El mundo al vuelo

Imagen Geralt

Por Gloria Chávez Vásquez.

 

“Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de burla”.

Demócrates (Filósofo griego).

 

La siguiente es la sinopsis de un estudiante de periodismo en el año 2050.

La historia de Colombia, como los otros países, oscilaba de extremo a extremo: La derecha daba paso a la izquierda y viceversa; pero en momentos críticos, su periodismo trataba de mantener la cordura. Su prensa, no sin las consabidas dificultades, era libre y periódicos y emisoras, como radio Sutatenza, dictaban pautas al mundo. Su televisión comenzó con intención educativa y así por unos años.

El noticiero original de la televisión colombiana se llamaba El Mundo al vuelo. El lector de noticias, Carlos Lizarazo, frente a un pódium, como un académico leía las noticias del día, sin inmutarse. Se limitaba a transmitir los hechos. Sin opiniones ni comentarios dentro o fuera de lugar. Ni siquiera su cara cambiaba los gestos o se contraía al mínimo para expresar su agrado o desagrado por las buenas o malas noticias.

En la radio ocurría lo mismo, El repórter Esso informaba a diario y cada media hora, sobre los eventos del día. El interesado recibía la noticia y era quien respondía o reaccionaba según su nivel de interés y educación. Los periódicos se limitaban a los hechos porque para eso eran las columnas de opinión y el editorial y los reporteros no buscaban protagonismo sino hacer su trabajo. Los lectores disfrutaban de la información, sentados a la mesa durante el desayuno, o en sus butacas después del almuerzo o la cena.

A fines de los 60 surgieron tabloides y revistas que buscaban enganchar lectores exhibiendo mujeres casi desnudas en sus portadas y que se vendían no precisamente para la lectura. Gradualmente lo que era información se fue transformando en provocación y entretenimiento. En la TV se empleó gente más joven, muchachas que hubieran participado en concursos de belleza y hombres verbosos que añadieran su toque personal y comentarios a veces fuera de contexto, en ocasiones políticos y otras, tergiversados. Los reporteros buscaban agresivamente la noticia. La competencia entre noticieros y periódicos creció por ver quien coloreaba mejor los hechos. Nacieron los periodistas estrellas y los paparazzi. Las páginas rojas se llenaron de sangre y el lenguaje se deterioró a nivel callejero. Los anuncios de alcohol y cigarrillos dirigidos a los jóvenes inundaron la sociedad. De esa manera se fue entonteciendo a la audiencia. El periodismo siguió bajando sus estándares buscando acomodarse a su público.

El abuso a la libertad de expresión permitió entonces la difusión de ideas radicales, muchos periodistas becados en Cuba o los países de la unión soviética, empezaron su evangelización moldeando las noticias para inyectar su ideología. Sin coordenadas de imparcialidad, el objetivo ya no era el mundo al vuelo, sino el mundo a la izquierda.

El aficionado a las noticias solo notó un gradual giro en el que la vida diaria se veía desde un ángulo cada vez más pesimista. Todo estaba mal. Nada andaba bien y poco a poco se le fue convenciendo de que había que hacer algo, como, por ejemplo, una revolución. Y que mejor muestra que la revolución cubana, cuyos colores eran pintados por los herederos de la ideología vaselina, en su adoctrinamiento, como “el hombre nuevo”.

El “hombre nuevo” había perdido su razón y su independencia. Ahora se le dictaba como debía pensar y en su defecto, como debían pensar los demás.  Es decir, para eso tenían los libros de Marx, el ejemplo de la revolución bolchevique, el manual de Saul Alinsky el cual ellos seguían fervorosamente y al pie de la letra cuando de informar al público se trataba. Para aquellos a quienes las noticias les tenían sin cuidados, estaban los curas en las iglesias y guerrilleros urbanos, infiltrados en las universidades, pasando por estudiantes, pero interrumpiendo clases e imponiendo nuevos “académicos” a punta de huelgas y violencia. En eso estaban siguiendo el ejemplo de sus camaradas del mundo en Estados Unidos y Europa.

Los mejores alumnos de esta nueva generación de revolucionarios eran aquellos que lo tenían todo menos la paz mental. Era los herederos de familias acomodadas, que no necesitaban o no querían trabajar y estaban ansiosos de sentirse útiles e importantes “reconstruyendo la sociedad”. Rebeldes sin causa, porque los que la tenían se unían a las guerrillas, cada vez más numerosas y con agendas a lo Che Guevara. En realidad, la mayoría de los que conformaban sus filas eran hijos de campesinos, obligados a unirse bajo amenazas de muerte a ellos o a sus familiares.

Para financiar las guerrillas bastaba invadir una finca y apoderarse de la propiedad y el trabajo ajeno. Y si se oponían solo había que apretar el gatillo. Problema solucionado. ¿Que era una vida cuando la causa era lo importante?  Es más, solo había que invadir un pueblo y el botín era mayor, se mataban los militares, se incendiaba lo que se atravesara y se secuestraban los habitantes cuyos familiares pudieran pagar rescate. A veces lo pagaban, pero se les mataba de todas maneras.

Cuando la “revolución” no se tomaba en serio como tal, sino que la gente los tachaba de asesinos, entonces apelaban al terrorismo para enviar el mensaje de quien era el más fuerte, el que mandaba. Y entonces se tomaban una alcaldía, una gobernación, mataban al funcionario y sus empleados, quemaban un palacio de justicia con sus jueces y cientos de civiles dentro y declaraban que todo lo hacía por los ciudadanos que estaban cansados de las injusticias. Justificaron su negocio con la droga porque según Fidel Castro, era un arma contra el capitalismo. Aliados con los carteles, se convirtieron en narco revolución.

Ahora las noticias no eran las de El Mundo al vuelo sino las de El Mundo al revés.

Habían inyectado en el país la indignación, pero también la cobardía porque muchos ya eran víctimas del síndrome de Estocolmo. En su mentalidad, estaban “donando” las vacunas mensuales o sea las cuotas para mantener a las guerrillas poderosas, y hasta simpatizaban con sus líderes. Llevar la camiseta del Che Guevara era una moda Chic, tener el afiche del asesino era una inspiración. Viajar a Cuba dejó de ser un estigma para convertirse en un honor. La gente iba a ver los escenarios creados por el régimen cubano y quedaban maravillados. Que si la medicina o la educacion eran lo mejor del mundo, pero nunca escuchaban los detalles, la verdad, las denuncias y lamentos de los isleños que se morían de desnutrición y de falta de libertad.

Colombia, como muchos otros países, incluyendo a España, habían caído en las garras de los desadaptados y estos dictaban como se debía pensar. El pensamiento ya no era libre. La historia y con ella la cultura se borraba para reescribir la versión contraria. Y el nuevo ser humano se había convertido en esclavo sin conciencia.

Pero entonces vinieron las guerras civiles, y la guerra global. Los defensores de la Verdad y la libertad contra los opresores. Y en esas estamos, reportando a ver quién sobrevive.

Gloria Chávez Vásquez es escritora, periodista y educadora colombiana.

 

 

2 Comments

  1. Pingback: El mundo al vuelo – – Zoé Valdés

  2. Heidys yepe

    Bravo! Siempre tan directa.
    Gracias Gloria Chávez Vásquez.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*