El material de los sueños

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Por Ulises Fidalgo.

Cuando llegamos a Cleveland, Ohio, lo primero que hicimos después de acomodarnos en nuestra nueva casa, fue ir a visitar lo que iba a ser mi próximo lugar de trabajo. El departamento de Matemáticas de Case Western Reserve University. Frente, hay una fuente que hace homenaje al experimento del siglo XIX de Michelson y Morley, que se hizo en el sótano de Adelbert Hall. Un edificio cercano a esa fuente. En él se mostró que la velocidad de la luz en el vacío es siempre la misma. En algunos libros de texto dicen que Einstein se basó en ese experimento para formular la Teoría Especial de la Relatividad, pero es falso. Einstein negó que hubiera sabido algo sobre aquel acontecimiento ocurrido en la lejana ciudad de Cleveland, en el siglo anterior. Lo más gracioso del experimento fue la lacónica conclusión de Michelson y Morley : «El Éter no existe». Aquella conclusión era un cambio de paradigma. Desde antes de Aristóteles se habían afirmado los cuatro elementos, las cuatro esencias para todas las cosas: Tierra, Aire, Agua y Fuego. Ahora solemos interpretar que eran cuatro estados de la materia. Sólido, Gas, Líquido, y Plasma. Sin embargo, fue necesario asegurar la existencia de una Quinta Esencia para conformar a los dioses. El Éter. También era el material de los sueños, y claro, de las pesadillas. Cuando Maxwell descubrió que la luz eran ondas que se disipaban, surgió la pregunta de sobre qué medio lo hacían. Las olas del mar se disipan sobre el agua, el sonido en el aire, ¿y la luz, sobre qué? Debía ser algo especial, intangible, etéreo tal vez. El Éter. Allí estaban Michelson y Morley para por fin decir que los dioses, si existen, no están hecho de nada. Son inmateriales, y que los sueños no eran más que nuestros propios pensamientos, aún con menos lógica que en la vigilia. Allí, frente a mí, está esa fuente para insistirme en que debo creer que los antiguos habían idealizado a sus dioses suponiéndolos etéreos, y que nada ni nadie debía ser la «quinta esencia» de nada. La fuente, que tampoco tenía agua, tal vez era para recordar que no sólo Aristóteles se había equivocado, sino también Tales. Hay cosas que no son agua (incluso junto a los Grandes Lagos). Luego llegó el invierno a la costa norte y extrañamos al Fuego. Con el paso de los años, Cleveland ha dejado de ser novedad, y con ello degradamos el mito de la Tierra. El exilio ya es lo normal, como otro elemento. Un elemento común. Aire, viento, aliento, ánimo. Frente a mi departamento está el recordatorio de aquel famoso experimento. Alguien construyó aquella fuente, para que su recuerdo no fuera tan sólo algo etéreo.

 

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University. Jefe de Redacción de ZoePost.

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