dejar de chequear a cada momento sus pantallas y por momentos se quedaban ensimismados y detenían el juego. No aceptaron mi propuesta de apagar los teléfonos mientras estuvieran en casa.

Mi sobrino, exasperado, les pidió con firmeza que siguieran jugando y a mí me dijo levantando los brazos al cielo: –¡Es que soy el único niño de mi clase que no tiene celular, ni tendré, dice mamá, hasta que tenga 16 años!

El problema es grave. Son los padres y adultos de la familia los que les compran teléfonos y este tipo de juegos a sus hijos. Entre los argumentos que he escuchado éste se repite mucho:

–Todos sus amiguitos tienen celulares y juegos electrónicos, no quiero que mi hijo se sienta menos que los demás.

Con esa base educativa de que hay que sumarse a la manada, no nos debe extrañar el aumento del alcoholismo, el hábito de fumar y la drogadicción en los jóvenes. Ellos no están entrenados para ser ellos mismos, para la autenticidad, para decir no y asumir las consecuencias.

Yo desconfío de las casas donde hay niños que estén perfectamente limpias y ordenadas; me aterro cuando nuestros pequeños no salen de sus cuartos a compartir en familia y hasta en los viajes de vacaciones hay que ponerles una película en el carro para que estén entretenidos. ¡Es tan corta la infancia! Qué derroche desperdiciar los bellos años de la niñez y no jugar más tiempo con ellos, llevarlos al parque, escucharles sus historias, contarles las nuestras, invitar a sus amiguitos a la casa y observar la imaginación que tienen para inventar juegos… Parodiando a John Lennon: “La vida es aquello que pasa mientras estamos ocupados en otra cosa”.

Con mucha tristeza me contaba una maestra compañera de trabajo, a la que considero muy buena madre, que conversando con su hijo adulto de sus vivencias familiares, éste le confesó:

–Lo que más me dolió, no fueron tus castigos sino que nunca tenías tiempo para jugar conmigo. Nunca te sentaste a mi lado a ver una película.

“Una mentira no se convierte en verdad porque todo el mundo crea en ella”, aseguraba Gandhi. El uso excesivo de la tecnología no es inocuo. La adicción en niños y jóvenes a teléfonos celulares, tabletas y juegos electrónicos es un hecho. La solución está en nuestras manos; si no salvamos a nuestros hijos de los ídolos de nuestro tiempo, ¿quién lo va a hacer por nosotros?

María Victoria Olavarrieta es Profesora de Español y Literatura.

2 Comments

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  2. Heidys Yepe

    Muy buen artículo. Es muy triste lonque se esta viviendo con la niñez.

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