Por Minervo L. Chil Siret.
El “puesto a dedo” reveló su arrogancia y victimismo, pero no pudo ocultar la naturaleza represiva del régimen cubano
Una vez más, Miguel Díaz-Canel fracasó estrepitosamente. Su intento de lavarle el rostro a la dictadura cubana fue un fiasco total y volvió a poner en evidencia su ineptitud. La entrevista de Díaz-Canel a la cadena estadounidense NBC News terminó mostrando el verdadero rostro del régimen cubano.
Como era de esperar, asumió un discurso totalmente cargado ideológicamente, desconectado por completo de la realidad. Se victimizó, sin asumir nunca ninguna responsabilidad por la miseria, la falta de oportunidades, la exclusión y la represión que sufre el pueblo cubano. Siguiendo el guión habitual, culpó de todo al eterno y omnipresente bloqueo imperialista de la gran potencia sobre la pequeña isla permanentemente acosada. Y trató de reducir todo el drama cubano a un simple conflicto bilateral con los Estados Unidos.
Más allá de las mentiras que, con todo cinismo y desfachatez, expresó —como afirmar que en Cuba no hay presos políticos, que no es una dictadura, que existe democracia, que hay elecciones, que se respetan los derechos humanos, que el pueblo aprobó el sistema político actual—, lo que mejor retrató la naturaleza del sistema totalitario impuesto por el Partido Comunista de Cuba fue la actitud de soberbia, arrogancia y prepotencia con la que habló. Fue el reflejo fiel de la esencia excluyente, segregacionista y represiva de la dictadura cubana. También dejó al descubierto la intransigencia, la hostilidad y la impunidad total con la que se ha acostumbrado a actuar la casta oligárquica que lo impuso y que se aferra al poder.
Para Díaz-Canel, así como para el resto de la junta política-militar que ha mantenido secuestrado al país por casi siete décadas, democracia, estado de derecho, libertad de expresión, elecciones libres y represión no son más que una «parafernalia de conceptos» abstractos que son utilizados únicamente para calumniarlos. La vida de los miles de cubanos fusilados, asesinados extrajudicialmente, encarcelados, desterrados y exiliados, simplemente no cuenta ni vale nada para ellos.
En un momento dado de la entrevista, la periodista Kristen Welker hizo una pregunta que lo hizo saltar y revolverse. Quizás, sin proponérselo, tocó una fibra sensible. El «puesto a dedo», como muchos lo llaman —para no emplear el otro término, mucho más vulgar, por el que la mayoría lo nombra—, sabe muy bien que está entre la espada y la pared. Entiende que no es más que un títere, una suerte de testaferro político. Es consciente de que solo hace de gerente general, pero que no decide nada importante ni tiene poder real, ni en lo personal ni, mucho menos, en los asuntos fundamentales del país. Y que, del mismo modo en que lo impusieron, lo «renunciarán» o lo destituirán, según les convenga a sus titiriteros, como ya insinuó uno de los privilegiados de la familia real. Al fin y al cabo, fue designado precisamente para que, llegado el momento, sea quien pague los platos rotos.
Y de nada le servirá entonces ese impostado derroche de valentía, a lo Maduro, recientemente incorporado. Todos —y con seguridad, especialmente quienes le impusieron— recordarán cómo salió huyendo de Regla ante la pequeña, pero firme, protesta de un puñado de valientes mujeres. Y es que, como dice el refrán, «dime de qué alardeas y te diré de qué careces».
Minervo L Chil Siret.
Miembro de Secretariado Ejecutivo MCL.















