El lápiz de punta roma

Niña frente al mar. Pixabay

Por Lucimey Lima Pérez.

 

La niña tenía un lápiz con punta roma y escribía y escribía, como era de punta roma, pues no era tan claro, tan fidedigno, tan verdadero, tan fino, tan preciso, pero sí auténtico, ese, su testimonio. Si el lápiz hubiera tenido la punta fina todos los escritos de Lolita hubieran sido perfectos, creíbles y transparentes. Pero, qué dificultad con el lápiz, era a causa de él, o quizás del cuaderno. No podía escribir lo que realmente quería. No tenía un sacapuntas. Y qué quería. Y qué sentía. Cómo expresar todo con un lápiz de punta roma, si no había cómo sacarle la punta. Quizás si tuviera un bolígrafo, un portaminas, pero y qué era un portaminas, y, además, qué eran minas, y quién proveería lo desconocido, el portaminas y las minas, una vez que no hubiera minas era peor que no tener lápiz, así no tuviera la punta fina, quizás, eso intuía. No saber lo que era un portaminas era peor que no tenerlo.

¿Qué hacer? decía Lolita. Ella deseaba plasmar sus vivencias, sus movimientos, sus menoscabos, sus ganancias, sus angustias, sus disfrutes, sus afectos, toda la intensidad de su ser. Lolita tenía un cuaderno, al menos, con muchas páginas amarillas por el bagazo de caña y rugosas por el tipo de proceso, lleno y vacío, grueso y sin páginas. Qué suerte, al menos tenía un cuaderno, un cuaderno que no terminaba nunca, porque las páginas se multiplicaban tanto que aun faltaban cientos en ese su cuaderno delgado y chiquitico.

La pequeña Lolita, no sabía ni qué edad tenía, seguía y seguía haciendo garabatos en su cuaderno con el lápiz de punta roma. Qué impedimento, pero qué gloria, escribía. Y al escribir Lolita vertía todos sus sentimientos profundos, sinceros, turbulentos y tranquilizantes en papeles muy internos, que no le correspondían, que no eran suyos. Cómo ser suyo un simple cuaderno, cómo ser suyo un lápiz con punta roma. Usaría sus endebles uñas para afinar la punta, pero tenía muchas páginas para escribir, y eso era una gracia, una ventaja, una bendición que no entendía una niña de cualquier edad que se llamaba Lolita. Las uñas de sus delicados deditos no serían suficientes para afinar la punta, para aflorar más grafito.

Luego de tantos avatares Lolita comenzó a escribir en serio algo que nadie ha podido leer, porque ella no tenía sacapuntas y sólo tenía un lápiz, pero había un cuaderno lleno, medio lleno, vacío, esto es, muchas páginas para llenar, para grabar todo, para rellenar. Pero qué endeble sentimiento y entendimiento. Muchas páginas completas del sentir de Lolita y del Mar, aunque contara con un lápiz de punta roma. Ese era su deseo plasmar en su cuadernito su conversar con el Mar.

Pues bien, la pequeña Lolita comenzó a hablar con el Mar. Cómo podría grabar esas interacciones en un común físico como lo es el papel, sólo contaba con una grabadora peculiar y suya, la memoria. No podía contarle a nadie, día a día, todo lo que ocurría entre ella y el Mar que pisaba, muy suavemente para no estropearlo. Sólo estaba su cuaderno, con el beneficio de tener muchas páginas, pero con un lápiz de punta roma. Lolita sentía un cálido tormento. Una responsabilidad de dejar testimonio y una imposibilidad para fijarlo y legarlo. Cómo quedaría claro su pensamiento, cómo incrustar sus sentimientos confusos e intensos si el lápiz persistía en tener la punta roma, aunque el cuaderno tuviera tantas páginas, todas y muchas llenas, la mayoría vacías. Y dale con el lápiz, sería que los deseos de la niña necesitaban expresarse en trazos finos, claros, fuertes y delicados. Qué difícil escribir sin afilar la punta del lápiz. Qué difícil escribir a lo universal…

Lolita pensó, discernió, qué hago, expreso o sucumbo ante el lápiz de la punta roma. Y qué bien, la niña, aun no mujer, decidió escribir y usar sus uñas para sacar la punta al lápiz de la punta roma. Y así, luego del conflicto entre el lápiz y el papel, ella mediaba el arreglo, cómo, pues creo que ni sabía, probablemente porque sus abuelos, su madre o su padre le dijeron que escribiera de cualquier manera, que lo importante era escribir, y más si se trataba de conversaciones con amigos. Lolita amaba los mares, a ese Mar, su sangre podría bien ser agua salada con algas y peces, con moluscos y corales, el mar era más que su amigo, era el entorno, el ruido y el silencio, la furia y la calma, la tormenta y la quietud, lo cerca y lo lejos, la verdad y el secreto, el desprecio y el amor. Habían conversado mucho, pero el vaivén del mismo lo hacía tan ajeno y tan familiar que a veces lo desconocía, tanto como sucede con los viejos amigos.

Así encontramos cómo Lolita, impaciente, fuera de sí, escribió lo que habló con el Mar.

  • Mar inhóspito, inaccesible y malsano, yo vivo en una isla y tú no me entiendes.
  • Yo, hija mía, mar al fin, qué puedo hacer, quién eres tú, te he visto muchas veces, pero tengo tantos conocidos cerca de mí y tantos años de historia que frecuentemente me confundo, cuál es tu problema, qué significo yo para ti. ¿Qué te hace hablarme de esa manera?
  • No significas nada, el mar es el mar, qué importa que sea el Mediterráneo o el Caribe, eres tonto e insulso.
  • Por todos los Cielos, no me digas eso, yo, niña querida, amo a las costas que baño, por qué no te sientes amada por mí. Qué te he hecho. Luces tan cándida y tan preciosa que no comprendo tu ira, y menos contra mí.
  • Engreído, imberbe e insensible mar, no te das cuenta, me has aislado, no puedo salir de aquí, y si salgo quedo atrapada, qué pretendes, separar tierra de tierra, tierra de agua, agua de agua, también. Tremenda función. Te felicito por haberte equivocado.
  • Yo, cómo podría equivocarme. Yo soy perfecto, cuido de todos. Ahora bien, a veces la atmósfera, los movimientos de la tierra, u otros fenómenos, hasta el mismo hombre, me hacen ser indómito. No pretendo serlo. Y tú, qué haces, dónde crees que estás, si es en el Rojo tendría una idea o si es en el Negro también podría entenderte. Tengo tanta experiencia. A veces me sorprendo con el Caribe, porque es tan heterogéneo. Espero que tú, niñita, que me contactas y que palpitas, sepas que eres de uno de los más tibios sitios que conozco y que baño. Más bien, los conozco todos… Tus emociones no parecen heladas, y me atrevo a decir que te comprendo.
  • ¡Limitado mar! ¡Ingenuo! ¡Cómo se te ocurre darme esa respuesta! El mar es el mar. O es que tú piensas que el Mar Negro es diferente al Mar Mediterráneo, o al Mar Caribe, pero quizás distintos del Mar Rojo. Bueno, entiendo algo, yo, Lolita, caribeña, no conozco la temperatura del Mediterráneo, pero me encanta la tibieza del Caribe, por qué ir más allá, para qué. Seguro que los otros mares son fríos y el mío es tibio, acogedor, no eres tú. Te pido, por favor, que resuelvas mi dilema.
  • Qué chica tan terca, tú aun crees que los mares somos iguales. Eso es sólo aparente, quizás textualmente, nominalmente, la temperatura… podría ser, y el color… y más, ¿las divisiones políticas?. Eso no lo entiendo, creo que depende de la luz, y quizás del plancton, pero no de mí. Pero, pensándolo más, qué tiene de diferente el Mediterráneo del Caribe, salados somos ambos. Y la costa, ¿es diferente? ¿Y qué problema puede tener una niña que está tan cerca del Mar Caribe? ¿Y en qué puedo ayudarte?
  • ¡Oh! No me entiendes… Y sí, la temperatura, el paisaje, el color. Sabes, mar insolente, no me interesa que seas comprensivo, ni mucho menos inteligente. Lamento ser ruda, pero no me ayuda el sentimiento que llevo, todo lo que han hecho diferente. Sólo deseo que entiendas algo, simplemente algo. Mar, tú, eres muy amplio, debes ser sabedor, bañas tierras muy variadas. ¿Lo sabes? Ah! Y mi problema eres tú. Pero, creo que también eres mi alivio. ¡Te he disfrutado tanto!
  • No sé nada niña endeble, y sé todo. ¿Qué quieres? Eres realmente una controversia. Resulta que soy tu alivio…
  • Quiero que me dejes vivir, que no me ofusques, que me permitas el límite y la apertura, que no me tientes, que me borres las fronteras. Oh! Mar inhóspito! Comprende, yo sé nadar, y podría atravesarte, pero no puedo, tengo aquí ¿aquí? ¿dónde? mis raíces y tú tonto e inútil sólo te encargas de bañar las costas… Y no hay costa que se parezca a otra.
  • Ah! Hubieras empezado por ahí, te molesto… Y a mí qué me puede interesar, serás la única molestada, la única importunada… Haz lo que quieras… Y por qué las costas tendrían que parecerse. Entiende de una vez, yo, gran poderoso, separo y comunico, debes enterarte de eso.
  • ¿Cómo puedes decirme tanto? Somos muchos, sí, pero te contacto yo, y tú, agua salada y en movimiento, no entiendes nada… Quisiera que me arroparas, tengo frío, tengo hambre, me falta respiro y fuerza, y tú pareces tener tanto. Te has tragado a muchos.
  • Y he salvado a otros. Tonta, mil veces tonta, quédate ahí aislada, no puedes nadar tanto. Yo cobijo y protejo, soy el Mar y tengo un mar de riquezas. Sólo que tú vez lo superficial. Yo soy profundo… Te invito… Sé que tranquilizo y asusto, pero es mi naturaleza, tú, niña persistente y sensible, discrimina… Yo siempre estoy aquí… y para ti… Pero no me uses para romper fronteras.
  • Me invitas a qué? Oh Mar! Ayúdame…

El mar le sonrió comprensivo y cariñoso, y se retiró, muy lejos, se calmó, había un oleaje suave y calentito que bañaba la orilla. Lolita se quedó estática mirando la cadencia de las suaves olas, sin entender nada, sin poder con su dolor, sin poder con la intensidad del agua salada, pero con una calma inconcebible, única, y allí quedó, casi para siempre… cerca del amado mar… Con un lápiz de punta roma, con un cuaderno sin letras lleno de vivencias, con sus deditos sin uñas, y su mirada de amor desesperado. Para siempre y nunca no existen, eso sólo lo sabía el Mar.

Caminó lentamente sobre la arena húmeda y corrió despavorida sobre la arena hirviente hasta llegar a zona cubierta. No podía compartir sus secretos, sólo conservaba el cuaderno que nadie veía, y el lápiz dentro de su jaba de guano. Le ofrecieron un pescado fresco y su madre se inquietó por las espinas. Lolita pensaba “hay otras espinas que pinchan más fuerte que las de la cubera, además, si esta cubera la pescó mi papá para los tres, pues no tiene espinas, y es rica”. Comenzó a hojear su cuaderno invisible y empezó a leer:

“Qué hermoso recordar el primer día en que el salado líquido bañó mi cuerpecito de bebé, en los brazos de papá, con el temor de mamá sentada en la orilla. Luego ella entró cariñosa al agua tibia, ella y el agua, para compartir los tres. Qué fácil resultó aprender a nadar en las playas del sur, con una arena oscura, pero con un mar tranquilo y un entrenador estupendo. Gracias papá, por mostrarme cómo parecerme a un pez, por disfrutar la acogedora caricia del mar, por estar alerta ante las medusas y las rayas, fue como aprender a caminar, sin miedo, sin tortura, cómo disfruté de esos momentos. Y la barcaza de papá, blanca y verde, cuyo nombre era Lolita, qué linda era. Pienso, aun de niña, que no estuve orgullosa del nombre que escogió él para su barquito nuevo, quizás porque el mayor placer era ser querida y no importaba el nombre, ni el mar, ni el cuaderno, ni el lápiz. Sin embargo, él sí lo estaba. Mi madre, en la orilla, con su cara asustada, miraba como su hija y su esposo entraban en el mar, ella no quería navegar, y le pedía al padre que cuidara de la niña, yo, como si él no fuera capaz de hacerlo. Y qué bien se sentía a bordo. Era un peñero reluciente, blanco con letras verdes, hermoso. Qué clara el agua, qué hermosos los sargazos, qué aventurera me sentía sólo a varios metros de la orilla.

Así es cuando revisamos los cuadernos invisibles que tenemos tan guardados y tan a la luz pública. Esa noche después de ir hacia atrás en el cuaderno que había sido escrito con un lápiz de punta levemente afilada, Lolita tuvo muchos sueños, como sucede cada noche de cada cual, como recordamos casi muy pocos.

En el inconsciente chiquitico e inmenso de Lolita apareció una isla pequeñita y muy hermosa, había playas bellísimas, algunas de aguas templadas, otras más frías, y otras tantas intermedias. Se mezclaba la turbulencia con la calma, la transparencia del agua con la turbidez de los elementos marinos. Se revelaban nombres extraños que ella nunca había oído y un Mar Caribe suave y gentil como aquel en el cual ella había aprendido a nadar y a navegar en la cercanía de eso que llaman “Tierra”. Así olvidó todos sus enfrentamientos con el Mar, al menos durante el dormir, que es amplio y generoso. Dentro de todo el contexto de maravillosa ensoñación descubrió que la isla tenía nombre de flor, y al despertar le dio mucha risa, y lo concibió increíble. Lolita, pues, era una niñita que sólo sabía de los pequeños disfrutes de la vida, del amor inmensurable de la familia, pero también de las inmensas carencias, de la castigadora conducta de un Mar que aísla y hace sucumbir, pero entendía poco.

En la mañana tomó el desayuno con sus padres, por suerte había un pedazo de pan al cual le untaron una mantequilla que alguien les había regalado, dichosa con la convivencia, su corazoncito latía insaciable en pro de continuar la conversación con el Mar, y en aras de seguir escribiendo en su cuaderno con el lápiz de punta roma y con las hojas rústicas, burdas, llenas de letras, unas sobre otras porque no alcanzaba el papel. Su silencio retumbó en el amor de familia, pero igual no se percataron y ella salió temprano, tanto como el tiempo indecible les permite a los niños ir a la orilla del mar.

Lolita se acercó cautelosa a la orilla, su última conversación con el Mar había sido muy particular, retadora y probablemente ofensiva, no era su estilo, era una inentendible rabia, ella no sabía todo lo que debería conocer, pero sentía tanto o más de lo que otros tenían en sus afectos. Y el Mar lo sabía todo, pero intentaba calmar las ansias de una manera poderosa, tal como puede ser el Mar con la Tierra, tremendamente poderoso.

La Niña llevó su cuaderno de tantas páginas amarillentas y repletas y su lápiz de punta roma, no dejó en casa sus uñitas de niña para poder sacarle punta al lápiz de punta eternamente roma. Así comenzó de nuevo.

  • Mar, Mar Caribe que así te llamas, por qué estás tan tranquilo esta mañana, tú nunca duermes, así que ahí debes estar.
  • Silencio
  • Por todos los peces que albergas, por todos los seres que bañas, por todas las costas que acaricias, respóndeme!!!
  • Silencio

El mar estaba como un hermoso plato de sopa servido sobre una mesa equilibrada que no permitía ningún desnivel. Lolita se preguntaba por qué razón, si ella había comido su pan con mantequilla regalada y había tenido el permiso para acercarse a la orilla, el Mar estaba tan ausente, sólo el agua salada hacía un runrún susurrante y tempranero que no correspondía con su encuentro de la tarde anterior. Y sí, Lolita tenía mucho de qué conversar con tan inmenso poder, tanta agua debía ser influyente, pero para bien…

Cómo cuesta guardar silencio y preservar lo íntimo, pero qué fácil es tener un cuaderno en el que se plasma el pensar y el convivir. No había rocas cercanas, y sí una que otra palmera, algunos señores salían a pescar a varios metros de distancia de Lolita, ella se aprovechó de la sombra de la naturaleza, aunque el Sol, amigo entrañable también, se mantenía gentilmente agradable. Sentada sobre la arena aguardaba paciente la voz del Mar, y pensaba sobre la islita con la que había soñado, y reía, cómo una isla tiene nombre de flor, y si pudiera recordar cuál era ese nombre, pero así son los sueños, sólo nos dan pistas. Entre el cuaderno, el lápiz y la arena, Lolita no escuchaba lo que tanto deseaba.

  • Niña, Niñita… – y de nuevo – me dirijo a ti, Niñita, y espero que hoy no tengas esos humores airosos e irascibles…
  • ¡Me hablas de nuevo! No me había dado cuenta de tu hablar de prisionero y carcelero. Y, además, no me llames “Niñita”…
  • Qué es eso, de prisionero? Lo de Niñita me enternece…, ¿me permites? ¿Te burlas de mí? Primero saluda y luego desparrama esa rabia que entiendo muy bien porque soy también un atrapado de los espacios… pero prisionero NUNCA! Y carcelero… no es mi propósito. Además, prisionero yo, que voy y vengo por todos lados y que me atrevo, incluso, a invadir la tierra.
  • Pues, hola, me alegra que conversemos, quizás hoy estoy más calmada, quizás porque tuve un sueño lindo y a lo mejor te lo cuento… Prisionero tú, hablar de prisionero, no miento, estás atado a bañar esta costa, a que le den nombre a las playas, como ésta, o a los golfos y a las bahías. Eres prisionero de ti mismo.
  • Pues puede que sea la mejor manera de estar encarcelado… existen otras que destruyen… mi cárcel es libre… soy yo mismo.
  • Ya empezamos mal, si me hablas de otro tipo de prisiones, entonces tú eres el carcelero. Mar necio e impertinente. Te iba a contar mi sueño y resulta que hablamos de cosas tristes. Tú tienes miles de años, yo tengo pocos, y parece que no contaran, creo que tengo miles de años como tú.
  • No entiendo lo que me dices, y menos que me llames de esa manera, he vuelto a ti, como tantas veces, a pesar de esa tu comprensible, ¿será? rabia contenida y desparramada. Eres muy pequeña para albergar esos sentimientos tan fuertes, esos deseos de escribir y de escribir con ese lápiz al cual te empeñas en sacarle punta. Niña, se escribe con los dedos, con las ideas expresas, con las memorias, con el pensamiento, con las conversaciones a solas, con el reflexionar… Sin embargo, entiendo tanto…
  • Bueno, bueno, has dicho muchas cosas. Y lo que comentas se borra. No puedes entender la rabia porque cuando tú la tienes y ni sabes que la tienes, bramas, asustas, amenazas, deglutes. Y escribir, tú escribes todo el tiempo, no hay momento en el que no dejes huella, yo escribo para no olvidar, y debes saber lo que me cuesta, mira, mira mis uñas, te parecen lindas y pulcras, es la única manera de tener un lápiz con punta fina. Y, además, ser una niña no impide tener sentimientos, emociones, y tú probablemente conoces sólo dos, la paz y la ira. La calma y la tormenta, quizás… Además, te hablo porque callas con frecuencia, o porque no te interpretamos, o porque no transmites, eso sería lo único bueno que sabes hacer. Y no me menosprecies, soy pequeña, pero llevo un cerebro en este formado cráneo que piensa algo, MUCHO, y tú sólo comprendes lo poco.
  • Pues, si tú lo dices. Debo, entonces, estar de acuerdo…
  • ¡Increíble!!! Eres increíble. ¿Quieres que te cuente mi sueño?
  • Me encantaría… pero como eres tan arisca me asustas más de lo que yo pudiera a ti.
  • Gracias, y por favor, acepta mis disculpas, ayer estaba enojada, con mi cuaderno que no tenía un solo espacio para escribir y con mi lápiz de punta roma al cual no podía sacarle punta, pero, especialmente contigo, por carcelero. Mis uñas, mínimas y debiluchas, saben afilar las puntas para que todo quede claro.
  • Me has dicho que contarías algo, espero…
  • Mar! Anoche soñé con una isla preciosa, era 100 veces más pequeña que ésta, donde camino y nado, sus playas muy hermosas, pues para ser tan chiquita no me lo esperaba, yo me paseé por toda la costa, bueno, sabes cómo son los sueños, se hacen miles de cosas en pocos segundos, quizás ni lo sabes. El Mar, no sueña, vive soñando, tal cual irreal movimiento vivo. No sé bien donde quedaba, yo sé que me divertí mucho, tú andabas por ahí, pero no conversamos. Lo que más me llamó la atención es que tenía nombre de una flor. En el preciso momento en el que iba a escuchar su nombre, desperté por el olor a pan tostado, y como no se come pan siempre eso fue más fuerte que saber el nombre de la isla.
  • ¡Ah! ¡nombre de flor! No existen muchas, Isla La Flor, Isla Flores, las conozco, y no son tan cercanas. Pero dices de una flor, muy interesante…
  • Siempre me tengo que molestar contigo, eres misterioso, sabes cuál es el nombre y no me lo dices enseguida.
  • ¡Oh! Qué impaciente eres… no sería complicado averiguarlo por ti misma, así que como soy inhóspito, inaccesible y malsano, también soy buen maestro, y te invito a que lo busques en los libros, o preguntes a tus padres.
  • Ahora sí que te has pasado del límite de la solidaridad, no te costaba nada decirme el nombre de la flor o el nombre de la isla, o darme varias alternativas. Y… dónde han ido los libros…
  • No, no quiero hacer alarde de mi sabiduría, y la mejor manera es incitando a la investigación.
  • Ves que no me equivoco, te estoy pidiendo ayuda y me pones a emplear tiempo, quizás queda en el Océano Pacífico y que pocos conozcan de su existencia y menos su nombre. Eres pretencioso…

Lolita lloró con profundas lágrimas que brotaban de lo más recóndito de su mismísimo ser, que no eran de ella solamente sino de muchos, y que avasallaban su pequeñito corazón con ansias de mundo. El Mar se condolió profundamente y dentro de sí reconoció su majestad determinante, no buscada, pero sí otorgada por Poderes Mayores. En ese momento crítico e intenso se escucharon las voces de los padres de Lolita que se acercaban a la orilla para disfrutar de la playa. La niña secó sus lágrimas con sus diminutas manos de deditos casi sin uñas, guardó el cuaderno y sonrió feliz ante la presencia de los que arribaban. El Amor de Mamá y Papá, único. El Mar, discreto y elegante, calló.

La mañana era preciosa, los tres olvidaron los pesares y se divirtieron con la belleza que la Naturaleza les daba cada día. No existe sitio en todo el mundo que pueda cambiar el pesar por la belleza natural, NUNCA, es interna. Jugar en la playa es un deleite que no todos han podido atesorar y que no a todos les encanta, pero ellos lo vivían intensamente. Por unos momentos se unieron en la maravilla del disfrute, en el placer de la familia, olvidaron los enredos cotidianos y el regreso al pueblo. La madre anunció que tendrían un manjar para el almuerzo, ya que les obsequiaron seis camarones y lo comerían con arroz y arvejas verdes, que ellos llamaban chícharos. Lolita sintió que su estómago vibraba con deseo y quería que le tocaran los dos camarones más grandes. Eso la hizo sentirse culpable, porque no era glotona, pero ante ciertas circunstancias, cualquiera se vuelve mezquino… Mientras, miró a su amigo el Mar, notó que estaba como ausente, pero ella sabía que volverían a hablar.

La tarde pasó con soltura tranquila, dentro de lo que cabe en un espacio restringido, no por metros cuadrados, sino por algo peor, no sabría qué decir Lolita… la opresión de las ideas… sería esto algo muy fuerte o no, o sería lo más terrible a concebir, el encierro. Hablar de ideas era una osadía en medio del torbellino circundante. No sabemos…

Siguió caminando en senderos inciertos como la misma playa que tanto conocía, pero no sabía a dónde iría. Continuó… Y volvieron al pueblo. Y los padres, pendientes y amorosos, no tenían ningún conocimiento del íntimo intercambio entre la Niña y el Mar. Así transcurrió la cotidianidad, con ellos, con todos, y con tantos más que no contaban con mucho, ni algo, ni nada. Pero, claro, el Mar, retador, maravilloso y carcelero, los mantenía felices… y la Niña estaba como ausente, como alerta, como tranquila e inquieta, en espera de una nueva conversación.

Pues hubo escuela, juegos, compartir, y tantos otros quehaceres. Hambre, carencias, miedos, impotencia e incertidumbre. Sin embargo, a pesar de las ocupaciones, el vacío acechaba, rodeaba, inundaba el ansia de Lolita por volver al Mar. Pero no era fácil ir al sitio, aunque no lejano, implicaba empeño y desempeño, y, más que todo, suerte. O causalidad. Como la lotería, suerte, qué insípida palabra, “suerte”. En su mente ingenua y desarrollada pensaba que todo se daba porque debía darse, con el esfuerzo, con la lucha, con las ideas y con las palabras. Pero, pobre niñita, se equivocaba. También era necesario el dinero… y los “permisos”.

Así pasaban los días, escuchó conversaciones de la abuela, de sus abuelos, y de otros, y hubiera querido comprenderlas bien para contárselas al Mar. Para escribirlas en su cuaderno, con ese lápiz sin punta que atesoraba y pulía… y sin uñas… Qué limitación tan grave para una niña que piensa y siente, pero que no es considerada como tal… “te cuidamos, te amamos, te traemos y te llevamos”. Sólo que los adultos no saben, o quizás no aprecian, lo inmensamente perceptible que los pequeños pueden ser. No es menosprecio, y así lo sentía Lolita, es protección, probablemente desconocimiento del alcance de una mente en desarrollo, pero, sin duda, un amor fuera del mundo, sólo tangible en las “cuatro paredes” en que estaban, limitadas por el Mar. Otros amores, son más amplios y comprensibles, no tienen secretos, no esconden grandes hechos, solamente las sorpresas, el Ratoncito de los dientes, los Reyes Magos, y habían escuchado de “Santa”, del “Niño Jesús”, lo cual no comprendían. Y ella consideraba todas esas fantasías lindas, que bien manejadas no causan problema, especialmente divierten, entusiasman e ilusionan. Lolita quería navegar, volar en el mar… Hablar con su amigo el Mar… Menospreciada… ¡jamás! sólo considerada en su niñez, pero, gloriosa o tristemente, estaban plasmados en su cultura, y eso lo entendemos con el tiempo, ineludible y avasallador.

Es posible que el amor alivie los dolores, que así podría ser con Lolita, pero su rabia, su rabia no podía ser aliviada. Y la rabia no ayuda. Ser gaviota no la llevaría muy lejos, irse no quería hacerlo nunca, huir lejos mucho menos. Y así volvió otro día de playa, no eran fáciles las idas y venidas, viajar en camión, todos en la parte de atrás, si sólo tuviera un hermano o una hermana, podría quizás compartirlo. No sabía, pero podrían comunicarse de tú a tú, como pares. Pero resulta que no todos los niños son iguales, ni son estrechamente contemporáneos, y no todos pueden hablar con el Mar.

La noticia llegó y el gran algarabío abarcó la mente de Lolita, la playa vendría de nuevo, pero era necesario ir a ella, aunque tuvieran que recibir el sol de la falta de cobertura de la llamada guarandinga, un sistema de transporte, que no entienden todos, pero estaba feliz. Los diminutos enseres se acomodaron pronto, y ella solicitó permiso para irse a la orilla, claro, entrar a la playa sin compañía no era permitido. Llegó el momento.

  • Oh Mar, hermoso amado amigo mío, he vuelto, sigo con rabia, pero es sublime estar contigo, la rabia no se calma en dos segundos, sé que has tenido paciencia, pero también te reclamo tu propósito de ignorancia, qué más debo decirte, que pasaron meses, y que tú lo sabes, y que durante ellos oí y supe más y más cosas alienantes. No soñé más con la islita con nombre de flor, solamente me he ocupado de lo que a una persona como yo, niñita, debe hacer, estudiar, acompañar, ayudar, abrazar, jugar, dejarse querer increíblemente. ¿Eso podría hacerme feliz? Pero hay algo que me obstruye, que me agobia, que me mata, y que no puedo expresar.
  • Niñita!!! Qué bueno que has vuelto.
  • ¡Ah! respondes rápido cuando quieres…
  • Me has aglomerado con tu palabrerío y quisiera digerirlo bien.
  • Mar, cuáles pueden ser tus dudas, eres cuasi todopoderoso, pero no eres Dios… lo entiendo.
  • Entiendes mucho, pero comprendes nada, y exiges de más. En cualquier caso, bienvenida, no todos vienen a hablar conmigo, ni siquiera a enfadarse, sólo me piden distracción y pesca, y eso es tan fácil. Tú me has acusado de carcelero y eso me abruma. No puedo olvidar tu recriminación. ¿Te he dado algo bueno?
  • ¡Oh! ¡Sí! Muchísimo, pero eres lo más limitante que existe y piensas que las barcas se construyen con alpiste.
  • ¡Cielos!!! No me ofendas, sé muy bien cómo se fabrican muchos tipos de barcos.
  • Bueno, pero no a los que me refiero, no pienso en transatlánticos…
  • Niñita, qué quieres de mí, vayamos al grano, porque conversar contigo me encanta, pero de cosas hermosas y de dificultades salvables, no de ira.
  • Quiero que te abras en dos y que podamos caminar por tus profundidades a otras tierras, sé que no sería fácil para mí dejar esta costa que bañas, pero sería muy sencillo para ti separarte en dos columnas y dejar un camino libre. Sé que lo has hecho antes.
  • Claro, claro que puedo hacerlo, pero sé más de lo que imaginas, lo que padecerías lejos, al menos inicialmente, luego, pues como Mar al fin que soy, me acostumbro a todo, y tú Niñita, te habituarías también.
  • Espera, tengo mucho que escribir en mi cuaderno y la punta del lápiz está roma otra vez, recuerda, si tienes memoria, magnificente esplendoroso Mar, que si no escribo en el cuaderno aún con un lápiz de punta roma no podré recordar todo esto, detente…

La Niña volvió a usar sus endebles uñas, afiló su lápiz y escribió miles de palabras, de letras, de hechos, de ideas, de sentimientos, de acontecimientos, unas sobre otras, porque el papel era escaso y porque sus deditos sangraban con el sacar la punta.

  • Te abrumas demasiado, toma todo con calma, como la mar tranquila, libre, como la paz del alma, son tan parecidas. No creo que te haya dicho mucho, sólo que poco cabe en tu cabecita. Retiro mis regaños, y te confieso que no eres la única con esa rabia incomprensible.
  • ¡Albricias!!! ¡Me ofendes de nuevo!!! Calma, paz, libertad, mi cabeza, y, para más hay otros. Y yo con la “rabia incomprensible”. Si eres tan grandioso como siempre te he sentido… cómo no comprendes. O callas cual cobarde.
  • Yo, por ¡Cobarde! NO, soy valiente y cobijo.
  • ¡Valiente! Cobarde el que une y separa, y no te quito ningún mérito, pero, dime, ¿por qué existen las islas? No es reproche, es inquietud, porque yo las amo. Pero, Mar, encierran y protegen, qué incomprensible, se llama paradoja, creo.
  • Hija querida, Niñita, es sólo la Naturaleza. Te entiendo, pero no puedo ayudarte, quisiera, y te mando olas nuevas e invencibles para que te recuperes. No te dejaré nunca. Piensa pues, en esa isla con nombre de flor, ahí estaré yo. Sé que no soy fácil, pero tengo mis momentos… ¿Podría decirte que te quiero?
  • Silencio, tristeza, dolor, gloria, alegría y consuelo… mucho más, eso has sido tú. Te lo agradezco y también te quiero…

Las corroídas uñitas de Lolita se convirtieron en conchas rosa de bivalvos, fueron las más hermosas manitas que nadie haya visto. Esas preciosas conchas no se consiguen en ningún lado del mundo, y son especiales para niñas que saben sacarle punta a los lápices con sus propios deditos.

Lolita también soñó con una isla muy grande, que parecía un continente y que quedaba muy lejos, pero no se atrevió a conversarle al Mar sobre ella, pues le parecía casi de otro Planeta, y ella sólo sabía de su cuaderno sin páginas, de su lápiz sin punta, de sus habilidosas manos, del Mar, de lo disfuncional, de la funcionalidad y del amor de la familia.

Lucimey Lima Pérez es Psiquiatra, Psicoterapeuta, Máster y PhD en Neuroquímica.

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